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Domingo, 5 de octubre de 2003

MUSICA

Hombre mirando al norte

Como cada vez que saca un disco, los críticos andan diciendo que el nuevo Elvis Costello ha traicionado al viejo y querido Costello, seguramente para descubrir dentro de cinco años que es otro gran hito de su carrera. Y entonces tendrán razón: North es un perfecto y rarísimo disco de amor al revés: un disco que empieza con su divorcio de la irlandesa Cait O’Riordan (alguna vez bajista de los Pogues) y termina con el rutilante romance que tiene con la estrella de jazz Diana Krall.

POR RODRIGO FRESÁN

Empieza tan triste y termina tan contento. North –el flamante y exquisito disco de once baladas para piano, vientos y orquesta arregladas por Elvis Costello y grabado para el elegante sello Deutsche Grammophon en un viejo estudio en las alturas del Steinway Building de Nueva York– narra lo que Paul Simon define en “Hearts and Bones” como “el arco de una relación amorosa”. Pero aquí, en North, no se traza la curva habitual y tampoco se trata de uno de esos discos divorcistas como Walls and Bridges o Heartbreaker o Rumours o Sea Change.
Aquí, las relaciones amorosas son dos y a lo que se le canta –Costello jamás cantó mejor que en North, sus fraseos nunca fueron tan inspirados a la hora de recorrer estos versos sentimentales y sintéticos pero enormes al mismo tiempo– es al adiós de un amor (su matrimonio de dieciséis años con la irlandesa Cait O’Riordan, alguna vez bajista del combo folk-punk The Pogues) y al hola de otro (el descubrimiento de la pianista de jazz y canadiense Diana Krall con la que se va a casar cualquier día de éstos). North empieza con un final y termina con un principio; arranca con “You Left Me in the Dark” y concluye con “I’m in the Mood Again”. En ocasiones, sí, los títulos de las canciones lo dicen todo.

uno Y el título de ciertos discos también. North, claro, apela al Canadá de su flamante fiancée –se puede bajar un bonus-track del site de Elvis Costello donde se le canta a la tierra de la hoja de arce–, pero también apunta y señala al punto cardinal clave, a recuperar la orientación y reencontrar el buen camino. Y no es que Costello lo hubiera perdido, pero también es cierto que hacía mucho que no producía algo tan hermoso y perfecto y, sí, redondo.
North –indispensable conseguir la special limited edition que incluye el extra de ese mambo-despedida, “Impatience”, más un DVD donde Costello comenta e interpreta en un piano cubierto de hojas secas “Still”, “Fallen” y la ausente en el compact “North” donde Costello pide el frío y la nieve y el privilegio de viajar mapa arriba– es, según su autor, “lo más personal que jamás he grabado” y tal vez aquello que se insinuaba en los tracks más sutiles del injustamente subestimado All This Useless Beauty y en la gira a solas con su pianista de cabecera Steve Nieve que vuelve a deslumbrar en North. Música sin edad y sin época, canciones que podrían llegarnos desde esas tierras donde compusieron Cole Porter & Co. para la triste felicidad o la alegre melancolía de todos los extraños en la noche que –como Costello en la portada del cuadernillo con las letras en cuatro idiomas– caminan bajo la lluvia, las manos en los bolsillos del impermeable mojado, mirando a cámara con el más technicolor de los blancos y negros y, por supuesto, los mismos anteojos de siempre.

dos Elvis Costello –nacido en una familia de músicos más o menos profesionales y bautizado como Declan Patrick Aloysius McManus, en Paddington, London, August 25 1954– compuso North en apenas dos meses, en los camerinos y autobuses de la gira en la que presentaba junto a sus The Imposters el furibundo When I Was Cruel. Y el contraste de atmósferas no tiene por qué sorprender demasiado. Costello fue siempre –desde el principio– un hombre de extremos: lamer y morder, la balada amorosa e inteligente o la misógina furia pospunk que no deja de escupir peligrosos juegos de palabras, el frío más caliente o el ardor más gélido se pueden encontrar sin problemas en un mismo disco de los suyos para darse la mano o para llegar a los puños. En cualquier caso, North –según su dueño, descendiente directo de esos álbumes intimistas y confesionales como el Blood on the Tracks de Bob Dylan o el Blue de Joni Mitchell– es “el único disco en toda mi historia que aspira a la belleza como primer y único objetivo... Fui virtualmente asaltado por estas canciones. No pude resistirme a ellas; se me iban presentando de una en una, en el mismo orden en que aparecen en el disco, hasta conformar uno de esos álbumes-con-niebla-y-atardecer-y-hojas-cayendo-de-los-árboles-mientras-se-mira-elmar, ya saben...”. También sabemos que North es una obra maestra –uno de los seguros candidatos a disco de este año– y, sí, exactamente eso: canciones luminosamente nubladas, fértilmente otoñales. Música para trasnoche de bar de hotel, uno de esos discos para programar en un constante replay hasta que se convierten en el justo y apropiado soundtrack de todo un día, de una noche, del día siguiente.
Lo que, por supuesto, no impide que buena parte de los críticos pop ingleses –quienes suelen preferir al Costello irónico y airado y venenoso y con guitarra electrizante antes que al songwriter culto que graba con The Brodsky Quartet, flirtea con Bacharach, participa en un festival de música sacra, graba junto a la mezzosoprano Sophie Van Otter o musicaliza un ballet basado en Sueño de una noche de verano– consideren a North “pretencioso”, “estúpido”, “pomposo”, “sofisticadamente adolescente” y “soporífero pseudo Sondheim”. Después –es inevitable–, evocan nostálgicos la verborragia veloz de This Year’s Model, el cretinismo barroco de Imperial Bedroom o la roja amargura Blood and Chocolate. A lo que Costello responde: “Siempre que hago algo diferente me lapidan acusándome de haberme traicionado a mí mismo para, cinco años después, ‘descubrir’ que se trataba de un gran hito de mi carrera... Yo les recomiendo que ganen tiempo y que envíen ya mismo sus mea culpa. Y, se sabe, siempre existió ese desagradable rasgo de la personalidad inglesa donde se condena toda presencia de una emoción expresada con claridad y sentimiento”.

tres Hace muchos años que Elvis Costello no vive en Londres. Elvis Costello vive en Nueva York. Y –les guste o no les guste a algunos– es el autor reconocido del standart “Almost Blue” ya versionado por gente como Chet Baker, Jimmy Scott y, sí, Diana Krall. Poco y nada cuesta pensar que algunas canciones de North –como “Still” (donde reaparece The Brodsky Quartet en una coda delicadamente georgemartiana), o la triste “You Turned to Me” (donde se nos describe con las notas y las palabras justas la amargura de quien se descubre traicionado) o la graciosa “Let Me Tell You About Her” (donde Costello se pone el traje de esos recién encandilados que no dejan de hablar de su nueva chica)– no vayan a seguir el mismo camino. Ese sendero que recorre todo aquello que primero es íntimo y personal para, enseguida, acabar convirtiéndose en algo de todos y para todos. En ese algo que –cuando pensamos que ya jamás podríamos salir de los sótanos de ese Sur– nos ayuda a ganar el Norte. Y, como Costello a la hora de la despedida, cantar satisfechos y extendiendo el brazo “Gloria a todos los taxis / Van hacia donde voy yo”. Esas cosas que sólo cantan –en la ducha o bajo la lluvia– los hombres perfectamente orientados hacia el amor.

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