CONTRATAPA

Tiempo de lluvia

 Por Víctor Zenobi

Es tiempo de lluvias...
Acércate, ven y siéntate...

J.M.Serrat

 

Hacía unos instantes, al menos así me parecía, aunque hubiese transcurrido algo más de una hora en que me había comentado que le gustaba otro hombre. Llevábamos algunos años de vida en común, pero la verdad es que yo sentía, desde hacía mucho tiempo, que yo no era la persona que ella necesitaba. Lo sentía a disgusto puesto que la quería, pero me era totalmente ostensible. En una o dos oportunidades había intentado separarme pero un sentimiento de anticipada nostalgia o prevista añoranza me lo impedía y, por consiguiente, intentaba auto convencerme, como en una proposición matemática que sólo se experimenta con su demostración, que yo estaba equivocado. Eran puros amagues que se diluían ante la convicción indeclinable de que sería incondicional a la mutua voluntad que nos había enlazado. Por supuesto, cuando volvía a los silencios prolongados en los que incurría, e incluso cuando trataba de buscar en la emboscada de una vivencia superficial, el pretexto que hubiese implicado que nuestra contactación se perpetuase descendía a lo más profundo de mis pesadillas, repitiendo como en una plegaria adolescente: ... si hubiera nacido gusano o caracol no habría caído. De ahí que en el instante de la confesión, espontáneamente impulsada al primer "¿qué te pasa?" sentí algo que pasó casi imperceptible pero que, un tiempo después alcanzó la plenitud de un reconocimiento: no importa lo que pensemos acerca de lo real, lo importante es que no será modificado por lo que pensemos. Ella me dijo: "No puedo vivir de poesía" y yo, en la complacencia de mi desidia, escribí en una libreta que me había regalado: "La vida me resulta intolerable sin ella". En ese momento, como si su enunciación me despertara de un largo sueño, me di cuenta de lo esencial de nuestra diferencia y de algo que me lanzaba hacia la aceptación de mi propia imposibilidad y sobre todo, de dejar caer la idea de que detrás de una aparente dureza se ocultaba la ternura... y aún más, dejar caer la idea de que cualquier pareja -y por consiguiente, cualquier relación- admitiría una lógica y una estética como su posibilidad. En nuestro caso, obviamente eso no había funcionado y yo había necesitado de su declaración para admitir que no poseía ninguna verdad sobre ella y, al mismo tiempo, ninguna verdad sobre mí mismo. Paradójicamente, casi diría contradictoriamente, porque me rondaba la angustia... o algo parecido me acechaba, me sentí íntimamente libre y fue como si me pudiese mirar directamente y aceptarme a mí mismo, ya distante de parecer una mancha en la figura de un cuadro... Podía escuchar una voz largamente acallada que desalentaba los límites de lo posible para alentar las condiciones posibles de un cambio..."sì che`l piè fermo sempre era`l più basso", me repetía a menudo...y en algún momento, tal vez sin darme cuenta, acepté con convicción que esto no tenía nada de raro, por el contrario, era algo muy común en las relaciones humanas y decidí acatar los signos que me acercaban más a esa experiencia... Hacía unas semanas que me había ido de la casa, cuando por azar la vi en el centro, del brazo de otra persona y agradecí esa sensación ambigua de ser en lo extraño, que en esos momentos torsionaba fehacientemente mi existencia. Recuerdo que me detuve con el auto en el callejón lateral de la Fluvial, observando detenidamente la llovizna sobre el río que me envolvió con una rara emoción agridulce. Automáticamente, encendí el pasacassette y surgió, como si lo hubiese planeado Tiempo de lluvia. Probablemente, por el estado inusual al que me iba anexando, sentí que la vida estaba colaborando conmigo, ya que el sentimiento de lo extraño persistía en mi interior y emanando, por influjo de la música, desde muy adentro, me permitía una suerte de revelación estética que al mismo tiempo era una verdad. Sin embargo,  tal vez por la intensidad del momento, admití absurdamente que nadie ni nada me sería imprescindible, sin tener en cuenta, que el pasado inmediato, concentrado en un tiempo insensato que siempre obstina una suerte de retorno, se desenvuelve a través de nuestros íntimos desórdenes... Al cabo de unas pocas semanas, recibí con una letra harto conocida y menos inesperada, una esquela que me convocaba al subterfugio de un encuentro, inscribiendo: "No es que no vuelva porque me he olvidado, es que perdí el camino de regreso...". Pero yo ya no tenía madre y nada me parecía esencial en ese orden, salvo aquellas pasiones que no culminan jamás al realizarse... y la verdad, yo sólo podía reconocer una, mi amor por los libros. Como sea, a partir de ese despertar, las tribulaciones de la existencia fueron de otro orden y yo podía concebir una suerte de conciliación con cualquiera de sus rastros. Ya no me importaba sentirme apartado e incluso,excluido de los circuitos que siempre había frecuentado; sabía que no me era necesario decir quién era y hasta preferible, puesto que había aprendido el placer que se siente al pasar desapercibido. Por supuesto, ante el nudo de semejantes circulaciones, yo había olvidado que al conducirme así, inevitablemente convocaría al secreto y por consiguiente a un nuevo deslizamiento del deseo..., aunque no estuviera, ni esté, seguro de que eso sea inevitable,  pues, aquello que se desea en realidad no es o, al menos, no termina siendo lo que era y, a mí, ni siquiera me resultaba imprescindible mi nombre. Me sentía diluido, transportado mágicamente por la música que ascendía, infundiéndome un placer liviano y alado, que corría nuevamente por mi cuerpo. Fue una sensación tal, una especie de  arrebato tal, que sentí ganas de bajar del auto y bajé, dándome a danzar bajo la llovizna junto a una nueva felicidad que ahora aparecía despojada, desnuda y danzante bajo la melodiosa llovizna duplicada por la voz, como si el antiguo Dioniso, trastornando mi vivencia de lo eufórico, se hubiera presentificado para darle un sentido en la  desmesura, a través de esa canción a mi estado de ánimo y a través de él, a todas las cosas circundantes. Y lo mágico, era que ese sentido sólo parecía producirse a partir de la caída de un cierto atavismo, de una cierta desposesión... Recuerdo que unos pocos transeúntes,  amedrentados por la persistente llovizna, me miraron como a un loco, pero yo estaba descubriendo la embriaguez... Desde ese tiempo y ese momento, siempre he sentido que me he acercado a ser lo mínimo que la vida dispuso para mí, y cada tanto acepto una evocación a su retorno, que me consigna a mi tiempo de lluvia y entonces, cedo al impulso de acercarme hacia el lugar, como si diera los pasos adecuados, porque al final... no hay dónde ir.

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