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Viernes, 14 de mayo de 2010

MEDIA SANCION

El closet del prójimo

Cuán difícil sigue siendo para una persona pública vivir libremente su identidad sexual. Mientras un diputado se refería a su hijo gay durante su argumentación del voto a favor, una diputada sacaba compulsivamente del closet a una compañera de su partido durante la argumentación de su abstención. En el aire quedó flotando la pregunta: ¿no había ninguna lesbiana ni ningún gay entre los legisladores aquel 5 de mayo?

 Por Alejandro Modarelli

Pertenecer al Consorcio de la Mayoría es permitirse hablar de la sexualidad de los otros, pero nunca tener que hablar de la propia, porque lo normal no precisa explicaciones. Cuando se pregona que no hay nada que ocultar ni que enmendar, las ventanas de la casa pueden permanecer abiertas. Total, el depósito de los deseos inconfesos jamás se ve desde la vereda.

Por primera vez, la Honorable Cámara de Diputados de la Nación se acordó de que el Código Civil está obsoleto, que el matrimonio no es una diplomatura del orden heterosexual de la especie sino un contrato entre dos contrayentes que refrendan su afecto o el apetito de bienes. En el fárrago de las posiciones, los normales por naturaleza, a pesar de sí, tuvieron que testificar sobre lo evidente: “Ojo, soy un demócrata, voto a favor, pero no me confundan”. Muchos de los oradores presentaban en sus discursos la certificación de heterosexualidad. Un diputado radical, sin denunciar las crueldades rutinarias que sobre las minorías sin derechos ejercen las mayorías cuando se saben hegemónicas, concluye: “No encuentro razones jurídicas para que nosotros, los heterosexuales, les neguemos la igualdad a ellos”. En el “nosotros” hay reproche, pero en estar fuera de “ellos” hay alivio. No se puede evitar la amalgama de culpa y consuelo cuando se camina al amparo de la regla, que se sabe injusta, pero que es también halagadora. Sobre esa conciencia dividida entre un mínimo de rebeldía y un máximo de goce de pertenencia reposa en definitiva el orden democrático liberal.

Como fuera, aquel “nosotros” es en Diputados patrimonio mayestático y obvio de los que siempre deciden, a veces bien. Ahora, ¿no había ningún gay, ninguna lesbiana que ocupara ese 5 de mayo alguna banca?

Porque no se oyó entre los cientos de legisladores nadie que dijese “yo voto a favor de la igualdad en nombre de ellos, de ellas, porque soy uno más”. La emoción del salto histórico obligaba a defender la diversidad sexual, pero de los otros: los amigos, los hijos. Un socialista interviene en el debate desde su “condición de padre de un hijo gay”. Saca así a una familia entera del closet, y se gana con razón todos los aplausos. Los sensibles se estremecieron con el testimonio y los oportunistas descubrieron de golpe la inequidad; el consolado Adolfo de San Luis dice ahora que tiene que ponerse a pensar en los eventuales derechos de “ellos”. Ausculta el ojo de la cámara, como quien ofrece su pensamiento al bajo costo de la demagogia, pero, eso sí, se guarda el secreto de su voto. Reutemann, desde que Mimicha escribe tanto, preferirá estar mudo. Elisa Carrió, para acreditar su compasión por los sufridos queer, epígonos de María Magdalena, oficia de ventrílocuo de la miembro informante de su bloque, Marcela Rodríguez, de quien asegura “tiene una identidad diferente”, porque la única identidad de la que se puede diferir en esa Cámara es la heterosexual. ¿Marcela habrá delegado en Lilita la decisión de su coming out?

Para justificar el operativo Pilatos de su abstención, Carrió no ensayó sus clásicos guiños de complicidad a diestra y siniestra. La hora requería cristianismo liberal, pero también mañas. Es difícil desarrollar argumentos objetivos sobre los meandros, compromisos y arrebatos de la propia subjetividad. Lilita no quería votar contra el proyecto, y quedar así bien con su Iglesia, ni votar a favor y quedar bien con “la comunidad” (la comunidad de los “ellos” y las “ellas”); “pero sabe usted, presidente, yo no quiero quedar bien con nadie”. Es decir, quiero quedar bien con todos. Nadie supo si había quedado bien con Marcela Rodríguez.

Durante la sesión le robaron la cartera a la diputada evangélica paqueta Cynthia Hotton. En las entrevistas, dejó entrever que podría haber sido víctima de alguno de “ellos”. Vea usted: lo marginal además es sórdido. Quien roba la cartera a una madre heterosexual les robará mañana la inocencia a los niños adoptados. Ojo con la adopción. Quien roba la cartera a quien, como yo, está enamorada de la Biblia, me odia de la misma manera que las lesbianas odian a los varones y los ateos la idea de Dios. Faltaba más.

La cartera de la Hotton, pobre chica, quizás esté tirada en el closet de donde, por temor a la Alta Sociedad de los Decentes, todavía no se animaron a salir los gays y las lesbianas que habitan en silencio el Honorable Congreso. Y que ese miércoles a la madrugada habrán sentido quizá con vergüenza que a “ellos”, a “ellas”, les vienen robando desde siempre bienes más importantes, no digo siquiera el matrimonio sino apenas y nada menos que el derecho a ser francos. Quisiera creer que eso fue lo que sintieron.

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