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Domingo, 19 de febrero de 2012

El héroe puro

“La medicina que necesitaba para alcanzar una estatura normal cuesta mil dólares por mes, y él la pagó jugando al fútbol en el Barça. Su condición de genio precoz le arrebató la despreocupación de la adolescencia, pero también le exigió conservar la energía creativa que sólo tienen los niños cuando juegan. Es la esencia de su arte.”

 Por Ariel Magnus

“¡Y aguante Argentina, la concha de su madre!”, cerró Messi su discurso de un par de frases (o sea, dos) frente al Camp Nou la noche en que el equipo festejó el bicampeonato de 2010. Esa frase, que Messi pronunció luego de aclarar que esa vez no diría nada raro (el año anterior había hablado en visible estado de ebriedad durante un festejo análogo, aunque de su discurso sólo cabe destacar la ronquera con que lo pronunció, y alguna sílaba patinada), esa frase es probablemente la declaración más rara que ha hecho Messi en toda su carrera, en el sentido de que es la única potente y memorable. Aunque de estructura y contenido más bien básicos, su remate tiernamente soez y la profunda carga emotiva que le conferían el lugar y el momento (poco antes de que empezara el Mundial de Sudáfrica) hacen del sintagma un verdadero hito oratorio dentro de su humilde, humildísimo repertorio. La trascendencia de aquella exclamación es difícil de medir, pues no da para un titular de diario, pero no sería extraño que más de un hincha haya revertido su opinión acerca del presunto pechofriísmo de Messi tras escuchar este aliento sincero y emocionante, sobre todo si se lo compara con el parco “visca Barça y visca Catalunya” que lo preceden.

Habrá que esperar a que el Barcelona gane alguna copa este año para volver a estar expectantes por una declaración de Messi. De las otras, incluidas las “entrevistas a fondo” de los medios deportivos, es inverosímil que alguien siga esperando escuchar algo memorable. Ni siquiera da la sensación de que en realidad Messi tiene mucho para decir, pero delante del micrófono se pone el casete; más bien se diría que si no fuera por el casete del compañerismo y la humildad (linda música de fondo, ojo), se quedaría completamente mudo. No porque no tenga personalidad (como puede comprobar cualquiera que lo vea jugar al fútbol), ni porque sea tonto (como puede comprobar cualquiera que haya visto una foto de su novia). No: al pibe no le gusta hablar, lo hace solamente porque es parte de su trabajo, y punto.

“Pasa que Messi habla con los pies”, dirá algún poeta. Pero lo cierto, con todo respeto por las metáforas, es que con los pies no se habla. Y no hacerlo tampoco con la boca es algo extraño, incluso inadmisible, en un país donde es noticia todo (absolutamente todo) lo que declare una vedette o un político, o una ex vedette o un ex político, y en donde muchos de los máximos ídolos futbolísticos se destacan también por su verba. Gente como Maradona, Riquelme o Tevez (o el Bambino, Basile, Gatti... ¡Caruso!), han puesto la vara declarativa demasiado alta para la Pulga, y eso es probablemente lo que le impida alcanzar status de héroe nacional. Ojalá lo desmienta ganando un par de copas del mundo (su verdadera y única deuda con la patria, ¡la concha de su madre!), pero nada parece indicar que una vez que deje de hacer goles nos siga importando escucharlo no decir nada, sin ninguna gracia.

A no ser, a no ser, que estemos ante un héroe que sólo se destaca por aquello en lo que quiere y debe destacarse, un héroe digamos puro. El contraste entre su maravillosa elocuencia dentro de la cancha y su tedioso laconismo fuera de ella pareciera indicar que la posibilidad existe. Me gustaría ser historiador para establecer con autoridad que la Argentina nunca conoció a ningún prócer que careciera de oratoria. Pero más me gustaría ser astrólogo para asegurar que lo va conocer.

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