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Domingo, 13 de abril de 2014

CENIZAS DEL PARAÍSO

ARTE En junio de 2011, el volcán Puyehue entró en erupción y castigó a la ciudad de San Carlos de Bariloche, que pasó meses durísimos. Ese fue el motivo principal por el cual el programa InSitu-Arte en el espacio público eligió esta ciudad para su estreno e invitó entonces a diez artistas a reflexionar sobre el suceso, sin proponerlo como determinante de sus producciones. Los proyectos fueron concretándose desde 2012 hasta hoy, ya contó con la participación de Tomás Espina, Nicolás Robbio, Graciela Sacco y João Loureiro (Brasil), entre otros. Ahora InSitu presenta las nuevas obras de Leandro Erlich y Jorge Macchi, piezas efímeras como casi todas las del programa, una misteriosa catedral sumergida en el Nahuel Huapi y un juguetón jardín de invierno que se pueden visitar hasta que la naturaleza así lo disponga.

 Por Verónica Gómez

Hace frío y llovizna. El lago Nahuel Huapi se ve gris oscuro, apenas azulado. En la orilla, el viento cobra intensidad. Un hombre canoso, de cabello crecido, barba y porte atlético, se calza un traje de neoprene y sin rodeos se mete al agua. Saltea las olas con esfuerzo y se acerca a una aguja de catedral que surge del agua, solitaria. Cuando llega la abraza, en un gesto de supervivencia que se parece mucho a un acto de fe. Trata de enderezar una de las nervaduras del techo, desprendida por la fuerza del agua y el viento. Usa un cable de acero, rodea varias veces la aguja, se tropieza, cae, vuelve a empezar.

El buzo-restaurador es Daniel de Gaetano y es uno de los constructores de la bellísima obra Preludio, de Jorge Macchi, consistente en una réplica 1:1 de la aguja principal de la Catedral de San Carlos de Bariloche.

Junto a Jardín de Invierno, de Leandro Erlich, la instalación de Macchi se suma a la serie de obras ideadas especialmente para la ciudad de San Carlos de Bariloche, en el marco del programa InSitu. Arte en el Espacio Público, organizado por la Secretaría de Cultura de Nación a través de la Dirección de Artes Visuales, y que ya contó con la participación de Tomás Espina, Nicolás Robbio, Graciela Sacco, Valeria Conte Mac Donell, Joao Loureiro (Brasil), Edgardo Madanes, Bernardo Oyarzún (Chile) y Ruth Viegener.

DESPUÉS DE LA ERUPCIÓN

El 4 de junio de 2011, luego de una siesta de 50 años, el volcán chileno Puyehue entró en erupción. Bariloche vivía un típico día de otoño, soleado y frío, sin viento, con un lago planchado como espejo. Pero a las cuatro de la tarde el cielo se cerró, la ciudad quedó a oscuras y empezaron a caer piedras. Entrada la noche las piedras cesaron, dejando un saldo de 15 centímetros de cenizas y una población tan sorprendida como aterrada. El paisaje cambió drásticamente y los supermercados se llenaron de gente en busca de provisiones. Los meses siguientes fueron duros. Algunos comercios no sobrevivieron. Hubo gente que tuvo que dejar la ciudad. Y otra se quedó, pala y carretilla mediante, a hacerle frente al imperio de las cenizas. El turismo fue quizá, para esta ciudad de postal, el área más afectada.

Ese fue el motivo principal por el cual el programa InSitu eligió para su estreno la ciudad de Bariloche. Se invitó entonces a 10 artistas a reflexionar sobre el suceso, sin proponerlo como determinante o rector de sus producciones. Los artistas recorrieron la ciudad, tomaron nota e hicieron su relevamiento poético. Luego de tres meses presentaron sus propuestas. Con el arduo trabajo de un equipo interdisciplinario –el Ministerio de Turismo de la Nación a través de la Administración de Parques Nacionales, la Municipalidad de San Carlos de Bariloche, la Universidad Nacional de Tres de Febrero y la Prefectura Naval Argentina, sumado a la indispensable participación de profesionales, técnicos, operarios, artesanos, comerciantes y empresarios locales– los proyectos fueron concretándose desde 2012 hasta marzo de este año.

En la sala Frey, en el Centro Cívico de Bariloche, se reconstruye el itinerario del programa con un repaso de las obras participantes a través de textos, documentos, fotografías, un registro de video y una maqueta, testimonios valiosos a la hora de dar un pantallazo a la evolución del programa, ya que la mayoría de las intervenciones fueron de carácter efímero.

Hoy en día, todavía es posible apreciar las esculturas de Bernardo Oyarzún, ubicadas en la costanera, entre French y Otto Goedecke, y concebidas bajo el nombre Otra estatuaria: Chemamules, los hombres de madera. Son figuras antropomórficas de tradición mapuche, talladas en troncos de pino y colocadas en pareja observando los preceptos mapuches de horario y orientación. Con su expresión circunspecta y tierna, los chemamules han sido adoptados por la ciudad de Bariloche y prometen ser parte de una nueva camada de postales.

También por estos días, si es que el viento no ha hecho estragos, se puede ver 46-11, de Ruth Viegener, 120 salvavidas entrelazados que conforman un salvavidas gigante, originalmente ubicado en la playa San Carlos y hoy mudado a Playa Bonita. Vistos de lejos, los colores naranja y blanco de los salvavidas remiten al estampado del pez payaso. Es posible sentir que somos testigos privilegiados, espiando sigilosos desde la costa, de una reunión cumbre de Nemos. Al oscurecer, los salvavidas se perciben apenas como manchas naranjas, las flores emergentes de un ritual acuático.

Quizá la obra más evidentemente relacionada con las cenizas fue la de Joao Loureiro, quien produjo, en alianza con la heladería Jauja, una serie limitada de gustos de helados en escalas de grises, que estuvieron a la venta durante el verano 2012/2013. Los consumidores podían elegir entre seis tonos de grises y luego llevar a pasear por la ciudad una porción de helado color ceniza.

En la misma sintonía de convertir una catástrofe climática en objeto comestible, ya sea como veneración caníbal o venganza, unos meses antes, en Villa La Angostura, el aniversario de la erupción se había celebrado con la construcción de una réplica en chocolate del volcán Puyehue, de tres metros y medio de altura, más otros 4000 mini-volcanes que fueron repartidos entre los asistentes comensales. Un ejemplo más de que humor es igual a tragedia más tiempo.

IRRUPCIONES PASADAS

ERLICH. JARDÍN DE INVIERNO

Una de las intervenciones de carácter efímero fue la de Graciela Sacco, que eligió para desplegar su mural la empalizada de una obra en construcción, a pasos de la Catedral. Entre azul y negro se llamó la obra que mostraba la imagen en blanco y negro de gente agrupada, en movimiento. Seres anónimos pertenecientes a un pasado difícil de precisar que, expuestos a la intemperie, irían perdiendo nitidez por la acción del agua, el viento y el tránsito o, más bruscamente, desaparecerían detrás de un cartel publicitario. En diálogo con el mural, Sacco organizó una performance donde 40 participantes vestidos de negro remontaron barriletes con imágenes de trajes impresas, una visión emparentada con los burócratas símil lluvia de Magritte.

Si sólo modifico un mínimo modifico un todo, de Nicolás Robbio, fue la frase escrita en un cartel publicitario que se adaptó a la forma zigzagueante de un muro, generando una irrupción reflexiva en el paisaje.

Valeria Conte Mac Donell utilizó alambre para dibujar en el aire la inmensa figura de una nadadora a punto de zambullirse en el lago Nahuel Huapi. Un expresivo dibujo en el cielo, frágil y sutil, atento a los vaivenes del viento.

Tomás Espina participó con la obra Geometría sagrada, consistente en un puente, a la manera de las construcciones de campaña, que pasó por sobre el monumento de Julio Argentino Roca, emplazado en el Centro Cívico. “Un puente que simbolice la necesidad de trascender la dicotomía amor y odio que sigue alimentado esa figura”, declaró el artista. En una nota publicada en este suplemento, el 23 de diciembre de 2012, Espina revela la trastienda del proyecto, los vericuetos éticos, artísticos e históricos que debió transitar en el desarrollo de su propuesta, un escrito que se vuelve indispensable a la hora de abordar la obra más polémica del programa.

En la plaza de la Catedral, Edgardo Madanes instaló un simpático mirador, construido con mimbre, cuero y alambre, cuya forma de iglú invitaba a los transeúntes a refugiarse allí y observar el entorno a través de unas trompas de mimbre que apuntaban en direcciones disímiles.

Fiel a su trayectoria basada en el chiste óptico de sofisticada e impecable técnica, Leandro Erlich instaló a unos metros de la sala Frey, en una pendiente con vista al lago, su obra Jardín de Invierno (que aún se puede disfrutar), consistente en ¼ de casita hexaédrica repleta de arbolitos y plantas artificiales espolvoreadas con nieve, también artificial, y cuya sensación de completud se logra mediante el uso de espejos que multiplican la porción de la casita invernadero. Obra exitosa entre el niño-niño y el niño que todo adulto lleva dentro, en la inauguración era moneda corriente ver las caras de sorpresa cuando giraban en torno de Jardín de invierno y descubrían el truco. Divina como un souvenir. Sería genial que a algún comerciante de la zona se le ocurriera fabricarla en serie y a pequeña escala. Competiría codo a codo con el tradicional globito de nieve que de tan espantoso puede resultar simpático. Habría que ver si Erlich acuerda un trato y concede colocar un perro San Bernardo entre los arbolitos.

ECOS MEDIEVALES

OYARZÚN. CHEMAMULES

En 1910, Debussy compuso un bellísimo preludio para piano que llamó La Catedral Sumergida inspirado en la leyenda de origen celta que cuenta la historia de la ciudad de Ker-Ys (“fortaleza de las profundidades”). A causa de la falta de piedad y virtudes de sus habitantes la ciudad fue sumergida bajo el mar. Cada amanecer, la ciudad surge de su entierro acuático. En este renacimiento lo primero que se ve es la Catedral, cuyas campanadas resuenan con ímpetu. Las indicaciones de Debussy acerca de la manera de tocar la pieza son extremadamente sugerentes: danzando en una bruma dulcemente sonora, poco a poco sorteando la niebla, como un eco de la frase anterior... Será esta última indicación la que dará la clave a Macchi para imaginar una réplica de la aguja de la Catedral Nuestra Señora del Nahuel Huapi emergiendo, como un eco del original, de las aguas del lago.

Construida por el arquitecto Alejandro Bustillo con piedra blanca, en un estilo neogótico, la catedral tiene un aspecto austero; la palidez de su cuerpo contrastando con el color negro de sus techos hace pensar en una dama elegante que, languideciendo, aún se mantiene erguida en la cima de una colina, dominando el paisaje con acento sólido y tenue.

Si la obra Preludio, de Macchi, tiene algo de truco, de falsificación convincente (la réplica está hecha de manera ajustadísima, a imagen y semejanza del original) donde la duplicación genera un extrañamiento muy cercano al absurdo, no parece agotarse allí su lectura. Macchi trasciende el chiste visual, la galería de espejos, para darnos, como lo hizo Debussy en sus preludios, una atmósfera, una visión enigmática donde la magia reside, no exclusivamente en la pericia técnica, sino en la virtud de invocar un cúmulo de emociones, entre religiosas y románticas, cuya textura trasciende lo material e invita a los espectadores a vivir un estado de introspección en comunión con el paisaje.

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MACCHI. PRELUDIO
Imagen: SECRETARIA DE CULTURA DE LA NACION
 
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