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Viernes, 26 de febrero de 2010

LUX VA A MIRAMAR

La tentación de la raba

Lux huye de las inundaciones, se deja encandilar por las fotos de Sergio De Loof de la ciudad de las bicicletas y antes de poder pensarlo se sumerge en un coche cama rumbo a la costa. El aire de mar lx marea y antes de que pueda darse cuenta ya tiene la nariz hundida en un anillito de calamar.

La noche anterior había dormido poco por quedarme chateando con el bombonazo de Sergio de Loof. Alguna vez lo habrán visto, pelado, peludo, en pollera o en túnica; él es así, raro. Pero si algo me gusta, es raro. Bueno, chatear es un decir, porque yo le mandaba onomatopeyas y él me colgaba fotos de su próxima muestra, por no decir que directamente me colgaba. Así de esquiva es la modernidad. Al otro día me levanté y tomé conciencia de mi situación (esa mañana tomé conciencia, pero mientras hablaba con el bombonazo me había tomado de todo) y me dije: “Basta, necesito algo real”. Prendadx de una sombrilla que me había mandado el pelado peludo, me fui a Retiro, saqué un pasaje y monté un bus cama. A Miramar, le dije a la vendedora, a la ciudad de las bicicletas. Cansadx estaba de relaciones virtuales. Hartx de estar besando la pantalla de la notebook, haciéndole caricias, esperando respuesta sin siquiera recibir un corto circuito. Cuando subí al micro me recosté en el almohadillado asiento de la fila de los corazones solitarios y no pude pegar un ojo. El temporal nos alcanzó y el micro empezó a flamear como una bandera. Largo y finito no tiene estabilidad, se cae de un soplo, pensé. Qué jabón y qué pedazo de pánfilx resulté arriesgando la vida por un retazo de cielo azul que sólo se ve en fotos. El horror se disipó con la vista del mar que reconforta el espíritu mucho más que la meditación, el reiki y la concha de la lora. No bien puse un pie en la playa me fui deslizando entre las carpas del Balneario Sol y me senté a ver la costa desde uno de esos chiringuitos con olor a rabas y señores jugando al Burako. La tarde se había puesto espléndida, lxs surfistas estaban a sus anchas porque la lluvia había dejado las aguas del océano revueltas como un gramajo. Al rato empecé a caminar por la arena caliente de las anchas playas, clásicas de Miramar, dejándome llevar por el aroma de las algas. Era un aroma que crecía, volviéndose ya no digamos intenso sino apestoso y me tuve que tapar la nariz para no sucumbir ante el desmayo. Resulta que, cuando miro a mi izquierda veo, no ese mar azul de Cristian Castro sino una mancha terracota, de algo grasoso y espeluznante, que avanzaba desde pleamar hacia la orilla y que traía consigo musgo renegrido y abundantes olores putrefactos, además de miles de huevos de caracoles que no sé qué pito tocaban entre tanta podredumbre. “Qué extraño”, dijo una voz a mi lado, “¿viste la mancha?”. Giré y la vi. La voz pertenecía a alguien que, si no fuera por las piernas, hubiera confundido con una sirena. “Sí, vi La Mancha —contesté a mi Dulcinea—: de donde es el Quijote.” No sé por qué, pero de pronto me dieron una ganas locas de comer raba. “No, tontitx —respondió mimosa—, la mancha en el agua.” “Ah, sí”, contesté yo. Pero ¿de dónde había salido este bombón, me lo mandaba Havanna? Lo cierto es que yo necesitaba algo real y de pronto estaba ahí, delante de mis ojos. Hubiera probado su calamar en ese preciso instante, pero tuve que sofrenar el asalto a la pescadería, ella todavía no se había descongelado. Lx invité a caminar por la peatonal esa misma noche. Nos encontramos en una esquina y, yo que conozco, lx llevé a la mejor confitería miramarense. “Dos Sex on the beach”, ordené en la barra de la clásica Las Gaviotas. Bebimos de pie, mirando la fauna de turistas que iban y venían como hormiguitas por la 9 de Julio. Al salir de ahí, ya medio en pedo, empezamos la caminata y desembocamos en el corso. Divertidísimxs nos comenzamos a perseguir con el pomo en la mano, como para seguir aportando a la diversidad. Llenxs de espuma de arriba abajo, en la esquina de la diagonal Fortunato Laplaza movimos nuestros esqueletos al ritmo del mejor reaggeton. Mi Dulcinea y yo, finalmente, terminamos la noche jugando en el Casino. Como podrán imaginarse, le puse todas las fichas. l

Miramar, fotografías y objetos de Sergio De Loof, Miaumiau, desde el 25 de febrero, Bulnes 2705.

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