satira

De esto no se hablaba

Por Rudy

¿Cómo le va, lector, cómo anda? ¿Vio qué rápido que pasa el tiempo? Ya hace una semana desde que hicimos un suplemento sobre lo rápido que pasaba el tiempo, y ¡ya estamos haciendo otro! Este no trata sobre lo rápido que pasa el tiempo, sino, fíjese... todo lo contrario.

Digamos, no es que estemos afirmando que el tiempo pasa despacito, o que no pasa, o que pasa, pero en otra parte. No, lo que estamos diciendo es que a veces pasa rápido, y otras veces, despacio y, a veces, hasta vuelve, o parece que vuelve, y uno, en pleno siglo XXI, se siente en pleno mesozoico y sale a la calle con repelente para tiranosaurios.

¿No entiende nada, lector? No se preocupe, nosotros tampoco. Porque no se trata de entender, o tal vez sí, sino de recordar, sobre todo para que esos tiempos no vuelvan a pasar nunca más, jamás de los jamases. “Nevermore”, como diría Poe, que seguramente habria estado prohibido en la dictadura, si hubiera vivido en esos tiempos, en estos lugares, por decir esa misma palabra.

Así como la semana pasada hablamos de velocidades, de toda esa tecnología que hace que de pronto nos sintamos en el futuro sin habernos movido de nuestro sillón, y sin entender cómo fue que llegamos allí, cuándo, dónde y con quiénes, ahora, ahora, hablamos de memoria. De recordar. De que ese futuro que se nos viene encima no nos haga olvidar de ese pasado que nos atropelló.

¡Extraña paradoja, lector, estar atrapado entre el futuro que se nos viene encima y el pasado que nos atropelló, ¿no?! Pues bien, aquí nos tiene, estamos con usted, como todos los sábados desde hace 26 años y con la idea de seguir acompañándolo y de que usted nos acompañe, en esta ruta llena de tantos... de tantos... ¡de tantos!

¿Todavía no sabe usted de qué estamos hablando? Lo que pasa, lector, es que como dice el título de este mismo suplemento, “de eso no se hablaba”. Pero por suerte, o por lo que sea, aparecieron documentos, pruebas, que nos permiten hablar con cierta certeza de hechos tremendos que pasaron en nuestra historia, sin que nadie nos pueda decir ahora “Eso es imposible”, “Eso no pasó”, “Algo habrán hecho”, “Esos son inventos de la subversión apátrida, sinárquica, soviética, ácrata y subcutánea” (a la hora de inventar adjetivos nunca se quedan cortos, los que no quieren hablar de lo que pasó).

Sí, lector, usted ya lo sabía, yo ya lo sabía, todos, todas y todos ya lo sabíamos, pero ahora, hay documentos, folios, que muestran, sin lugar a confusiones, extravagancias, oxímoron ni viceversas, la existencia de listas negras durante la dictadura militar que sufrimos entre 1976 y 1983.

¿Usted dirá que ya había listas negras, prohibiciones y persecuciones desde antes? ¡Y tendrá usted razón, pero las que aparecieron ahora son éstas!

Y entonces nos enteramos de que para los militadores (los militares dictadores) y sus secuaces civiles, había cuatro clases de artistas:

  • Los marxistas pero simpáticos

  • Los marxistas pero que no se nota

  • Los antipáticamente marxistas

  • Los tremendamente marxistas

Parafraseando a Brecht, los dictadores de entonces dirían

“Hay artistas que son marxistas un día, y son malos. Otros, un año, y son peores, pero están los que son marxistas toda la vida: ésos son los incontratables”.

Vale decir que, en vez de clasificarse, supongamos, en “actores, actrices, escritores, pintores, escultores, poetas...”, los artistas eran ubicados en las categorías de “poco, bastante, mucho o muy mucho” marxismo. Me hace recordar al viejo chiste del policía que reprime a un joven en una manifestación. Y el joven le dice: “No me pegue, yo soy anticomunista”, y el policía “No me interesa en qué rama del comunismo estás”.

Decimos entonces que muchísimos de nuestros actores, actrices, escritores, guionistas, plásticos, etc., estaban prohibidos. No podían ser contratados.

Ser artista, pensar, era sospechoso. Y si no era sospechoso, era directamente culpable. Piense usted, lector, en diez músicos, cantantes, actores, que a usted le gusten. Y que ya estaban trabajando en los ’70. Casi casi me animo a apostarle que 6, 7, 8, o tal vez los 10, estaban prohibidos.

¿No me cree? Haga la prueba. Va a ver que desde Alterio, Alcón, Mercedes Sosa, Brandoni, Cortázar, Nacha Guevara, Norma Aleandro, Jacobo Timerman, Galeano, María Fux, Norman Briski, Miguel A. Estrella, Hugo Midón, Atahualpa Yupanqui, David Stivel, Carlos A. Calvo, María Elena Walsh... y muuuuchos más. Todos eran “fórmula 4” (tremendamente marxistas). Prohibidos.

Por eso, lector, este suplemento. Para festejar que desde hace casi 30 años que esa dictadura terminó, y para que... nunca más.

Nos vemos la semana que viene.

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