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Domingo, 9 de febrero de 2014

EN PRIMERA PERSONA

Historieta Alumno de Alberto Breccia y colaborador en su momento de El Tripero, Ezequiel García acaba de editar un hermoso libro de historietas con aliento autobiográfico, bajo el nombre de Creciendo en público, un título robado a Lou Reed. En sus páginas continúa con un estilo que inauguró en Llegar a los 30, su debut para Emecé, donde empezó a contar su vida en dibujos, sumando cosas que realmente le sucedieron con otras que no sucedieron jamás, momentos de denuncia social y una visión fascinada por un Buenos Aires rockero, que mira con una nostalgia inevitablemente tanguera.

 Por Juan Manuel Domínguez

“Al principio salía todo más como un vómito, una necesidad, un relámpago. Menos pensado desde lo artístico, sino más como una vorágine”, explica Ezequiel García, estableciendo una línea vital, en movimiento y siempre dibujada a lápiz, desde su iniciático Llegar a los 30 (Emecé) hasta el reciente Creciendo en público, donde en primera persona, o mejor dicho personaje, rompe la cuarta pared mientras confiesa que le robó el título a Lou Reed. Segundo libro de su carrera como autor de historietas autobiográficas, coeditado por García junto a El Gato Escalado Libros y otros sponsors, encuentra su bronca a lo Harvey Pekar dueña de “una construcción más artística, dramática y narrativa”. La comparación con el gran guionista de la historieta indie norteamericana, encarnado en la película Esplendor Americano por Paul Giamatti, se da en cómo ambos –uno en Cleveland y otro en Buenos Aires– parten de lo cotidiano y cierto fetichismo con el pasado para editorializar hasta el tuétano problemas sociales o desnudar por completo cierta desesperada y ansiosa humanidad.

Pero hay otra conexión. Como aclara García, “lo autobiográfico ahora es una plataforma o una excusa para que luego funcione la historia”. En el medio de ese relato, explica, aparecen cosas que sucedieron realmente, otras que sucedieron pero no en ese momento o en ese tiempo, y cosas que directamente no sucedieron. “Llegó un momento en que fue fundamental hablar de un personaje. Durante Llegar a los 30, mi primer libro, contaba todo tal cual venía y me agoté: ahí me di cuenta de que necesitaba distanciarme, y crearme como un personaje artístico. Uno que tiene cosas de mi vida pero es un personaje.”

En su introducción al último libro de Harvey Pekar, Alan Moore establece cómo la voz de Pekar autor a veces quedaba reducida a una especie de ultrasonido, detrás del Pekar personaje. Algo similar sucede con García: a simple vista y lectura, sus relatos son comunes a determinado corte generacional y su sensibilidad capaz de mezclar toneladas de pop, nostalgia, terremotos sentimentales made-in-Nick-Hornby y dientes apretados por enojos sociales. Pero en otro nivel, apenas subterráneo, hay una visión fascinada con Buenos Aires, sus climas, sus edificios, sus ritmos, su día a día.

Puede relacionarse la autobiografía de García y su visceralidad narrativa (capaz de contar desamores con la misma intensidad con que vive la internación de su abuela o redescubre a Los Auténticos Decadentes) con la lección que alguna vez le dio el legendario Alberto Breccia, con quien estudió un año antes de que falleciera y “que definió mi modo de ver películas, ver libros, hacer historietas: todo”. Breccia decía que “hay que poner las tripas en el tablero para dibujar”, y no por nada los primeros pasos de García en el medio fueron en el fanzine El Tripero, armado junto a un grupo de estudiantes del curso que después de su muerte siguieron juntándose a la misma hora en que tenían clase con Breccia casi como un ritual. “Las tripas, sí, pero no tiene que ver con hacer autobiografía, sino con hacer algo verdadero, haga uno el género que haga, lo cual es súper difícil”, aclara. “A veces siento que lo logro, a veces no. Si no empezás por ahí, como les digo ahora a mis alumnos, no hay nada detrás: es la piedra basal.”

Esa honestidad brutal tiene que ver también con un animarse, por ejemplo, no sólo a mostrarse masturbándose sino también criticando el modo de vida de sus padres o explotando contra las políticas culturales respecto de la historieta: “Quizás hay varios límites. El primero, el que interesa, tiene que ver con contar bien y que se entienda. Después, en realidad no sé si hay tantos. La escena de la masturbación me fue difícil de dibujar. Pero si no la ponía, traicionaba la situación que derivó en eso: me sonaba muy light y necesitaba que apareciera”.

Aunque García habla de “un proceso más meditado, donde tenía una especie de cronograma, de camino, y ahí planeaba las secuencias” (eso sí: insiste con “la dificultad de dibujar a lápiz desde cero”, ya que todo el libro, salvo por un quirúrgico uso del collage, está prácticamente hecho a lápiz), hay definitivamente un proceso más reactivo y orgánico en sus broncas: ya en la revista La Mano había publicado una tira que mostraba el precario estado de la vieja sede del Museo del Cine, pero aquí se larga contra determinado arte contemporáneo, desalojos violentos por parte del Gobierno de Ciudad o la alteración de la fachada del teatro Opera. “Hay algo de eso. De reacción a algo que me irrita o me conmueve, sí. Lo siento más como una carencia: está el personaje, le pasa algo y de ahí una diatriba donde se queja. Y no me sale otra forma. Lo siento como una repetición, como una carencia. Pero sí, también, hay algo del orden de lo pasional, de vivirlo en caliente.”

Si no queda otra, y hay que encasillarla de alguna manera, García concede que su obra es autobiográfica. Pero hoy, lejos de los 30, sabe qué es lo que quiere contar. “Necesitaba ramificar, por eso está la secuencia de Moby Dick en el libro, como en la tradición de las adaptaciones de cuentos que Breccia hacía en los ’60. Todo tiene que ver con ir en busca de la verdad del relato.” Y cierra, pop y consciente de su propio personaje: “Como dice Woody Allen: ‘Yo no soy ese que está en la pantalla’. A Woody no le creemos. Seguramente nadie me crea también”.

Las historietas de Ezequiel García pueden leerse en creciendoenpublico.com.ar

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