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Domingo, 9 de marzo de 2014

EL BARDO DEL BARRIO

MUSICA Es canadiense, todavía no cumplió 25 años y aunque quiere ser conocido como una antiestrella de rock, lo cierto es que Mac DeMarco es un nombre fundamental del indie austero e insolente, capaz de mezclar el humor más desfachatado con secas postales de la vida suburbana. El sábado que viene se presenta en Buenos Aires y promete un show eléctrico y sorprendente –¿incluirá desnudos?–, bien lejos de la pose melancólica, bien cerca de la actitud refrescante y estrafalaria de su ídolo Jonathan Richman.

 Por Andrea Guzmán

Una guitarra de 30 dólares, un par de pedales plásticos que “ningún músico serio usaría”, una ciudad pequeña y fría, el ímpetu adolescente de las pandillas de pueblo. Algunos de los elementos fundamentales que entregan su identidad musical a Mac DeMarco, un canadiense de aterradora juventud, creador de un sonido de sensibilidad e insolencia en partes iguales. A sus 23 años y a punto de lanzar su tercer disco Salad Days estará de paso por Argentina, parte de una gira mundial donde conviven canciones lo-fi de espíritu nostálgico con una propuesta escénica desfachatada y enérgica, que Mac se encarga de crear con sus amigos de toda la vida, y que a menudo incluye desnudos, covers absurdos y buen sentido del humor.

Con la consigna de “siempre mantenerlo simple”, Mac DeMarco se ha convertido en un estandarte del sonido minimalista y hecho a mano, se autodenomina una antiestrella de rock y a menudo se lo encasilla como el jefe del “slacker rock” o el rock de los vagos; guitarras que exudan una melancolía bailable, pedales modificados artesanalmente y letras que hablan del pueblo, de su abuela o de escapar de la ciudad. “Cuando la vida pasa así de lento/ sólo inténtalo y déjate llevar”, canta en “Cooking up something good”, la historia de un padre cocinando metanfetamina en el sótano de la casa familiar. “Vengo de Edmonton, una ciudad al norte de Canadá. No muy grande, ni demasiado pequeña. A veces aburrida. Sé que algunos músicos se enfocan en escribir letras grandilocuentes. Yo simplemente no puedo hablar de cosas que no siento, mi propia vida es todo lo que tengo”, dice.

Siendo todavía un adolescente –después de trabajar en una construcción y como voluntario para experimentos médicos– se unió a su amigo Alex Calder bajo el nombre de Makeout Videotape y terminó girando con la banda de garage canadiense Japandroids. Ahí empezó todo, porque el sello neoyorquino Capture Tracks se fijó en él y el 2012 lanzó dos de sus discos: Rock and Roll Night Club –un ejercicio creativo en el que con extraña voz de crooner, como un Elvis Presley barrial, les canta a la soledad y a las chicas en blue jeans– y 2, que lo convirtió en el favorito de Pitchfork y lo tuvo girando por Europa y Estados Unidos. El dice que este último lo ha grabado usando sólo calzoncillos, encerrado en su casa por un mes entero, pero que las cosas han cambiado de una forma rápida en su vida. “Son muchas cosas nuevas a las que acostumbrarse. El tercer disco suena más parecido al momento en el que estoy ahora. Estuvimos muchísimo tiempo de gira por el mundo y lo escribí entre países. Es un poco atemorizante todo esto para mí pero también es cool”, cuenta.

La austeridad en los recursos, los discos que celebran la simpleza, las canciones confesionales, podrían hacer pensar que estamos en presencia de un cantautor melancólico. Pero muy poco tiene que ver con el espíritu del indie tímido (de hecho, él mismo ha inventado su clasificación genérica en lo que llama “Jizz Jazz”) este chico que cuenta con una cantidad abrumadora de videos con locuras en YouTube, que elige irse de gira con sus amigos de siempre y que –aunque su posición política sea “jamás te lo tomes en serio”– es capaz de combinar elegante y orgánicamente el humor de la pubertad con una propuesta musical bastante elocuente. Estamos hablando de un tipo que en algunos de sus videos emerge de una cajuela de auto disfrazado de Mozart (Dreamin) o travestido sin vergüenza para contarte lo que busca en una mujer (My Kind of Woman) que le dedica una canción de amor a la peor marca de cigarrillos (Ode to Viceroy) o le escribe un hit a su madre para pedirle disculpas por portarse tan mal (Freaking out the Neighbourhood). “Subieron a la red un video de un concierto donde salgo completamente desnudo haciendo un cover de U2 y con unas baquetas de batería en el trasero. Sentí que tenía que arreglarlo de alguna manera.”

A diferencia de varios de los nuevos músicos de su generación, Mac DeMarco prioriza lo eléctrico sobre lo electrónico y lo rudimentario del instrumento sobre la producción prodigiosa. Demuestra que sabe escribir grandes canciones sobre historias pequeñas con el auténtico espíritu lo-fi y con una refrescante actitud cómica que recuerda a su ídolo Jonathan Richman. No sabemos qué estará preparando para su show en Argentina, pero se sabe que sus presentaciones son generalmente inolvidables. Destaca su interés por el capital humano y la energía inigualable de una banda en vivo que se conoce y se quiere desde siempre, por sobre la gravedad de tantos chicos en el escenario parados solos frente a sus computadoras. Eso se agradece.

Mac DeMarco toca el sábado a las 22 en Vorterix, Av. Federico Lacroze y Alvarez Thomas. Entradas desde $300. Banda invitada: Los Reyes del Falsete (a las 21).

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