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Domingo, 9 de marzo de 2014

EL AMOR SEGúN SPIKE JONZE Y SU PELíCULA HER, QUE SE ESTRENA ESTA SEMANA

UNA VOZ EN EL SMARTPHONE

 Por Mercedes Halfon

De todas las películas dirigidas por Spike Jonze, Her parece ser la más exitosa: ha recibido críticas excelentes casi de forma unánime, fue exhibida y mimada en festivales de prestigio y acaba de ganar el Oscar al mejor guión original –trabajo que hace por primera vez–. Estas razones llevan a creer que Jonze se encuentra en el pináculo de su carrera y que ha encontrado el mejor modo de contar las cosas. Puede ser. Hay que decir que Her tiene muchos puntos de contacto con sus películas anteriores e incluso con su trabajo en videoclips, en los que siempre hay un elemento fantástico que emerge para enloquecer un poco lo cotidiano, pero que fue plenamente prefigurado por el orden de la realidad. Como cuando Christopher Walken se ponía a volar por el techo del hotel desierto donde había estado bailando como los dioses en los primeros minutos en el clip de “Weapon of Choice”, de Fatboy Slim. Tan sorprendente que casi parecía que lo estábamos esperando.

Algo parecido ocurre en Her. En un futuro impreciso, Theodor (Joaquin Phoenix) es un ex escritor que trabaja de confeccionar emotivas cartas manuscritas por encargo. Está atravesando el duelo por la reciente ruptura de su matrimonio, lo que lo lleva a una rutina de ensimismamiento, no ver a mucha gente –sólo a su amiga y vecina Amy (Amy Adams) y a sus compañeros en el trabajo–. Deambula por las calles de esta Los Angeles futura, que es un lugar perfecto, blanco y moderno (obvio), con gente que va por sus calles impecablemente vestida, increíblemente a la moda. Su departamento también es muy hermoso. Allí se queda entonces, jugando a alguna clase de sucesora de la Playstation y teniendo sexo virtual. Si bien todo ocurre en una fecha distinta de la nuestra, a no ser por pequeños detalles estéticos, no habría gran diferencia con lo que podría ocurrirle a un joven profesional, con inclinación por el diseño, en algún megacentro urbano actual. El giro vertiginoso –el momento en que de venir bailando pasa a ponerse a volar– ocurre cuando se compra el último sistema operativo que sale al mercado para su computadora. Y éste resulta ser la encantadora Samantha. Un sistema operativo con una voz dulce y sexy (la de Scarlett Johansson) que parte de una conciencia curiosa y sensible. Nada que ver con una fría ciberchica. Samantha es al 2014 lo que Meg Ryan fue a 1990. Un prototipo de mujer encantadora. Y Theodor va a enamorarse de ella.

Her mixtura la distopía propia de la ciencia ficción con una historia típica de comedia romántica, o mejor dicho, de melancomedia romántica. Un cruce de géneros que le sirve para inyectarle a la habitual imaginería futurista una reflexión sobre las relaciones íntimas. Como toda película sobre el futuro, hay una línea directa que señala el presente en sus posibilidades de expansión. Si hoy decimos amarnos por mensajes de texto, las parejas se unen o rompen vía chat (¡Tienes un e-mail es de 1998!) y Facebook es mejor lugar para conocer [email protected] que un boliche, ¿falta mucho para que nos pongamos de novios con nuestras pc/mac? Obviamente, no. De hecho ya estamos en eso. Más allá de lo específicamente romántico, el tiempo que se pasa frente a la computadora o smartphone es cada vez mayor frente al que se pasa con otros seres humanos. Esa carrera hacia la soledad absoluta empezó hace mucho. Her no se adelanta, sino que crea una imagen cinematográfica para contar eso que ya está sucediendo.

Y la imagen es la relación amorosa entre una persona de carne y hueso y una voz que se corporiza en una tablet. En el inicio, con esta consigna bien en alto, la película parece ir por delante de nuestros prejuicios, al mostrar que esto es posible: ellos charlan hasta altas horas, “hacen el amor”, se van de vacaciones juntos. El ojo de Samantha ve y su voz trasmite una persona plena. Spike Jonze parece decirnos que no hay nada de malo en que esto pase y la ausencia de cuerpo no es un impedimento insalvable para el amor. Pero luego, promediando la película, alguien se encarga de aclarar que toda esa relación es una locura, una aberración, una atrofia del ser humano. Y ahí el discurso va para atrás en su promesa, se pone a la par de nuestros prejuicios. Se vuelve conservador. Ese “humanismo” podría resultar simpático, tierno incluso, como un pedido por la vuelta al cuerpo y a las relaciones personales. Pero todo eso ya lo conocemos, lo sabemos antes incluso de ver Her, y por ahora no tiene solución. Por eso preferiríamos creer en ese amor, el de Samantha y Theodor, así como nos lo habían contado desde el inicio de la historia. Ese amor tan extraño, por momentos ridículo, es lo mejor de Her. La incomodidad que produce, la irreductibilidad al cuerpo –cuando Samantha intenta que vaya otra mujer a reemplazarla se produce una situación fallida y abyecta–, el espacio abierto en el interior del sensible Theodor para dejar pasar ese sentimiento hacia una mujer que es sólo una inteligencia virtual.

Pero quizás el mayor problema de Her, la dificultad para leerla como una distopía real sobre las relaciones amorosas, es el modo como aborda todas estas cuestiones. El esteticismo arty de toda la película –su paleta de colores, los rayitos de sol entrando dulcemente en los planos, la música indie, la ropa de diseño en cada personaje– la convierte en un objeto que está más cerca de la sensibilidad de los filtros de Instagram que en una crítica a esos lenguajes y el autismo que propician. En Her nadie está transpirado, con la ropa interior descosida, tecleando una PC con hastío, bajo una luz de tubo fluorescente. Todo ese mundo es tan hermosamente melancólico que no pareciera que nada esté tan mal, al fin y al cabo. Más que una mirada irónica al estado de las relaciones amorosas posmodernas, parece una demostración del modo en que espectadores y usuarios de Internet pueden ser interceptados con un producto que parece reflejarlos. Todo puede ser costumizado. También en el cine.

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