satira

El año que viene a la misma hora

Por Rudy

Lector, ya lo dijimos la semana pasada, y lo repetimos: ¡estamos en diciembre, auxilio! Se nos vienen las Fiestas, y hay que pasarlas bien, hay que divertirse, hay que celebrar, hay que reunirse en familia, los que son religiosos tienen que lograr un estado espiritual especial digno de Navidad, Januca, Ramadán, ¡o el que su creencia le indique!

Además hay que hacerles regalitos a los sobrinos nietos cuyo nombre no nos acordamos, pero es una manera de hacerles sentir que son parte de nuestra familia, que somos parte de un todo que nos incluye, que somos la misma cosa y que nos queremos mucho, que somos inseparables sin ser siameses; unidos, sin ser pegoteados; y compatibles, en caso de necesitar genes.

Y hay que preparar comida como para dos regimientos autoacuartelados, o bien comer ese delicioso lechón que nuestra querida suegra, consuegra, cuñada o concuñada ha preparado más allá de los avatares climáticos. Como si estuviéramos bajo la nieve en Oregón, Noruega o Moscú, para lo que nos puede ser de fundamental ayuda el aire acondicionado, el ventilador de techo, o toda nuestra familia soplando solidariamente para hacer vientito. Y ese vitel toné cuyo sabor repetiremos anecdótica o gástricamente varias semanas.

Pero tranquilo, lector, que todavía faltan dos semanas para las Fiestas, y los que hacemos SátiraI12 estaremos allí para acompañarlo en la mesa nochebuénica, navideña, findeañera o primerodeañonuevovidanueva.

Y, la verdad sea dicha, hay que pasar esas dos semanas... No se trata solamente de comprar regalos, de pasar frente a la casas de nuestros vecinos y decirles: “Si no nos vemos, Felices Fiestas (porque si nos vemos... mmm). Ni de mandar tarjetitas a todos nuestros deudores para que se acuerden de nosotros, y a nuestros acreedores para demostrarles que nos acordamos de ellos. Ni de recibir saludos y buenos deseos de gente que no conocemos, o que la conocemos, pero no lo suficiente como para que nos hagan llegar sus salutaciones de un modo más claro, personal, o alguna otra marca de celular.

Tampoco se trata de andar apurado por las calles llenas de gente apurada, sin entender demasiado qué es lo que les pasa a todos los demás. Acaso todos tienen que llegar rápido, antes de que cierre, a la tienda de regalos para elegir algo para el tío Rigoberto, no sea cosa de que este año, como todos los años, no le demos nada a cambio de su sonrisa humilde que acompaña su ya tradicional “disculpá, sobrino, este año tampoco me alcanzó, ya vendrán tiempos mejores”, que era justo la frase que necesitábamos para alegrarnos la velada.

El día que el tío Rigoberto efectivamente nos traiga algo, pero no nos diga nada... ¡nos vamos a sentir mal, nos vamos a sentir mal!

¿Qué les pasa a todos, que están tan apurados? ¿Dónde va la gente cuando no llueve? (Pedro y Pablo, nos deben ésa.) ¿Por qué tanta necesidad de saludarse como si nunca más se fueran a ver, si se van a ver mañana? ¿Por qué esa urgencia por aparentar abundancia cuando el resto del año hay escasez, o alegría cuando el resto del año hay desazón, o amor extremo por gente a la que no nos une ni el amor ni el espanto? (¿Será por eso que no la queremos tanto?)

¡Qué raro que es diciembre, lector! ¡Y acá tuvimos cada diciembre, que mejor ni pensarlo...! Mire: diciembre del ’89, con la hipersuperrecontramegagigainflación, el Plan Bonex y el indulto! ¡Diciembre del ’75, con Monte Chingolo y los militares advirtiéndonos que se viene algo... que lo que vino fue mucho peor, pero muuucho! Diciembre de 2001... ¿hace falta que les recuerde cómo fue diciembre de 2001? ¿No, verdad?

Y hoy tenemos un diciembre movidito, con nuestra querida democracia cumpliendo 30 años, y algunos que tienen ganas de arruinar la fiesta amenazando, autoacuartelando, saqueando para crear caos, en fin, creando un “estado de diciembre”.

Como si no nos alcanzara con el calor, las crisis personales, el cambio de año, los chicos llevándose materias, los grandes revisando expectativas incumplidas, notando sus faltas (de amor, poder, dinero, sexo, lo que sea).

Pero no seamos pesimistas, lector. Los que hacemos SátiraI12 somos de un optimismo escéptico y agnóstico rayano en la militancia. Creemos que quizá no el futuro, pero el presente seguro que va a ser mejor... ¡va a ser mejor, y vamos a hacer que sea mejor!

Diferenciar la realidad, que puede ser mala o no tanto, o quizá con sus matices buenísimos, aunque no lo sean todos, de esa ficción (basada en datos quizá reales, pero con interpretaciones delirantes en tanto apocalípticas) que nos venden muy barata e igualmente resulta cara, porque de verdad no vale nada. Quizás eso sea el mejor regalo para nuestros hijos, padres, parejas, tachangovias, ex, pacientes, vecinos y, por qué no, para nosotros mismos.

Regálenos una sonrisa... o mejor una carcajada, lector. O mejor varias. Regálese una usted. Regáleles una a sus seres queridos. Y nosotros también tratamos de regalarle y regalarnos risas en este suple que, como siempre pasa a esta altura del año, sale en diciembre.

Hasta la semana que viene, lector.

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