satira

¡DÉJENSE DE LINCHAR!

Por Rudy

¿Cómo le va, lector? ¿Qué tal esta semana? ¿Se acuerda de que hace solamente siete días le advertimos, desde esta misma columna, que “abril es un mes complicado”, que aunque a Serrat le encanta, a Sabina se lo robaron, Silvio Rodríguez se quiere acercar y para Baglietto era muuuuy triste?

El tango, nuestro tango, suele hablar de “abril” como del pasado, de “qué tiempos aquéllos, de los abriles que uno lleva encima”. Y en este abril parece que hay gente que quiso –quiere– volver al pasado.

¿A qué pasado, se preguntará usted? Y hace bien, muy bien, en preguntárselo. Porque pasados, lo que es pasados, hay un montonazo: está “lo pasado pisado”, “mi pasado me condena” y los pretéritos imperfectos, pluscuamperfectos, anteriores y de todas las calañas. Hay quienes quieren olvidar el pasado, y quienes no pueden hacer más que recordarlo, reprimirlo, torcerlo, negarlo o justificarlo.

Y los que simplemente quieren volver, puede ser que extrañen los ’90, el “uno a uno”, “o sea: un peso = un dólar = un desocupado más”, maravilloso esquema neoliberal en el que ponían al lobo a cuidar el gallinero y además, por las dudas, le daban algunas armas, porque las gallinas eran más.

Otros pueden querer volver a los ’70, años de sueños, y también de pesadillas, depende el momento. Otros, a los ’40/’50. Al ’30, o al ’16. A 1880. O al virreinato, o a 1491, cuando la Tierra era plana y los españoles estaban muy ocupados en echar a los musulmanes de allí, y no en sojuzgar a los mayas, aztecas, incas, querandíes y pampas (entre otros), aquí.

Cada uno tiene, si es que lo tiene, un tiempo al que le gustaría ir. Si no me cree, no deje el lector de ver Medianoche en París, aquella (a mi gusto brillante) peli de Woody Allen que, entre otras cosas, habla del deseo. Que siempre tiene que ver con algo distinto de lo que uno tiene, adonde uno está, aunque aquel que está donde uno quisiera, también desea, a su vez, algo diferente.

Hasta aquí, todo bien: el deseo es algo muy respetable, que mueve a la Humanidad, y les da de comer a los psicoanalistas.

Pero cuando el deseo implica la destrucción de otros, cuando el “tiempo deseado” es el de “la barbarie disfrazada de orden”, la cosa empieza a cambiar.

Y eso, estimado lector, es lo que creemos que pasó. Parece que un grupo de gente quiso volver (en el mejor de los casos) o proyectar hacia el futuro (en el peor) un tiempo donde la violencia se adueña de la calle, “en nombre de combatir a la violencia”. “Para combatir un delito, se comete uno mil veces mayor”, o “Para proteger una billetera, se mata a una persona”.

¿Qué sociedad, qué cultura, qué proyecto puede construirse sobre esas bases? Ninguna que, me parece, pueda ser llamada con alguno de esos nombres, ya que “sociedad” suena a “asociarse”, lo que implica, de alguna manera, confiar en el otro y no pensar que te va a matar a la primera de cambio, ¿no?

No somos ingenuos, sabemos que hay sociedades que se basan en la desconfianza mutua (“no nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”, diría Borges), pero también sabemos que esas sociedades, sean comerciales, culturales o conyugales, terminan mal, porque se rompen o porque siguen, pero basadas en la infelicidad.

Algunos hablan de “justicia por mano propia”. Como verán, en este suplemento, esa expresión está escrita entre comillas, y la ponemos “entre comillas” porque no podemos ponerlas “entre rejas”, que es lo que le corresponde a semejante acepción, que en sí misma constituye un delito, si nos referimos a la Justicia penal.

Obviamente, si alguien cree “hacer justicia con sus propias manos”, aplaudiendo o abrazando –como en el chiste de Daniel Paz del pasado martes– o dándole la mano a alguien en señal de aprobación, nos parece magnífico. Lo mismo que si hace “justicia con su propia boca”, elogiando o criticando con palabras a quien así le parezca, o degustando un plato exquisito.

Pero matar a alguien nunca es justo. Matarlo “en nombre de una Justicia” que en ningún caso establece ese tipo de pena, al menos en nuestro país, menos justo todavía. Matarlo anónimamente, en nombre de “la gente”, es tan injusto que casi no hay palabras para definir el acto. Quienes creen que la justicia puede actuar de esa manera, que eso es hacer justicia, no tienen ni la menor idea de lo que es la justicia. O peor aun: sí la tienen y creen que es ésa, que eso que hicieron ellos es “justicia”. Estarían muy contentos si su ejemplo cunde. Dejarían caer un “algo habrán hecho”. Podrían hasta tener su consigna política “linche y vuelven”.

Se trata de vidas.

Este es uno de los suplementos que jamás hubiéramos querido hacer. No queremos que pase. Confiamos en que la gran mayoría de “la gente” sigue creyendo en que “gente” somos todos, más allá de nuestro poder adquisitivo, raza, sexo, edad y color. Pero no podemos dejar de tratar el tema. Muy en serio, a nuestra manera.

Hasta la semana que viene, lector.

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