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Domingo, 17 de junio de 2012

> RICARDO GüIRALDES, EL MECENAS DE PROA

Amigo del arte

 Por Claudio Zeiger

En un período breve –no más de tres años–, Ricardo Güiraldes llevó adelante la aventura de la revista Proa –tarea tan grata artísticamente como ingrata por la constante hostilidad de los medios periodísticos asentados–, avanzó con la escritura de Don Segundo Sombra, lo publicó, se consagró como escritor, ordenó unos cuantos papeles, se murió en París (comme il faut) y sus restos fueron luego repatriados y enterrados en San Antonio de Areco, donde finalmente descansó, tal como había profetizado en el final de Raucho, “crucificado de calma sobre su tierra de siempre”.

Vida breve, reposada pero no cómoda, austera. La vida de Güiraldes bien podría asimilarse a la de uno de esos últimos caballeros de la belle époque nativa, pero algo de su sensibilidad y su idiosincrasia no pegaba con el Jockey Club. En el ensayo preliminar a la edición facsimilar de Proa, Rose Corral y Anthony Stanton del Colegio de México (donde empezó el proyecto de investigar las relaciones literarias entre México y el Río de la Plata que finalmente derivó hacia Proa) transcriben el testimonio del poeta y abogado cordobés Brandán Caraffa: “En Amigos del Arte conocí a Güiraldes y nuestra amistad fue inmediata. Incomprendido por los hombres de su clase que en el Jockey Club hacían chistes con El cencerro de cristal, libro extraordinario y precursor, se vino inmediatamente con nosotros”. Así, ese personaje tan interesante política y artísticamente que fue Caraffa, rescató del ostracismo a Güiraldes una vez más, como un poco antes habían hecho Oliverio Girondo y los martinfierristas.

Güiraldes era el “viejo” de la revista, el que de alguna manera orientaría el timón y economizaría los arrestos juveniles de Borges, Caraffa y Pablo Rojas Paz. Además, era el puente con la corriente francesa encabezada por su amigo íntimo Valery Larbaud.

Más allá y más acá de Proa, Güiraldes esbozó la figura de un animador cultural nada ostentoso, ni caudillo ni vozarrón, ni mando ni mano férrea. La experiencia de esa revista fue un verdadero bálsamo y trató de reunir voces en forma equilibrada después del bochinche de Martín Fierro pero también como emergente pacifista del horror de la Primera Guerra Mundial.

Güiraldes no trascendió, es verdad, los límites impuestos por una cultura de clase, no fue más que un moderado y liberal espiritualista, pero una esencia de honestidad y esfuerzo, de trabajo y férrea voluntad, le dieron relieve a su figura, la de un buen amigo y mejor camarada. Y además escribió entre otros buenos libros, uno de los mejores de la literatura argentina: Don Segundo Sombra. Un libro que a pesar de los sucesivos lavados y planchados inevitablemente didácticos, es un clásico vivo por derecho propio.

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La grafía de los textos de Arlt y Borges respeta las originales tal como fueron publicadas en Proa.
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