satira

Que sepa coser, que sepa bordar

Por Rudy

¿Cómo le va, lector, cómo anda? ¡Qué cosa!, esta pregunta ya se está haciendo una costumbre: prácticamente todos los sábados, a esta misma hora, es posible que usted se le encuentre junto a su propia mesa, en la entrada de su casa. O en su propio dormitorio.

Sabemos que estamos con usted todas las semanas, pero es usted, y sólo usted, quien decide dónde se produce ese encuentro. Hay quien necesita estar solo para leer este suplemento, otros lo comparten con sus afectos cercanos, y no faltará quien lo deguste en medio de una manifestación, mientras alienta a toda voz a su candidato a gobernador, presidente o rey, su equipo de fútbol favorito, o vocifera algún reclamo que apunte a mejorar nuestra sociedad o a que cada ciudadano pueda acumular dólares hasta que Cavallo o alguien que se le parezca lo separe de los mismos.

Lo que sabemos, entonces, es que Sátira se ha incorporado a su rutina, que es una –nos animamos a decirlo– de sus costumbres, de sus hábitos. Quizá con un poco de impertinencia de nuestra parte, digamos que nos honra pensarnos como una de sus tradiciones, lector. Nos gusta imaginarlo diciendo:

– Yo leo Sátira, como mi papá y mi abuelo.

– Sátira para nosotros es uno más de la familia, es como nuestro tío, nuestro perro, nuestro tamagotchi.

–Mirá, en casa seremos muy humildes, pero de Sátira no nos privamos.

– Yo, antes de tomar cualquier decisión importante o ridícula, lo consulto con mi almohada, con mi psicoanalista, con mi confesor, y con Sátira.

– Yo aprendí a leer con Sátira; una de mis primeras frases fue “Disculpe ¿acá se paga el salariazo?”.

–Cuando nos separamos con mi marido una de las cosas más difíciles fue resolver quién de los dos se quedaba con la colección de Sátira.

–Mirá, a mí, si un sábado me falta el suplemento, creo que es viernes, o domingo, pierdo mi orientación témporo–espacial, ¿me entendés?

–Trabajarás seis días, y al séptimo, leerás Sátira.

Bueno, bueno, tampoco la pavada, la exageración inútil o la pavada fecunda. No es para tanto. ¿O es para más? No lo sabemos, lector. ¿O sí?

A ver, recordamos que la Presidenta, la primera mandataria, habló de un “baño de humildad”. Y nosotros creemos que tiene razón, y abrimos nuestras duchas, nuestras canillas, nuestros yacuzzis de humildad. . Y no nos vamos a presentar como candidatos. Porque somos humildes. Re humildes. Re–re humildes. Tremendamente humildes. Espantosamente humildes. Orgullosamente humildes. ¡Si alguna vez se organizara la Marcha del Orgullo Humilde, ahí estaríamos nosotros, encabezando la formación! O no, quizá detrás, en un segundo plano, de puro humildes, nomás.

¿No nos cree, lector? ¿Le parece que es un acto de soberbia lo que estamos diciendo? Ojalá que no, porque la soberbia, junto con la ira, la avaricia y la envidia, son los cuatro pecados capitales que nos caen muy mal.. Tenemos que decir que la lujuria, la gula y la pereza, bueno, nos generan cierta corriente de simpatía... cierta costumbre, tal vez.

Pero si le digo que no nos presentamos a presidentes de puro humildes, puede creernos. O recordar el programa de tevé del pasado lunes a la noche, donde tres candidatos, quizá los que mejor miden en las encuestas o en el rating, coincidieron en presentarse, junto a sus respectivas primeras damas, y sus respectivos primeros imitadores.

No nos cabe duda de que, si lo hicieron, es porque piensan que el humor suma, que el ridículo es tomado en cuenta a la hora del cuarto oscuro, que la payasada paga. Que el electorado, al menos el masivo, el que hace que un candidato llegue al triunfo, elige a quien más lo haya hecho reír.

Estamos convencidos, íntimamente seguros, de que cada uno de estos líderes tiene un asesor de imagen idóneo y prestigioso que le recomendó calurosamente asistir al programa y aceptar con una amplia sonrisa que el conductor le pregunte sobre su vida sexual, o que el imitador baile un tanto zafadamente con su primera dama.

Por eso, lector, nuestra humildad. Nuestra profunda humildad. Porque si los grandes candidatos y sus asesores decidieron, con todo lo que ellos saben, que para ganar las elecciones hay que mostrarse ridículos, entonces nosotros tendríamos casi 28 años de reírnos de nosotros mismos todas las semanas para “chapear”. ¡Si de verdad el ridículo suma votos, no nos puede ganar nadie!

Pero nosotros elegimos la humildad: el baño, la cocina, el comedor y el jardín de la humildad. Somos todo humildad, y sabemos que de verdad, más allá de programas, asesores y campañas, son sus obras, sus proyectos, sus ideas, lo que le mejora o no la vida a la gente, lo que queda de un político en la memoria colectiva.

Y lo nuestro sigue siendo hacer chistes.

Eso sí, chistes verdaderos, hechos por nosotros, con nuestras firmas certificándolos... Son chistes por los que cobramos nuestros sueldos y pagamos nuestros impuestos. No son chistes truchos, hechos por “humoristas” encerrados en un ambiente inhóspito, que trabajan muchas horas por día en condiciones deplorables y sin los menores resguardos.

¿Suena extraño, lector? Sí, lo entendemos, pero si bien esto no ocurre con los chistes, sí se da con otros productos, talleres clandestinos a la vista, fabricando ropa fashion trucha, explotando a gente. Y esto no es chiste.

Nos vemos la semana que viene, lector

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