satira

Drogando Rivas, taxista

>>> Por rudy

¿Cómo le va, lector? ¿Cómo anda? ¿Qué se cuenta? ¡Por favor, no nos haga el chiste fácil y diga “uno, dos, tres, cuatro...”! Ni tampoco “deudas, angustias, malestares, ansiedades, fobias, obsesiones, paranoias, panicataks, bipolaridades, depres...” ¡Le preguntábamos por su andar, no por su historia clínica!

Y no nos diga que no tiene qué contar, porque lo conocemos bien. Desde hace 27 años que usted es nuestro lector, así que sabemos que usted es una persona creativa, que tiene imaginación, que puede contar algo que le pasó, y si no, puede inventarlo.

Mire, por ejemplo, yo le voy a contar algo, que puede ser cierto, o no. O parte sí y parte no. Usted sabrá. Y si no sabe, adivine.

Resulta que esta semana mi mamá se sentía mal, entonces me llamó. Entonces llamé al médico de la prepaga. Vino. Luego de hablar con ella un rato, decidió internarla para mayor seguridad (de él).

Llegamos a la clínica y el médico que estaba de guardia, que evidentemente era demasiado joven, cometió el tremendo error de preguntarle “¿Qué le pasa, cómo se siente?” ¡No se le pregunta eso a una idishemame!

A las 3 horas vinieron dos médicos y lo sacaron, duro como estaba, sin que ella parase de hablar. Ni bien recuperó su conciencia, el joven galeno llamó a su propia madre y le pidió perdón por todo lo que había ocurrido en el mundo en los últimos tres siglos.

Mientras tanto, yo hacía el trámite administrativo obligatorio. Me acerqué a las ventanillas. Un simpático joven, no sé si era Sonny, Fredo o Michael, me solicitaba amablemente “un voucher en blanco” de mi tarjeta, por si la prepaga, que era la que había enviado a mi madre a ese sanatorio y no a otro, “no la reconocía”. Si yo no firmaba, no la internaban.

Con semejante grato revólver en la cabeza, uno firma.

Durante tres días ella estuvo internada, con la realmente abnegada actuación profesional de médicos, enfermeros y personal sanitario en general (no sólo la trataron de sus dolencias, también la escuchaban una y otra vez, sin pestañear, en sus diversas preguntas, afirmaciones y certezas).

Al segundo día, como la prepaga aún no había mandado el OK, Tom Hagen me mostraba disimuladamente una cabeza de caballo y me explicaba: “No se haga problemas... la prepaga lo va a reconocer, y si no, nosotros ya tenemos su voucher en blanco”. Yo sentía que mi destino era el de Frank Pentangeli.

Aparte de eso, otra cosa. Yo podía entrar tranquilamente al sanatorio, con mi bolso, pero al salir, un gentil personaje con aspecto de Lucca Brassi me interrogaba sobre le contenido del mismo. Yo se lo mostraba. Luego de media docena de veces, con mucha calma, le pregunté: “Disculpe, ¿por qué me revisan cuando salgo, y no cuando entro?”.

Me miró como si le estuviera preguntando por las leyes de Coppler o la teoría de la relatividad, y luego de un segundo de cortocircuito, su cerebro le ordenó a su boca decirme: “Porque... son órdenes”.

O sea que yo podía entrar al sanatorio y transformarlo en una Hiroshima o Chernobyl y estaba todo bien, pero si decidía afanarme un tenedor descartable, me las tendría que ver con ellos.

¡Temblé por mi seguridad, y la de mi mamá!

Al tercer día... resucité. Con irónica sonrisa, Tessio, o tal vez Clemenza, me dice “yo me voy a ocupar de lo suyo”, y mientras yo lo escrutaba con desesperación, sigue: “Llamaron de la prepaga, todo bien” (o sea: “Mientras la mamma esté bien, no le va a pasar nada, pero que no se le ocurra enfermarse de nuevo”), Y se puso a jugar con mi voucher en blanco, hasta que, finalmente, me lo dio. Yo lo rompí en pedacitos, y él me miraba con cara de “pero ¿por qué le preocupaba tanto habernos dado un voucher en blanco?”.

Finalmente, una vez que la prepaga pagó el rescate, la Familia decidió que ya era suficiente. Quizás optaron por mudarse a Las Vegas. A mi mamá le dijeron: “Puede irse a su casa, y con esto va a estar bien, pero si nos necesita no dude en llamarnos (¿capisce?)”. Igualmente los médicos sólo la dejaron partir cuando ella accedió a darles la receta de sus knishes de papa. Me pareció verlos a todos un poco más gordos que hace tres días y un poco aliviados.

Al pasar a despedirme de Fredo y mandarle cariñosos saludos a Don Vito, me mostró “la factura del rescate”, y yo pensé: “No sabía que mi mamá fuera tanta gente”. El adivinó mi expresión, me hizo un gesto de “el silencio es salud” y con un mesclum de impunidad e ingenuidad me preguntó: “¿Qué se preocupa, si no lo paga usted?”.

¿Todo esto fue verdad, fue ficción, fue exageración, fue realismo capitalista, tragedia griega, drama judío, surrealismo siciliano, un poco de todo eso junto? No se lo vamos a decir, lector, va a tener que adivinarlo.

Pero en todo caso, le conté un relato, le hice una novela “basada en un hecho real”. O no. O casi. Y eso era lo que le pedía al inicio de esta columna, que nos cuente “su novela” de esta semana.

Y hablando de las novelas, ¿se acuerda de cuando la abuela, la tía, la prima o el cuñado lloraban, sufrían y gozaban con Rolando Rivas, El amor tiene cara de mujer, Malevo, Muchacha italiana que viene a casarse, Estación Retiro, Nino, Nano, Simplemente María, Carmiña, Rafael Heredia Gitano, Rosa de lejos, Padre Coraje, Son Amores, El sodero de mi vida, Gasoleros, El elegido, Montecristo, Ciega a citas, y tantas otras historias, inolvidables o no?

Bueno, querido lector, cambió la onda. Ahora los culebrones son para consumo personal, Vienen cargaditas. Los narcoculebrones han llegado y no están “en tránsito”. Nos imaginamos que se vienen

  • La dosis que me diste

  • Blanca y Pura

  • Abstinencia de pasión

  • Adicto a vos

  • Recuerdos de mi cartel

  • La aventuras del Porro

  • Diler que la quiero

De esto se trata este suplemento, lector. del extrañísimo auge de los narcoculebrones.

Nos vemos el próximo sábado. O el pasado. O éste.

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