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Viernes, 3 de junio de 2011

Diario de la ausencia

Pierre Bergé continuó escribiendo cartas a su amado Yves Saint Laurent después de la primera, leída en voz alta el día de su sepelio. Son textos que repasan 50 años de vida en común, que enuncian reproches que enseguida se perdonan, que dan cuenta del peso de la ausencia. Cartas a Yves –ELBA–, traducido ahora al castellano, habla de una relación intensa que no pudo terminar siquiera con la muerte.

 Por Felisa Pinto

Hace ya tres años que el 1º de junio de 2008, murió en París el idolatrado icono de la moda de la segunda mitad del siglo XX, Yves Saint Laurent. Nadie lo olvida y menos Pierre Bergé su compañero, amante y socio de más de 50 años compartidos, quien no cesa de traer a Yves de su tumba en diferentes formatos, desde que en 2009 hizo una subasta colosal de sus invalorables pertenencias culturales (pinturas de Goya, entre lo más deslumbrante y su casa en Marrakech, en cuyo jardín fueron depositadas sus cenizas). En 2010, se estrenó un documental sobre YSL producido por Pierre Bergé y estrenado en el cine L’Arlequin, con multitud de artistas, artesanos y obreras de su taller, presenciando con lágrimas de diverso calibre la exhibición de efectos personales y flashes del propio Yves en el centro de la escena. El y Pierre Bergé compartían la pasión por el arte lo que les llevó a reunir una importante colección en su mansión de la rue de Babylone. Tras la muerte del diseñador en 2008, Bergé declaró que ésta se había formado como un proyecto de los dos y que con la desaparición de YSL, perdía sentido. Antes que permitir que las obras se dispersaran, Bergé dispuso que fueran subastadas, una forma de tributo y de despedida a una unión que había durado cincuenta años. En 1958 Bergé conoció a YSL y dos años después fundaron la casa de alta costura, de la que Bergé fue presidente hasta su cierre en 2002.

Ahora, muy cerca en el tiempo, en 2010 se publicaron en París las Cartas a Yves (Gallimard) y en 2011 la traducción española de ese puñado de cartas que Bergé hizo públicas en el libro editado por ELBA, y fechadas entre el 5 de junio 2008 y el 14 de agosto de 2009. Las misivas, según el diario Time en su suplemento literario, son “el adiós elegante, refinado e inquebrantable de Pierre Bergé a YSL. Es el mejor testimonio de su historia de amor”.

El libro, de tapas blandas y precio popular, con foto del modisto en blanco y negro, reproduce en primer término un fragmento del discurso que hizo Bergé el día del entierro: “¡Qué mañana tan joven y hermosa hacía el día que nos conocimos! Librabas tu primera batalla. Aquel día conociste la gloria y, a partir de entonces, ya no os volvisteis a separar. ¿Cómo yo iba a imaginar que cincuenta años más tarde, estaríamos aquí, cara a cara, y yo me dirigiría a ti como el último adiós? Es la última vez que te hablo, la última vez que puedo hacerlo. Muy pronto tus cenizas llegarán a la sepultura que te espera en los jardines de Marrakech”.

Así comienza la primera de las cartas que Pierre Bergé escribe a lo largo de poco más de un año que sigue a la muerte de su compañero, amante y socio. Las cartas, en realidad son un canto de amor y muerte, el “diario de ausencia”, que Bergé dedica a la genial figura de Yves. Sin soslayar que el hombre brillante que fue el modisto fue también contradictorio y a veces terrible.

En la misma carta, transcripta más arriba, Bergé escribe: “Tu complicidad con las mujeres que proclamabas a los cuatro vientos, no se interrumpió nunca. Con Chanel, que te designó como su heredero, fuiste el modisto más importante del siglo XX. Ella en la primera mitad y tú en la segunda.

Sobre la lápida que te espera, debajo de tu nombre, hice grabar: modisto francés. Fuiste eso, claro que lo fuiste. Y tan francés como un verso de Ronsard, un jardín de Le Nôtre, una música de Ravel o un cuadro de Matisse”.

En diciembre de 2008 recuerda y comparte Bergé: “Primera Navidad sin ti. No era la Navidad una fiesta que nos gustase especialmente, ¿verdad? Casi siempre nos quedábamos en París a causa de la colección de alta costura. ¿Qué hacíamos en 1958? No me acuerdo. Poco antes, habíamos visto a la Callas en la Opera durante aquella famosa gala que nunca olvidaremos. Me he ido a sentar como hago todos los días delante del monumento fúnebre que hice construir para ti. Mucha gente, fotógrafos y multitud de turistas. No me molesta. Me alegra que lean tu nombre y que piensen en ti. Es lo que quería. Puedes sentirte orgulloso al pensar en los miles de visitantes que allí se detienen para rendir homenaje en silencio en nuestros jardines de Majorelle, en Marruecos. Te he ahorrado el frío anonimato del cementerio y la mirada de los curiosos que, en Montparnasse, te hubiesen buscado entre Sartre y Duras. Soy consciente de que no leerás esta carta, ni las siguientes. Son una forma de seguir hablando contigo. Que más da. Te escribo a ti pero me dirijo a mí mismo. Estas cartas te están destinadas, son una manera de proseguir nuestro diálogo. Contigo, que no me oyes y que no me vas a contestar”.

En enero de 2009, Bergé se refiere al amor y los celos: “La realidad es mucho más sencilla: nos amábamos e intentamos reunir nuestras existencias y oh! sorpresa, funcionó durante cincuenta años. A veces tropezamos, dimos uno que otro traspié. Hubo alguna pierna o brazo quebrado, pero cincuenta años más tarde todavía estábamos ahí. Tal vez eso sea el amour fou. El amor de dos locos. Intenté plantarte varias veces y supe amar en otros lares, pero todos los caminos me llevaban a ti. Lo mismo hiciste tú. Sin embargo, los celos no nos abandonaron nunca. Siempre he afirmado que si no te abandoné, fue por nuestra casa de moda, pero no es cierto. Si no te dejé es porque realmente no pude. En ese tiempo era la época terrible en la que escondías copas de whisky detrás de las cortinas. Yves: ¿no te molesta que te obligue a recordar estas viejas historias, verdad?”.

Casi en la primavera de 2009, Bergé se enternece: “Hace un tiempo espléndido. Hablan del Festival de Cannes. ¿Recuerdas el de 1958? Bernard era miembro del jurado y viniste a verme, sin la menor prudencia. Acabábamos de conocernos. Vimos todas las películas sentados uno al lado del otro, con tu mano en la mía. Fueron unos días difíciles a veces, ya que no podíamos estar solos pero, al fin de cuentas, felices. Me pregunto dónde habrán ido a parar tantas fotos. ¡Estabas tan delgado! Yo también, acababa de sufrir una septicemia”.

La presencia de Marruecos es constante en toda la nostalgia del tiempo pasado allí. Bergé recuerda: “Es en Marruecos donde me siento más cerca de ti. Recuerdo tu tristeza cada vez que regresábamos a París y corrías a encerrarte en tu habitación y las nupcias monstruosas que realizabas con la soledad se reanudaban. Clemenceau decía que la revolución debía ser aceptada en bloque. En cierto modo, es lo que hice contigo y no me he arrepentido nunca. No es moco de pavo pasar cincuenta años con la misma persona”. Y más adelante, en la misma carta, Bergé apela a una cita taoísta: “En tu oficio se podría decir: el espacio entre los botones es tan importante como los botones mismos y seguro que estás de acuerdo, tú el hombre del milímetro de milímetro. Que razón tenías. ¡Cuánto aprendí a tu lado! Las famosas pruebas de amor de las que habla Cocteau, están únicamente en los detalles. Cuando compré la rue Bonaparte, me dijiste ‘siempre lo hemos comprado todo juntos y vamos a continuar haciéndolo’. Me emocioné y he lamentado, muchas veces, no haber aceptado. Hoy en día sigo lamentándolo”.

En la última carta del 14 de agosto de 2009, Bergé justifica sus reproches: “Los reproches que te he hecho en estas cartas, o que tú has podido percibir, no eran quejas, eran simplemente lamentos. Tus idiosincrasias te impidieron ser feliz. ¿Pero tenías elección? Habías construido un sistema en el que cada uno cumplía un papel; el tuyo era el de mártir y lo interpretaste hasta el final. Sin embargo, detrás de ese personaje había otro: un hombre al que yo conocí y hubiera sorprendido a más de uno. Quiero que los allegados de los últimos años, los que tienen de ti a un cascarrabias, un gruñón que se quejaba de todo, sepan que no fuiste siempre así. Te convertiste en eso después de que la droga y el alcohol te destrozaran, luego de unas curas de desintoxicación de las que realmente no regresaste jamás. A partir de ese momento, la última en 1990, ingresaste en la enfermedad como se ingresa en un convento. Los enfermeros y los médicos se fueron sucediendo y, con ellos, toda la farmacopea y la farmacomanía. Habíamos reemplazado un mal por otro. Habías empezado pronto el baile de los medicamentos”.

“Dejaste el alcohol y la droga, pero no recuperaste la paz.

Es mi última carta, pero no es una carta de ruptura. Tal vez, un día te escriba de nuevo. Durante cincuenta años me embarcaste contigo en una aventura maravillosa, un sueño en el que se mezclaban las imágenes más locas y la realidad tenía poco lugar. Hoy estoy despierto. Tu muerte marcó el final de la partida. Cuando estabas vivo tus trucos de magia me deslumbraron, sacabas del sombrero vestidos que cortaban la respiración, sedas venidas de la India, terciopelos de Scutari, bordados de Scherezada. Ante mi mirada estupefacta organizabas esas apariciones como si de un ballet se tratara. Ahora, el espectáculo ha terminado. Las luces se han apagado y la carpa del circo ha sido desmontada y yo estoy solo, con mis recuerdos como único equipaje. Ha caído la noche, se oye música a lo lejos, y no tengo fuerzas para acercarme. Pero desconfío de la nostalgia y ya no tengo edad para hacer proyectos. Releo a Victor Hugo sobre este fragmento de Booz dormido:

‘Viudo estoy, estoy solo,
sobre mí cae la noche,
E inclino, oh, Dios mío,
mi alma hacia la tumba,
Como un buey sediento
inclina su cabeza hacia el agua’.”

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