satira

El número es mío, mío, mío

Por Rudy

“Música porque sí, música vana, como la vana música del grillo, mi corazón, eglógico y sencillo, se ha despertado grillo esta mañana.” No, lector, no es un ringtone raro que estamos promocionando en combo con un celu que le permite comunicarse con su tía Antonieta, a pesar de que ella no tiene teléfono...

¡Me extraña, usted nos conoce desde hace casi 25 años, siempre que nos hemos acercado a usted fue para ofrecerle chistes, jamás celulares, ni tarjetas de crédito, ni créditos sin tarjeta, o celulares con tarjeta, ni mucho menos créditos para comprarse un celular que después no pueda pagar con su tarjeta!

No, lo nuestro era un simple y bello poema de Nalé Roxlo, uno de los que, al menos cuando yo era chico, se aprendía en la escuela. Todos aprendíamos los mismos poemas de Gabriela Mistral, Alfonsina, Nalé Roxlo, Borges...

No importaba a qué escuela fuéramos. Las escuelas no competían entre ellas para ofrecerle ventajas, onda “si te pasás a mi escuela te garantizamos un 7 en matemáticas por tres meses para vos y tres amigos” o “en esta escuela podés elegir a tres compañeros y charlar con ellos libremente sin que la maestra se enoje” o “acá te tomamos dictado con cuatro errores de ortografía free” o “en esta escuela, si le decís a la maestra la palabra ‘recreo’, tenés tres minutos extra de descanso después de cada clase”.

Más aún, y en serio, lectores, quiero, al menos los menores, que se enteren de algo que los va a sorprender... ¡Antes los chicos no llevaban celulares a la escuela! Y si querían hablar con un amigo... ¡hablaban! Sí, la palabra era “presencial”, no era por e-mail, ni por chat, ni por SMS, la maestra te podía “poner en un rincón”, pero jamás le diría a un alumno: “Juan, si te portás mal, te declaro ‘correo no deseado’ y te borro de feisbuk”.

Pero el tiempo pasa, y cada minuto lo cobran caro, incluso en hora pico. Nos vamos volviendo... no digamos viejos, porque eso se resuelve con Photoshop, pero sí, obsoletos. Hoy en día, cualquier persona debe renovar su aspecto y, no podemos negarlo, parte del “ser” de un humano actual es su celular. Uno ya no tiene un celu, el celu “es uno”. Los chicos recién nacidos se llaman Ericson, Noquia, etcétera. Y uno “es” su número. El número de celular es lo que te permite “ser”. Porque es el que te permite “estar”, y si no estás, no sos. (De hecho, en varios idiomas se usa el mismo verbo para ser y estar.)

Hasta hace muy poco tiempo, si te querías cambiar de compañía de celu, tenías que cambiar tu número, no eras más “99991111”, ahora eras “12345678”. ¿Saben el trauma que eso significaba para una persona? Por eso recibimos con total beneplácito la llamada “ley de portabilidad numérica”, que bien podríamos llamarla “ley de identidad de número”, para que cada uno pueda ser quien es, para siempre, para toda la vida, y aun después (seguro que van a inventar un servicio para que, por unos pesos mensuales, cuando uno ya no esté, un contestador automático responda los posibles llamados... ¡ojo, que esa idea es mía, mía, y mía!).

Hasta la semana que viene, lector.

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