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Domingo, 6 de abril de 2014

TELEVISIóN VUELVE JUEGO DE TRONOS POR HBO

MI REINO POR UN RATITO

 Por Mariana Enriquez

En el centro está el Trono de Hierro, un armatoste espantoso fabricado con armas de enemigos fundidas para formar este sitial que parece la pesadilla de un herrero loco. Es el sitio del Poder, el lugar por el que ir a la guerra y a la muerte pero, al mismo tiempo, el lugar más peligroso: nadie dura mucho en ese asiento que domina los Siete Reinos de Poniente, del que sobresalen espadas y puñales y cuyo legítimo heredero es incierto. Esta noche, cuando regrese Juego de tronos, con su cuarta temporada, por HBO a las 22, el Trono aún no tiene dueño y la lucha, dicen, será la más sangrienta pero también la más calculada y la más inteligente.

En 2011, cuando HBO estrenó Juego de tronos, la posibilidad de esta serie parecía remota: basada en la extensa saga Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin, con tantos personajes y escenarios que requerían una inversión importantísima, la principal objeción era que la fantasía épica rara vez funcionaba y que, en la gran mayoría de los casos, derrapaba hacia la más banal tontería. Pero bastaron algunos episodios para demostrar que Juego de tronos era, primero, un producto perfecto para HBO, que toma los géneros más revisitados y los ensucia, los hace propios y los complejiza, como con el policial en The Wire o True Detective, la historia de gangsters en Los Soprano, la familia disfuncional en Six Feet Under o los vampiros en True Blood. Porque Juego de tronos es, sí, en primer lugar fantasía épica y de la mejor: medievalista, despiadada, fabulosa en sus detalles de arte y vestuario. Pero, sobre todo, es una serie sobre táctica y estrategia, sobre la guerra y la política y la intriga. Sobre el poder. Y sobre los diferentes tipos de poder. El que se desgasta por desidia e ilegitimidad, representado por el ya difunto rey Robert Baratheon. El que no se puede conseguir a pesar del idealismo y los principios, porque el poder exige flexibilidad y cintura y negociación: es el poder que pierde la totalidad de la íntegra pero rígida familia Stark. El que se conserva por privilegios y terror, representado en el horrible rey adolescente Joffrey. El que se busca con magia y tinieblas, representado por la hechicera Melissandre y su amante aspirante al trono. El que se consigue con carisma, populismo y poniendo el cuerpo, representado por la alguna vez frágil y ahora llameante Daenerys Targaryen (Emilia Clarke), la reina en el exilio que viene en busca del Trono con su belleza plateada, sus dragones, su ejército de esclavos liberados, su historia de viudez y desdicha, su presente de hombres fieles y miles de potenciales traidores. Se sabe que Daenerys es el personaje favorito de Cristina Fernández de Kirchner, porque ella se encargó de tuitearlo; no es la única jefa de Estado fascinada por la serie. En Estados Unidos, los productores Dan Weiss y David Benioff le dan a Barack Obama los capítulos terminados para que el presidente pueda verlos antes. No sólo que los políticos apasionados y preocupados por la naturaleza del poder son fans de Juego de tronos. Es la serie más pirateada del mundo. La siguen cinco millones de personas sólo legalmente. La ven fans del género, pero también muchísimos que sencillamente se fascinaron con un elenco y un guión de enorme consistencia, sin trampas, lleno de grises, de matices, de vericuetos (a veces, hay que reconocerlo, demasiados) y de brutalidad, de decisiones inesperadas. Juego de tronos no tiene compasión: en la primera temporada mató a su protagonista, Ned Stark (Sean Bean), el valiente y finalmente impotente hombre del norte que no supo acomodarse a la corte y a la violencia callada de la política, y acabó degollado. Más tarde, en el episodio de la Boda Roja –que muchos lectores conocerán, pero no revelaremos para los que aún no cayeron en el hechizo de la serie– se atreven a lo que nunca nadie en televisión, demostrando que todas las teorías de no maltratar a personajes queridos so pena de recibir el castigo del público son tonterías. Y, además, la injusticia existe. La injusticia es terrible, es desoladora, es dolorosa y es perfecto sentirla vicariamente, derramar lágrimas calientes de furia cuando alguien no se merece una indignidad, un final antes de tiempo, un castigo desproporcionado. De eso, también, se hace la adicción a una serie: de esos sacudones éticos. Después de un capítulo de Juego de tronos es posible quedarse horas debatiendo sobre fines, medios, principismo, pragmatismo, sacrificios necesarios e innecesarios, el poder y la gloria, la virtud y la deshonra.

Juego de tronos se apunta unos cuantos grandes hitos televisivos más. El personaje de Tyrion, interpretado por Peter Dinklage –que ya ganó un Emmy por su actuación–, el hijo enano de la familia más poderosa del reino, los Lannister: un personaje herido pero todavía íntegro, lleno de ironía e inteligencia e inesperadamente sexy; nadie se había atrevido a un protagónico así –y funcionó–. La sexualidad franca, voraz, adulta, lejos de las vidas monásticas de la fantasía épica más tradicional –la de El señor de los anillos, por ejemplo–. El pasmoso manejo de los elementos sobrenaturales cuando la Guardia de la Noche descubre que detrás del Muro del Norte se agita una amenaza indecible, la de los macabros Caminantes Blancos. La decisión de llevar al límite a los personajes y de que sus transformaciones sean creíbles: Jamie Lannister (Nicolaj Costar-Waldau) empieza como un arrogante hijo del privilegio y ahora, después de cuatro temporadas, es un príncipe triste y mutilado, un Lord Byron con su pie deforme, en una transformación lenta y verdadera. Otro logro asombroso: el entendimiento de que una mujer fuerte no es un macho, y así las terribles mujeres de Juego de tronos no son las superheroínas de los tanques de Hollywood, esas chicas que de tanto kick-ass ya aburren, sino que tienen sus propias armas y cómo las usan: la manipuladora y hermosa reina madre Cersei, política brillante; Daenerys Targaryen, mística y seductora, con su convencimiento de que ella sabrá gobernar y quien no quiera su nuevo mundo pues deberá morir en el viejo; Arya Stark, que comienza como una niña que quiere ser espadachina y termina como una aprendiz de asesina. El lema de esta temporada es “Todos los hombres deben morir”. Es verdad que ya no quedan tantos y los que quedan están débiles. Pero si algo enseñó Juego de tronos es que la suerte no dura, que los mejores planes y las buenas intenciones fracasan. Y que nadie está a salvo.

Juego de tronos empieza su cuarta temporada hoy a la noche, a las 22, por HBO.

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