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Domingo, 27 de agosto de 2006

EL NUEVO DISCO: MODERN TIMES

El Eternauta

 Por Rodrigo Fresán

Cuentan los que han tenido el placer y el privilegio y la emoción de verlo de cerca y hablarle al lado que, por estos días, fuera del escenario, el rostro de Bob Dylan goza de la extraña propiedad de exhibir –con una casi sobrenatural fluidez de sus rasgos– todas las edades y las etapas por la que han pasado todos los Dylans hasta ahora.

Y son muchos: el aprendiz de Woody Guthrie, el avatar de protesta, el mesías electrificado, el ermitaño doméstico, el gitano divorciado, el profeta converso y apocalíptico, el tipo al que nada le importaba durante los ’80 y, finalmente y por encima de todos –y luego de ese verdadero proceso de reeducación que fueron los discos de covers reescritos Good As I’ve Been to You (1992) y World Gone Wrong (1993)– este actual y formidable cowboy otoñal. Un juvenil sexagenario que salta sin cesar de escenario en escenario y que conecta directamente con aquellos músicos legendarios del blues y del country que deslumbraron a un jovencito de Duluth, Minnesota, a mediados del siglo pasado.

El mismo admirable y poco común efecto produce ahora Modern Times –continuación natural del Love and Theft del 2001 así como de esa canción-en-celuloide que fue el film Masked and Anonymous del 2003– y donde Dylan parece pasearse como amo y señor de una plantación que es su propia obra y que a esta altura no le rinde cuentas a nada ni a nadie. Título tan irónico como chaplinesco, Modern Times –al igual que lo explicitaban las comillas en el título de su anterior y magistral trabajo, una tarea tanto de pasión como de apropiamiento– funciona como otro logrado songbook norteamericano pero en el que cada una de las formas, que van desde el rockabilly al lamento apalache pasando por varias estaciones intermedias, aparecen claramente marcadas por el personalísimo sello de un artista que se sabe único, alguien que empieza y termina en sí mismo por más que, como dice en una de las nuevas canciones, “He mamado de más de mil vacas”.

Como Love and Theft, Modern Times vuelve a estar grabado junto a su fogueada banda de carretera y producido por Jack Frost (alias de Dylan a la hora de ponerse tras la consola, Jim Nasium es el que se reserva para los hoteles), luego de ser ensayado en un antiguo teatro, The Barvadon, alquilado para la ocasión en Poughkeepsie, NY. De ahí, dos semanas en el estudio donde Dylan puso especial cuidado en manejar sin chocar su voz. Así, Modern Times –al que sólo cabe reprocharle que no haya reunido dos grandes y recientes canciones sueltas para películas como son “Cross the Green Mountain” y “Tell Ol’ Bill”– es uno de los discos mejor y más expresivamente cantados en toda su carrera y en el que abunda el lenguaje y el sonido en los que, todo parece indicarlo, va a quedarse a vivir por lo que le queda de vida y obra. Algo que suena retro y futurista al mismo tiempo y que parece fluir a lo largo de épocas y de modas para solidificarse en algo inequívocamente dylaniano. Es decir: sesenta minutos y diez canciones generosas en visiones apocalípticas, con mirada de quien lo ha visto todo, muy buenos chistes malos, versos que pasan de lo vernáculo a lo aforístico sin aviso, menciones a Alicia Keys, espíritu y carne, campo y ciudad y carretera, corazones rotos y cerebros invulnerables. Y –otra vez, como en Love and Theft y a diferencia del lúgubre Time Out of Mind (1997) del que Dylan reniega, en perspectiva con razón, cada vez más– una contagiosa alegría por estar vivo (y, todo parece indicarlo, otra vez enamorado) y por contar todavía con varias balas en el revólver así como con la creciente admiración de músicos que podrían ser sus nietos, pero prefieren sentirse sus jóvenes hermanos de sangre.

De entrada, en la formidable “Thunder on the Mountain”, Dylan anuncia: “Trueno en la montaña, fuegos en la luna / Hay disturbios en el callejón y pronto llegará el sol”, confiesa que “he estado sentado estudiando el arte del amor / Pienso que me quedará como un guante” y agrega que “siento como si mi alma comenzara a expandirse / Mira en mi corazón y más o menos lo entenderás”. Ese “más o menos”, claro, es y siempre ha sido el factor decisivo y operativo en toda la carrera y discografía de Dylan. Y aunque Modern Times no resulta especialmente críptico para un seguidor, aquí el misterio permanece y se fortalece. “Spirit on the Water” revisita la admiración de Dylan por los jazzy-crooners de la edad dorada (y advierte desafiante que “piensas que he dejado mi mejor momento atrás/ A ver qué tienes tú / Podríamos pasarla genial juntos”). “Rollin’ and Tumblin’” parece poseída por los espíritus del mejor Elvis flaco y Buddy Holly. “When the Deal Goes Down” es una balada lacrimógena (Scarlett Johansson protagonizará el videoclip). “Someday Baby” es country blues de pura cepa. Y con “Workingman’s Blues Nº 2” se arriba al segundo clásico del álbum. Dylan toma prestado el título de la canción que Merle Haggard grabó en 1969 y construye una tan descarnada como épica postal de los sufrimientos del trabajador norteamericano en los tiempos de Bush Nº 2 con más de un guiño sónico a “Like a Rolling Stone” mientras denuncia: “Ahora el lugar está intervenido por incontables enemigos / Algunos de ellos pueden ser sordos y mudos / Pero no hay hombre o mujer que sepa / Cuándo arribará la hora del pesar”. “Beyond the Horizon” es otro lamento romántico con versos inspirados: “Más allá del horizonte y al final de la partida / Cada pasos que tú das, yo lo doy también”. “Nettie Moore” recuerda a “Sugar Baby” en Love and Theft y a algo de las atmósferas lanoisianas de Time Out of Mind. “The Levee’s Gonna Break” es otro blues-rock y otra de las canciones de Dylan sobre uno de sus temas favoritos: las inundaciones y crecidas y diluvios y parece referirse directamente a la Nueva Orleans del Katrina. El gran cierre con los casi nueve minutos “Ain’t Talking” –muy en la onda y el tempo “caminante” de “Highlands”– muestra a Dylan alejándose hacia el horizonte y lanzando comentarios muy en plan Bogart/Kerouac (el “idioma” utilizado para sus Crónicas autobiográficas) sobre lo que va viendo mientras nosotros, hasta la próxima, dejamos de verlo a él. Aquí, Dylan camina “a través de las ciudades de la plaga” más que dispuesto a eliminar a sus enemigos como sea para después abandonar “el jardín místico / En un día caluroso de verano, un prado caliente de verano / Discúlpeme, Madame, lo lamento / Ya no hay nadie aquí / El jardinero se ha marchado”.

Semanas atrás volví a ver a Dylan, en vivo, en los jardines de Cap Roig, al norte de Barcelona y cerca de la frontera con Francia. Un elegante festival de entradas muy caras y público muy adinerado. Copa de champagne y vestidos de seda y público mayor y, claro, ganas de escuchar “Blowin’ in the Wind” y todo eso. Pero no. Dylan salió al escenario –su rostro cambiando bajo un stetson negro de tahúr pálido– y arrasó a la shockeada concurrencia con canciones poco frecuentes, grandes éxitos irreconocibles y un sonido casi punk. Después, Dylan saludó desde el borde del escenario flanqueado en formación en V por sus músicos. Dos minutos después, por supuesto, Dylan se subió a su autobús y se fue a otro concierto y a otro jardín.

Los tiempos, modernos o no, siguen cambiando, pero –más allá de fechas y de estilos– Dylan permanece por encima de calendarios y días rojos y negros.

Regocijémonos, una vez más, de que así sea.

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