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Domingo, 8 de junio de 2008

El hombre más serio

 Por Paulino Frydman

A fines de 1941, el propietario de la confitería Rex, una de las mayores de Buenos Aires, me propuso organizar una sala de ajedrez en el primer piso. Allí iba a jugar Gombrowicz todas las tardes durante muchos años.

Pero no fue en el Rex donde conocí a Gombrowicz sino en la calle. Fue un día de finales de 1941 o comienzos de 1942. Me encontré de casualidad con un viejo conocido, un diplomático polaco al que llamábamos “El Cónsul” (a Witold le gustaban mucho los apodos). “El Cónsul” iba acompañado de un hombre bastante joven, delgado, de pelo castaño y cara típicamente eslava. Era Gombrowicz. Fuimos a cenar juntos. No recuerdo exactamente la conversación. En aquella época por lo general se hablaba de la guerra. Pero me acuerdo muy bien de que Gombrowicz estaba absorto en sus pensamientos y tenía un aire más bien melancólico. Algunos días después lo vi entrar al Rex: era un apasionado del ajedrez. El ambiente le gustó mucho. Jugaba y entre las partidas solía charlar, lo que no agradaba a sus adversarios.

No era un jugador profesional, pero tenía un buen nivel para un aficionado. Su juego era muy personal, un poco fantasioso. No conocía bien la teoría y practicaba esencialmente el ataque. Además jugaba siempre con el estado psicológico del adversario. Tenía manías que ponían a los otros jugadores fuera de sí; por ejemplo, agarrar un peón entre el dedo índice y el medio y dar con él golpecitos secos contra el tablero.

Gombrowicz jugaba indistintamente con buenos y malos, y no le importaba perder. El ajedrez lo ayudaba más que nada a calmar los nervios en la difícil situación en la que se encontraba. Al concentrarse se olvidaba de todo. Esta disciplina le vino muy bien durante la guerra o en los momentos de mayor pobreza y soledad. El Rex era como un segundo hogar para él.

Lo conocí en la época en que era más pobre. Y, sin embargo, siempre lo he visto vestido modestamente, pero limpio y digno. Siempre iba afeitado y usaba el pelo corto y bien peinado. Era más bien metódico, para nada desordenado, ni bohemio. No era afecto al alcohol. Su salud no era muy buena, pero tampoco era alguien del tipo artista a la deriva, pálido y romántico. Se ocupaba de su mujer con el mismo cuidado que de sus otros asuntos: no dejaba nada librado al azar. Así que no le debe a nadie su consagración literaria. Siempre lo he visto decidido, incluso en sus peores momentos y a pesar de las contrariedades, a no desviarse de la ruta que se había trazado. Su vocación artística ha sido el único motor de su vida y permaneció fiel a ella sin un momento de desfallecimiento hasta el final. Sostengo que Gombrowicz es la persona más seria que he conocido en mi vida.

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