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Domingo, 1 de septiembre de 2013

Nacido para correr

Cuando Bruce Springsteen vino a la Argentina como parte de la gira de Amnesty en 1988, resultaba difícil prever que no regresaría a nuestro país hasta ahora. Y sin embargo, cuando el próximo 14 de septiembre toque en Buenos Aires, en GEBA, será su primer concierto como única figura. El largo tiempo transcurrido entre ambas presentaciones se explica por el hecho de que Springsteen no logró ser popular aquí a pesar de tratarse de una de las grandes estrellas del rock mundial, adorado en los Estados Unidos y en muchos países europeos. Presentará Wrecking Ball, su último disco, y pasará revista a casi toda su carrera en un show que promete ser tan extenso y al límite como siempre son los suyos con la E-Street Band.

 Por Mariana Enriquez

Lo primero, allá por 1984, cuando la canción se escuchaba por todos partes, fue el malentendido.

Porque hay un malentendido con Bruce Springsteen, y está relacionado con una canción que él compuso como un grito de rabia y fue traducida como un himno patriotero: “Born in the USA”. Está en el disco del mismo título: la portada, una foto tomada por Annie Leibovitz de la espalda y el trasero de Bruce, en jeans, sobre un fondo de bandera de Estados Unidos, contribuyó a solidificar la idea de un cantante nacionalista que celebraba su país imperial liderado por Ronald Reagan. Está todo en el estribillo, que solamente grita “¡Nacido en Estados Unidos!” con su voz raspada. Sin el resto de la letra, sin conocer la historia y la obra de Springsteen, el malentendido es incluso comprensible.

Hoy, todavía, y muy especialmente en la Argentina, treinta años después del disco, cuando incluso Wikipedia dice “esta canción se malinterpretó”, hay quienes fruncen el ceño y dicen que no les gusta Bruce Springsteen porque es “muy yanqui” y “muy facho”. Hay que entender que los seis magníficos discos que editó antes, entre 1973 y 1982, acá se escucharon poco y nada, y los selectos escuchas tampoco se enamoraron. Entonces, Springsteen apareció en la escena como un portavoz de la era Reagan a través de una canción cuya intención principal era denunciarla. ¿De qué se trata, entonces, “Born in the USA”? Se trata de un ex combatiente de Vietnam, un joven que trabajaba en una refinería y fue alistado y cuando volvió, no pudo volver a encontrar trabajo y se queda “sin lugar adonde correr, sin lugar adonde ir”. Pero también se trata de la destrucción de la industria durante la administración Reagan y la consecuente desesperación de las comunidades obreras en miles y miles de pueblos de todo el país. Las primeras líneas de la canción –que Stephen King, un fan, usó como epígrafe para su libro It– son brutales: “Nacido en un pueblo de muertos/ La primera patada que recibí fue cuando caí al suelo/ Terminás como un perro demasiado apaleado/ Hasta que te pasás la mitad de la vida escondiéndote/ Yo nací en Estados Unidos”.

Ronald Reagan tampoco la escuchó entera. Durante su campaña por la reelección, cuando paró en Nueva Jersey –la patria chica de Springsteen–, famosamente dijo: “El futuro del país reside en el mensaje de esperanza de las canciones que muchos jóvenes admiran, las de su compatriota Bruce Springsteen. Y hacer que esos sueños se hagan realidad es parte de mi trabajo”. Alguien, aparentemente, le había pasado mal el dato al presidente. Springsteen se despegó y lo rechazó enseguida, en una larga entrevista para la Rolling Stone y después en un show, cuando le respondió: “No sólo no escuchó esa canción: tampoco escuchó ésta”, y tocó “Johnny 99”, que cuenta la historia de un recién desempleado de una fábrica de autos que no encuentra trabajo, se emborracha y le dispara al empleado de un quiosco: le dan 98 años de condena, él le habla al juez de su hipoteca, de su depresión, de todas las cosas que le pusieron la botella de vino en la boca y el arma en la mano, y le pide que lo manden a la silla eléctrica.

En 1988, Bruce Springsteen se unió a la gira de Amnesty International –con Sting, Peter Gabriel, Youssou N’Dour, entre otros– y resultó extraño que, por ejemplo, cerrara el show en Buenos Aires el “patriotero”, teniendo en cuenta la relación de América latina y Estados Unidos. ¿Por qué estaba con Amnesty? ¿Y por qué cerraba? Más confuso todavía fue lo que ocurrió durante la misma gira en Berlín Oriental: la gente cantó el coro en protesta contra el comunismo.

Todo eso está ya, claro, muy lejos. Pero, sin embargo, lo que se perdió en la traducción nunca volvió a recuperarse en la Argentina: en Europa, por ejemplo, el efecto Springsteen es completamente distinto, especialmente en España, donde Springsteen es una superestrella amada, un héroe de la clase trabajadora protagonista de novelas juveniles como Malas tierras de Jordi i Sierra i Fabra, que los visita casi todos los años si está de gira.

La gira que trae a Springsteen a Buenos Aires el próximo 14 de septiembre es la de su nuevo disco, el político y rabioso Wrecking Ball, y empezó en marzo de 2012: lo acompaña la E-Street Band de siempre, salvo por dos bajas: la del tecladista Danny Federici, que murió de cáncer hace cinco años, y la del legendario saxofonista negro Clarence Clemons, muerto en 2011. Hasta ahora, nadie se fue de la banda por voluntad propia salvo Steve van Zandt, el guitarrista y mejor amigo de Springsteen, que esta vez sí está en la banda y viene a la Argentina (quienes no lo registran como miembro de la E-Street, lo reconocerán como Silvio Dante, el consigliere mafioso y dueño de un club de strip de Los Soprano: actuó en la serie durante sus seis temporadas).

Por intensidad, larga –promedio de cuatro horas– resistencia, sonido y demanda, no hay muchas experiencias como la de ver en vivo a Bruce Springsteen con su E-Street Band incluso así como está hoy, mutilada, sin el enorme Clarence (reemplazado por su muy carismático sobrino, Jake Clemons). En una noche normal, hoy, la banda está tocando un poco más de treinta canciones, algunas a pedido, y en ciertos shows tocan un disco entero además de las canciones pautadas. En esta gira tocaron varias veces, de principio a fin, Born to Run (1975), Darkness on the Edge of Town (1978) y Born in the USA (1984). Es frustrante pensar en todos los shows perdidos por falta de interés del público local, bordea la desdicha que para la gran mayoría títulos como “Thunder Road”, “Atlantic City”, “Darkness on the Edge of Town”, “Nebraska” o “The River” no signifiquen nada. Ejemplo: hace unas semanas, un usuario español escribía sobre un video en vivo de “The River” publicado en YouTube: “Qué tío más bestia. Qué estremecimiento, qué desgarro, qué duro, qué lágrimas. No puedo parar de llorar, se me caen las lágrimas en el teclado, una y otra y otra. Estos son los cabrones que me hacen creer en Dios”. Semejante fervor es impensable escrito en rioplatense.

Volviendo a aquel prejuicio, a aquello de “muy yanqui”. En efecto, Bruce Springsteen es muy yanqui en el sentido de muy estadounidense, muy propio de su cultura, muy preocupado e inspirado por su país. Como Mark Twain, como Woody Guthrie, como Langston Hughes, como Bob Dylan y Jack Kerouac y Robert Frank y John Steinbeck y Martin Scorsese, como Noam Chomsky, como Stephen King, Maya Angelou y Johnny Cash. Ésa es su liga, ésos sus compañeros.

HOMBRES ROTOS, CIUDADES EN RUINAS

Bruce Springsteen nació en una familia de clase trabajadora hace sesenta y tres años y se crió en la pequeña ciudad industrial de Freehold, Monmouth County, Nueva Jersey, a 26 kilómetros de la costa, la Jersey Shore, especialmente de Asbury Park, la ciudad de los bares y la rambla y la escena musical, donde empezó su carrera en los años ’70 (una ciudad de la que queda muy poco hoy, con sus principales edificios demolidos y un aire general de decadencia). Su madre era secretaria y su padre trabajó como obrero y chofer, pero la mayor parte de la infancia y adolescencia de Springsteen la pasó desocupado y deprimido, insomne, fumando cigarrillos toda la noche a oscuras, en la cocina, distanciado emocionalmente de su familia.

Las ciudades moribundas, con sus fábricas cerradas, y los hombres desolados que ni siquiera pueden imaginar el sueño americano –es decir, el ascenso social– se convirtieron en dos de los temas principales de las canciones de Bruce Springsteen. Freehold es un escenario recurrente y siempre doloroso, una postal del país olvidado. En “My Hometown” (1984), la describe así: “Ahora la calle principal está llena de negocios vacíos y vidrieras pintadas de blanco/ Están cerrando la planta textil del otro lado de las vías/ Foreman dice: ‘Estos trabajos se están yendo, chicos, y no van a volver’./ Esta es mi ciudad natal”. Y en su último disco todavía es más explícito con “Death of my Hometown”: “No cayeron bombas desde el cielo/ Ni el suelo se empapó de sangre/ Ningún humo nos encegueció, ni hubo truenos ensordecedores/ Pero tan implacables como la mano de Dios/ Trajeron la muerte a mi ciudad natal/ Destruyeron nuestras familias y se llevaron nuestras fábricas/ Y los que lo hicieron no fueron castigados y caminan libres”.

1984, DURANTE LA GIRA DE “BORN IN THE USA”.

En ese país fantasma se mueven los personajes de Springsteen. Esos hombres pueden ser el asesino de masas Charles Starkweather (que mató a once personas entre 1957 y 1958), narrador de la canción “Nebraska”; o el inmigrante mexicano ahogado en el río Grande de “Matamoros Bank” (2005), que cuenta, desde la muerte, cómo las tortugas le comen los párpados para que sus ojos “estén abiertos al cielo”. O puede ser Tom Joad, el protagonista de Viñas de ira de John Steinbeck, uno de los iconos de Springsteen, título de su disco acústico de 1995, The Ghost of Tom Joad. O Frank, de “Highway Patrolman” (1982), el violento hermano menor de un policía de pueblo chico que inspiró The Indian Runner, la primera película como director de Sean Penn (también el primer protagónico de Viggo Mortensen y una de sus mejores actuaciones). El que mejor se describe a sí mismo, de todos los hombres rotos, es el protagonista de The Promised Land (1977), un desesperado en movimiento perpetuo, que no sabe si quedarse o irse, que no encuentra su lugar: “Intenté vivir de la manera correcta/ Me levanto cada mañana y voy a trabajar cada día/ Pero tus ojos se enceguecen y la sangre se enfría/ A veces me siento tan débil que quiero explotar/ Explotar y destrozar este pueblo/ Agarrar un cuchillo y arrancar este dolor de mi corazón”.

Todas estas soledades a veces contrastan con la euforia de las canciones, con la banda desatada pero precisa –hace 40 años que Springsteen toca más o menos con los mismos músicos, salvo por intervalos solistas y con alguna banda alternativa–, de modo que la melancolía y la desazón suenan como un rock enorme, catártico, pensado para multitudes, para ser coreado. Y mezcladas entre las canciones de derrota están las canciones pop luminosas como el soul que Springsteen, estudioso de la música negra de los ’60, escribe con maestría: “Hungry Heart” (1980), que estuvo a punto de regalarle a The Ramones; “Because the Night” –que le regaló a Patti Smith y es la única canción de la cantante que llegó al Top 20 en toda su carrera–; la inolvidable “Dancing in the Dark” o “Girls in their Summer Clothes”, que ganó su último e inesperado Grammy en 2009. Bruce Springsteen llama a ese efecto “diversión desesperada” y lo explica como “un sonido alegre que intenta mantener a raya la desdicha, aunque sea por un momento”.

EL CAMINO HACIA NINGUNA PARTE

Esos hombres y mujeres del país oculto se mueven en autos. Born to Run (1975), el disco que cambió la carrera de Springsteen –cuando se editó, apareció en las tapas de Newsweek y Time la misma semana–, empieza con la huida como última salida, con el escape romántico y urgente al mismo tiempo, con un poco de beatnik y un poco de migrante. Una de sus mejores canciones, “Thunder Road”, es la historia de amor entre Mary, una chica solitaria que cada noche escucha los motores de los autos de todos esos chicos que ya no vienen a buscarla, y el narrador, que viene a ofrecerle, a ofrecerse, una última oportunidad (“Tenés miedo porque pensás que ya no somos tan jóvenes/ Pero arriesgate, hay magia en la noche/ No sos una belleza pero estás bien, estás muy bien para mí”). La canción termina antes de que ella decida si se sube al auto o no. Para Peter Ames Carlin, uno de los biógrafos de Springsteen, aquí aparece “la esperanza, tenue, de que una ruta podía llevarte a otro lugar, a otro sitio de la imaginación. Lo último que tiene para dar el enamorado de ‘Thunder Road’ es el motor de su auto y la autopista que los saca del pueblo”. Poco después, en el mismo disco, aparece una pareja sobre su auto, en plena huida. “Born to Run” dice: “¡Esta ciudad es una trampa mortal! ¡Es suicida!/ Los vagabundos como nosotros, amor, nacimos para correr”. Y se van, ayudados por el saxo de Clarence Clemons, que siempre funcionó como el empujón, la explosión musical que enfatiza el carácter épico de las canciones al punto de que, sin ese saxo, da la impresión de que la pareja no tendría la fuerza necesaria para partir. ¿Y adónde se van todos estos jóvenes? Algunos, a ningún lado: el triste chico de “The Promise” tunea su Challenger con tímido orgullo, y después tiene que venderlo. Hay odas a los Cadillacs Ranch, y todos los chicos que corren picadas son héroes urbanos, y también los ladrones de autos. Durante una de sus crisis emocionales, Springsteen cruzó en auto Estados Unidos, de Jersey a California, casi obsesivamente. “Quería meterme en el auto y seguir adelante todo el tiempo. No podía quedarme sentado”, contó en una entrevista de los ’80. Su padre también solía salir a la ruta cuando estaba demasiado angustiado: a principios de los ’70, en uno de estos impulsos, se mudó con toda su familia a California y dejó a Bruce en Jersey.

La ruta como salvación se corta abruptamente en la canción “The Wreck on the Highway”, de 1980: el narrador se encuentra con un choque y se queda con el hombre accidentado hasta que llega la ambulancia. El hombre se muere. “En un cierto momento, la ruta se cierra”, dice Springsteen. “Todos tenemos una limitada cantidad de kilómetros que recorrer. Es un reconocimiento de la mortalidad.”

EL PODER Y LA GLORIA

Bruce Springsteen comparte, con Steven van Zandt, la experiencia de que el mundo y la política les llegó con su primer tour por Europa en 1980. Dice Van Zandt: “Un chico me acusó de poner misiles en su país y ahí me di cuenta de que fuera de Estados Unidos yo no era un demócrata, o un músico, sino un norteamericano. Y que, como somos una democracia, somos responsables de lo que hace nuestro país”. Esa conciencia se profundizó con el triunfo de Reagan y la decisión de Springsteen no sólo de salir a cruzarlo sino de apoyar diferentes activismos: desde la Liga de Veteranos de Vietnam hasta Artistas en Contra del Apartheid. En los shows empezó a aparecer “This Land is your Land” del mítico cantante folk de protesta Woody Guthrie, un himno socialista compuesto en 1944 como respuesta al celebratorio “God Bless America” de Irving Berlin. Y para los ’90, Springsteen componía “Streets of Philadelphia”, la canción de la película Filadelfia, con un narrador gay muriéndose de sida; fue la primera estrella de rock heterosexual que se atrevió a tanto. Para el nuevo milenio apoyó con convencimiento la campaña de John Kerry contra Bush, se deprimió por la derrota y, con mucho más entusiasmo, cantó todo lo que pudo para Obama, incluso en el cierre de campaña y la asunción. Hace poco escribió un largo post sobre su apoyo al matrimonio gay. Cierta prensa conservadora lo tiene en la mira, lo acusa de “populista” –para la derecha norteamericana es un insulto importante–, y también lo castiga la prensa de izquierda con el argumento de “qué puede saber un millonario aislado de los pobres de nuestro país”.

La verdad es que, antes y después de ser millonario, Springsteen fue uno de los pocos que escribieron sobre los pobres de Estados Unidos, quizás el sujeto social más invisibilizado de todos; ahora por todas partes aparecen las imágenes de la ciudad de Detroit quebrada, los miles y miles abandonados en la total precariedad antes y después del huracán Katrina en Nueva Orleans, las familias que tienen que entregarle sus casas al banco, las películas de Michael Moore. Pero Springsteen ponía a esta gente en sus canciones incluso a mediados de los ’70, cuando recién empezaban a verse las consecuencias de la crisis del capitalismo que acabaría en la revolución neoconservadora de Ronald Reagan. Incluso lo hizo contando la historia de su propia familia, como en “The River” (1980), inspirada en la vida de su hermana Ginny, embarazada adolescente, casada con un obrero: “Tomé un trabajo en la construcción, para la compañía Johnston/ Pero últimamente no hay mucho trabajo por culpa de la economía/ Y todas las cosas que parecían importantes se desvanecieron en el aire/ Ahora yo actúo como si no me acordara/ Y Mary como si no le importara.../ ¿Es un sueño una mentira, si no se hace realidad? ¿O es algo peor?”. Lo sigue haciendo ahora, en canciones de una desesperanza terminal como “Mi depresión” (2012) (“estuve solo, pero nunca tan abandonado”, murmura), donde ya no habla desde el lado B del sueño americano: el sueño no sólo se terminó, ya es imposible. Ahora canta sobre escuchar el sonido de los drones en la radio (“Radio Nowhere”, 2007) o sobre la crisis financiera (todo el disco Wrecking Ball) o sobre los fantasmas de huelguistas asesinados, activistas, trabajadores inmigrantes (“We are Alive”, 2012), un homenaje a la canción “Ring Of Fire” de Johnny Cash. Ni siquiera oculta muy bien su decepción ante ciertas políticas de Obama. Y sin embargo no hay queja en sus canciones: sigue habiendo fuerza, esperanza, rabia. La que había en “Born in the USA” y que provocó el malentendido: tenía que ser una celebración, porque así sonaba.

Como suenan las tres o cuatro horas de show, con los bises de diez canciones, la decisión de tocar temas a pedido del público cada noche, y cantar “no hay derrota, acá nadie se rinde”. En 1975, el periodista Jon Landau –que poco después se convirtió en manager de Springsteen, empleo que mantiene hasta hoy– escribió una exagerada y sentida reseña de un show en la revista Crawdaddy. Decía: “Cuando el concierto terminó, sólo podía pensar: ¿puede alguien ser tan bueno, puede alguien hablarme tan directamente, puede el rock’n’roll todavía tener este poder y esta gloria? En una noche en la que se necesitaba sentirme joven, me hizo sentir que estaba escuchando música por primera vez. Y vi algo más. Vi el futuro del rock and roll y su nombre es Bruce Springsteen”.

Bruce Springsteen ya no es el futuro. Pero tampoco es el pasado, no es un artista que le habla a un mundo que no existe. Es una leyenda y al mismo tiempo es el presente.

LA E-STREET BAND: NILS LOFGREN, EL YA FALLECIDO CLARENCE CLEMONS, MAX WEINBERG, STEVE VAN ZANDT Y PATTI SCIALFA, ESPOSA DE SPRINGSTEEN.

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1975, LA SESION DE FOTOS PARA EL DISCO BORN TO RUN.
 
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