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Viernes, 9 de septiembre de 2011

ES MI MUNDO

Besos negros

Como en cada estación, Annie Sprinkle, precursora del pos-porno cuando aún no se llamaba así, celebra su boda ecosexual con Beth Stephens y con alguna parte del planeta Tierra. Un ritual erótico y subversivo en el que los y las invitadas ofrecen sus cuerpos como regalo y el tercer integrante de este “trimonio” es un elemento natural. En Gijón, en julio, fue el carbón. Convocadas por el Laboral Centro de Arte local, las performers tomaron la fiesta tradicional en ese rincón de España –la Semana Negra– para teñir la boda que correspondió al verano del hemisferio norte y hacerles el amor a las más duras entrañas de la Tierra.

 Por Laura Milano

desde Guijón

”Tú podrías ser una perfecta niña de las flores, sería muy bueno que vinieras a Gijón”, me habían dicho Annie Sprinkle y Beth Stephens al final del taller que tomé con ellas. Me estaban invitando a una de sus bodas ecosexuales y nada podía ser más tentador. Y hacia allá fui, a mi primera experiencia como performer posporno.

Las bodas ecosexuales son un ritual que Annie y Beth realizan desde hace años en distintas partes del mundo. En cada boda se busca afirmar la metáfora de la Tierra como nuestra amante más que como nuestra madre; desde esa visión se abre un mundo de erotismo a explorar que puede desafiar las prácticas sexuales del orden heterocentrado. Nos unimos con la Tierra, cogemos con sus elementos naturales, ¿y qué? Hacemos lo que queremos, como queremos, con quien queremos. Hasta nos casamos y todo.

En esta línea, las bodas ecosexuales son también actos performativos que quieren volverse subversivos. Los roles y tópicos tradicionales en las ceremonias matrimoniales están presentes, pero de manera paródica, eróticamente transformada: las novias, el motivo de la unión, los testigos, la homilía, la consumación del matrimonio.

Junto a esto, el aporte principal de las bodas ecosexuales es su llamado de atención sobre el deterioro ambiental. Un nuevo tipo de acción ecológica pensada desde la sexualidad. En este sentido, la elección de Asturias como escenario para esta boda cobraba total importancia. La comunidad asturiana es la región española donde la industria minera arrasa indiscriminadamente contra el medio ambiente y las poblaciones. En razón de esto, nuestra unión sería con el carbón; elemento mineral siempre extraído, mutilado, arrancado de la Tierra.

La boda

El público invitado espera ansioso en sus butacas, el ir y venir de los performers por la carpa los inquieta. Como fondo del escenario, una reproducción gigante de La libertad guiando al pueblo (cuadro de Eugène Delacroix) era tapada por una pintura de un coño volcánico en plena erupción. Casualidad o no, la libertad que guía al pueblo emerge como trasfondo de un coño rojo y negro, chorreante, marrano, excesivamente sexual. Un coño al frente de la revolución, quién lo hubiera imaginado.

Como manda la tradición asturiana, la boda se inaugura al son de las gaitas. Los performers nos ponemos en fila, abriendo en plena feria. La caravana hacia la carpa principal nos encuentra con miradas desconcertadas mientras avanzamos al grito de ¡vivan las novias! Annie y Beth caminan al final. “Hoy nos casamos con el carbón, porque amamos a la Tierra y agradecemos sus minerales. También deseamos llamar la atención sobre el dolor que causa en la Tierra la devastación socio-ecológica de la minería y el consumo salvaje de sus recursos. El carbón nos ha dado mucho, pero también nos ha quitado bastante. ¡Bienvenidos a la boda con el carbón, bienvenidas, bienvenidos!”, dice el actor catalán Jordi Vall-Lamora, en su impecable e inquietante rol de maestro de ceremonia.

El bloque de presentaciones se abre con un discurso a cargo de María Llopis –autora del libro El post-porno era esto– sobre el carbón como hígado de la Tierra, como elemento que limpia y filtra las impurezas. Las palabras de María sintetizan el mensaje que la Boda Negra busca transmitir: crítica a la industria de la minería, pero también valoración del carbón puro como elemento mineral fundamental.

Comienza a escucharse luego un sonido confuso mientras la sala permanece a oscuras.

Es el inicio de la performance en la que participo, la primera en la Boda y la primera de mi vida. El ruido se limpia en un sonido de pala picando en la piedra. Constante, reiterativo, asfixiante. La llama de las velas negras arde entre mis manos. No siento el más mínimo dolor, las quemaduras que la cera caliente provoca en mis brazos y piernas son entregadas a los invitados con una sonrisa en el rostro. El juego que más me gusta jugar lo hago público sin ninguna vergüenza, y con un goce nuevo en la exhibición de mis secretos. Soy la minera que sufre y goza, no es contradictorio en absoluto. Es una vuelta de rosca al padecimiento, una conquista sobre el cuerpo. Dos colegas españolas completan la escena: Charo se acerca con una fuente entre sus brazos y comienza a untarme con líquido de abedul. La purificación del cuerpo que sufre en manos de una compañera no podía tener mejor música que la voz de Nuria cantando una canción asturiana que habla de la solidaridad cuando hay problemas dentro de las minas. Compañera, dame tira. Otra que el alter-care del BDSM.

Nos sigue luego la performance de Diana Pornoterrorista –conocida por sus eyaculaciones vaginales en cada performance que hace– que no bien se levanta del suelo y comienza a andar desnuda por el escenario captura las miradas, provoca, asusta. Ella recita sus poemas mientras se saca carbones del coño, los lame, los escupe, se masturba, eyacula, blasfema contra la minería, cae en el suelo extasiada.

El ambiente ya está lo suficientemente caldeado y aún quedan más presentaciones por delante. Video-performances que permiten ver en pantallas gigantes genitales, huellas digitales y microvisiones de un cuerpo; mujeres que se cubren los pechos de pintura negra mientras emiten gritos desgarradores, danzas eclécticas sobre el carbón. Hasta que llega el momento de la homilía, a cargo del cantante y performer Graham Bell Tornado. El rol tradicional del sacerdote recitando las palabras de unión del futuro matrimonio son transformadas para crear un discurso ecosexual acorde con la propuesta de la Boda Negra. Annie y Beth dan el sí, intercambian sus anillos de carbón y se besan. Claro que al ser una Boda Negra no puede esperarse otra cosa que un beso negro, ¿no? El casamiento con el carbón se ha formalizado y la celebración culmina a puro canto, baile, sidra asturiana y asistentes que tienen sexo con la Tierra tal como aprendieron en los talleres ecosexuales dados por las novias: lamiendo hierbas, metiendo los dedos en los agujeros de la tierra, frotando los genitales sobre la corteza de los árboles. Todos aceptamos casarnos con el carbón, amarlo y respetarlo hasta que la muerte nos acerque más a la Tierra. Aceptamos unirnos y erotizarnos con todo lo que la naturaleza tiene para ofrecernos, amando de maneras infinitas a la Tierra y, a partir de eso, encontrando en nuestros cuerpos nuevas formas de placer por explorar.

Alzo mi copa por esta feliz unión.

¡Que vivan las novias!

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