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Sábado, 26 de diciembre de 2009

ENTREVISTA

No habrá ninguna igual

Con ese nombre que parece una invitación al canto, y vestida a lo varón, Lala canta el tango como ninguna. La voz de las pioneras y la sutileza de las primeras cancionistas se reencarnan en esta feminista arrabalera que primero aprendió a llorar, después a cantar y luego a andar con sentimiento.

 Por Paula Jiménez

¿Hay una contradicción para vos entre ser feminista y cantar esas letras de tango tan machistas a veces?

—Siempre canté tangos, porque me parecen muy teatrales, ésa es la posibilidad que te da este género. Me dediqué a la actuación y me gusta poder, en cuatro minutos, construir un personaje. Cada vez que canto un tango de estas mujeres estoy evocando una sensibilidad, una época, un ser: es un viaje. Entrar en otro espacio, eso hago. Me comparo con ese personaje, me conecto con esas mujeres y empiezo a leer sobre ellas, a enterarme de cosas que no sabía. Me siento más una actriz que canta que una cantante. Y, por otra parte, a mí lo que me interesa es rescatar una energía en especial dentro del tango.

¿Qué energía? ¿Por qué querer rescatarla dentro del tango?

—Porque yo la veo. Porque la encontré... Para mí lo más importante en el mundo es la alegría. Es como una flor, no importa si después desaparece. Hay una flor que me regaló Bárbara Belloc que en primavera sale un solo día y después desaparece, sin dejar restos... Yo lo relaciono con los monjes zen, con lo que se desmaterializa. Nacimos para ser delicados y hermosos... Y cuando canto un tango, lo canto desde ahí. Es difícil, ya sé, porque no es delicado el tango. Esa delicadeza la voy encontrando en las palabras, en el sentimiento y el desgarro del tango que cantaban esas mujeres... Yo al tango creo que lo uso. Veo en él ese gesto, esencial y genuino que se fue perdiendo, porque el tango de ahora no es como el de entonces...

En los ‘90 empezaste con tu espectáculo Se va la vida, que era un homenaje a las mujeres en el tango. ¿Cómo se originó en ese momento aquel proyecto?

—Fue gracias a María Moreno, que me escuchó cantar en un bolichito de La Boca y me dijo que me parecía a Azucena Maizani. A partir de ahí yo empecé a investigar a las mujeres del tango de aquellos años. Para mí, antes, eran mujeres de vocecitas agudas y de pronto descubrí que detrás de eso había un movimiento impresionante. Yo cantaba tangos desde chiquita, escuchaba a Susy Leiva, a Susana Rinaldi, pero no tenía idea de las compositoras, como por ejemplo de María Luisa Carnelli, la autora de “Se va la vida”. Siempre fui hiperfeminista y cuando estudié arte dramático me preguntaba: ¿dónde están las autoras? Parecían ser todos hombres. Y me alegré mucho al descubrir ese mundo de comienzos del siglo XX, finales del XIX: las cantantes, las poetas, las de la “Ribera izquierda”, Collette, Gertrude Stein, mujeres de vanguardia. Aquello que sucedió en Europa se sintió también acá, sobre todo en el tango, donde prevalecían las cancionistas, la mayoría autoras: Azucena Maizani, Mercedes Simone, Ada Falcón, hasta Tita Merello compuso tangos. No eran mujeres de clase alta como las de la Ribera izquierda que se reunían en salones y editaban libros, y de alguna manera inventaron la modernidad. Pero, como ellas, las mujeres de acá también se adelantaron a su época. Con su actitud, con su manera de decir, de cantar. Fue importante ese momento inicial. Lo que me llama la atención es que el aquel público era más bien femenino y llenaba los teatros; las cantantes actuaban en vivo en las radios y había concursos de letras y música, era como una fiesta. Yo me acuerdo de que la época en que yo empecé, en el ’94, había un grupo de tango que se llamaba Glorias Porteñas, pero ellos no hablaban para nada de este tema. Todavía no se habla.

¿Por qué no se habla?

—La verdad, no sé por qué no se le da repercusión. Hay una suerte de moda con el tango, pero no se profundiza. Yo estudié en una escuela de música popular y no había ningún material de investigación. Tampoco actualmente hay una movida desde las cantantes mismas. En un momento yo había empezado a buscar y me encontré con un señor que hizo un trabajo en relación con las mujeres en el tango. Fui a un seminario que daba, muy interesante, y él decía: “Escuchen este tango. ¿No les hace acordar a este otro?”. Como que hubo robos, sugería él, como que a esas mujeres se les robó. Conocía muy bien el movimiento femenino en el tango, pero al final resultó ser muy machista. Cuando se enteró de mi proyecto, me preguntó: “¿Por qué querés hacer esto? Van a creer que sos tortillera”. Y yo le dije: “Ah”, y me callé, porque en verdad tenía interés en que me siguiera pasando material...

¿Por qué no le dijiste “Sí, soy tortillera”?

—Y... porque fui tonta: al final estuve como dos años sin ir a verlo. Yo venía de Suiza y de Francia, de hacer mi espectáculo en francés y quería volver a armarlo en español y ampliado, con más información, y di con él. Le mostré todo mi trabajo y lo único que hizo fue querer besarme. El me quiso descalificar con eso de “van a decir que sos tortillera”; además: como si eso fuera lo más importante. Como la misma Safo, que parece más relevante que haya sido lesbiana que poeta y fue una poeta impresionante.

Está bien, pero en el tango, como en la mayoría de los géneros musicales, no parecemos existir, no nos reflejan las letras, no hay ningún tango dedicado de una mujer a otra... ¿o sí?

—A mí, una vez, Graciela Paz me escribió la letra de “Se dice de mí”, pero como adaptada a una lesbiana, era muy gracioso. Pero yo nunca lo hice porque no incursioné, ni hablé de ser lesbiana, lo que hice tiene que ver con el género. Y ahora ya no sé si quiero seguir con este homenaje a las mujeres tampoco. Tengo más ganas de hacer lo que siento, que en este momento es cantar tangos vestida de varón. Soy una mujer, sí, pero a veces creo que soy un hombre. Siento que ya no existe esa cosa tan marcada que diferencia hombres y mujeres. A mí me conmueve eso de que haya hombres que se vistan de mujeres, pero tengan una familia, una esposa, como hizo Gertrude Stein también, que vivió como un hombre y era una mujer. Ponerte en un lugar distinto, no estar tan fija en un rol, encarcelada, poder ser más libre. Canto tangos pero me gustan los poemas de Lao Tsé, los haikus, ja ja. Yo voy cayendo en el tango, pero el tango sigue siendo machista.

En tu espectáculo proyectás una foto de Azucena Maizani vestida de hombre...

—Azucena fue la primera en aparecer vestida de hombre. Y fue una cuestión accidental, contaba Aída Luz. Un día que iba a salir a cantar, en un teatro, con una orquesta, cuando fue a vestirse para salir a escena se encontró con que había desaparecido su vestido. La explicación es que se había peleado con un músico y este hombre no sólo no tocó sino que se llevó el vestido. Así que no sé cómo se le ocurrió en ese momento, se puso un saco y un sombrero que le quedaban grandes, por supuesto, y se presentó así. Porque después ella lo adoptó: salía vestida de gaucho, por eso Libertad Lamarque le decía la Ñata Gaucha. También se mostró, después de ella, Mercedes Simone vestida de varón. Incluso me enteré hace poco de que hubo travestis en los años ’30 que estaban en el ambiente del tango. Fue el apogeo de un tipo de sensibilidad... Después esto no volvió a pasar, el tango se fue haciendo como más duro. En aquel entonces la gente se divertía y eso dio lugar para que apareciera lo diverso, lo múltiple.

Gardel es de aquella época...

—Sí, él era amigo de Azucena Maizani, de Ada Falcón, y además decían que era gay... Por eso yo tengo ganas de cantar vestida de varón, pero pensando en él, porque hay un tanguito que él canta y lo hace como una mujer. Para mí la mujer cuando canta tiene una cosa de mayor exposición de la emoción, como la que él tenía. El hombre, lo masculino, en cambio, tiene algo más simple... aunque creo que hoy prevalece más lo andrógino, por suerte una va y viene. Yo imagino que hay una flor que no vemos y que es de todos, de todos los seres vivos por igual... Y que hay un mundo, el mundo de la dualidad, el de la guerra, el del enfrentamiento entre los sexos, que tiene que ver con el poder y que es el que parece que estamos obligados a mirar como si fuera el único.

¿Cómo empezaste a cantar?

—Descubrí que podía cantar cuando era muy chiquita. Un día me puse a llorar y descubrí la voz, mi voz. Entonces, todos los días iba al zaguán a la misma hora y mi abuela me decía: “¿Dónde vas nena, tan apurada?”. “Voy a llorar”, contestaba yo, porque creía que cantar era llorar. Y es desde ese lugar desde donde yo canto. Como aquel famoso tango de Mercedes Simone que dice: “Cantando yo le di mi corazón, mi amor / y desde que se fue yo canto mi dolor”. Como que el canto y el dolor están siempre a la par. Y yo me identifico con sus palabras. l

LALA ACTUA UN MARTES POR MES EN LA MILONGA TANGO QUEER Y HACE UN SHOW MENSUAL EN EL RESTAURANTE FRIDA KAHLO.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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