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Viernes, 19 de agosto de 2011

SOY POSITIVO

VACACIONES EN EL MUÑIZ

Debo confesar algo: me gustan los hospitales. Desde que me dio positivo el test de HIV en París, en 1990, empezó mi recorrida. Estaba en situación de calle, muy mal de los bronquios, y una médica de Medecins du Monde me dio una orden de internación para el Hospital Saint-Antoine, donde estuve internado un mes. Desde mi habitación veía nevar, y al fondo, tras la bruma, la Torre de Montparnasse. Con las comidas llegaba una tabla de quesos en miniatura, recuerdo el mini-gouda... ¡qué delicadeza! En ese momento no había mejor hogar para mí que ése.

Los hospitales porteños, aunque no tan sofisticados, también me gustan. En el ‘94 estuve internado en el Argerich. Disfrutaba de estar en la cama todo el día leyendo, que me trajeran la comida, ser atendido por las enfermeras, y sobre todo por un hermoso enfermero que un par de veces tuvo que lavarme...

La semana pasada tuve vacaciones; es por eso que decidí programar para el martes 2 una biopsia de hígado que requería de un día de internación en el Muñiz. El lunes 1º debía concurrir al laboratorio para los análisis previos y una “marcación”, mediante una ecografía.

La recepcionista del laboratorio es una de esas mujeres cariñosas que, por ejemplo, a la misma paciente le dice “Buen día, mami” y al rato “Por supuesto, hija”. El Hospital Muñiz, salvo contadas excepciones, es generoso en calidez humana; por otra parte, el Servicio de Hepatología es uno de los mejores del país. Lo que lamentablemente no es tan generoso es el presupuesto destinado tanto a éste como a todos los hospitales municipales: en los baños no hay un solo jabón, y ni hablar de los incómodos inodoros a la turca...

Después de la extracción de sangre, fui a que me hicieran la ecografía. En la enorme sala de espera hacía un frío tremendo. Si bien había una estufa encendida, la puerta vaivén quedaba siempre abierta y el calor no se conservaba. Descubrí que al lado había una salita mejor calefaccionada, destinada a los pacientes internados. Sin dudarlo, me metí a esperar ahí. Pude leer un buen rato al calor de la estufa, hasta que llegó un camillero y me preguntó: “¿Usted está internado?”. “No —le contesté—, pero en la sala de allá me moría de frío.” “Allá también hay estufa —me retó—. No se puede quedar acá.” Con carita de bueno obedecí, pero no podía engriparme, el hepatólogo me había dicho que no debía tomar analgésicos antes de la biopsia, así que por una cuestión de supervivencia, apenas el camillero se fue, volví al lado de la estufa a seguir esperando.

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