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Viernes, 28 de octubre de 2011

SOY POSITIVO

Soy negativo

 Por Pablo Pérez

No “seronegativo”, negativo a secas. A esta altura del año estoy cansado. ¿O no es por la altura del año sino por los años en general, o por efecto del nuevo cóctel de drogas? Varios de mis amigos también están cansados. Mal de muchos... Le pregunté al hepatólogo si la sensación de cansancio tenía que ver con la hepatitis B o C, y me dijo que no. “¿Busco por otro lado?”. “Sí”, me contestó. Entonces recordé que una vez, ante el mismo dilema, mi homeópata me aconsejó, como medida terapéutica, hacer un viaje corto. En aquella ocasión fui a las termas de Concordia, y el efecto fue muy benéfico. Llamé para hacer una reserva allí y como era fin de semana largo no había lugar. Tenía cierta resistencia a un lugar nuevo: para descansar, nada mejor que un lugar conocido que sabemos que funciona; pero ante la necesidad, pensé y pensé, hasta que me llegó la letanía de las loas a San Pedro. En mi imaginación visualizaba una costanera con barcitos y restaurantes donde comer pescado de río, que hasta el momento nunca había probado.

El viaje era corto, había encontrado por Internet un hotelito dejándome guiar por las fotos, un gran parque que resultó ser un parque exterior al hotel. Al llegar, una recepcionista que trabajaba allí por primera vez me cobró la estadía completa y, aunque se lo pedí, no me dio el recibo; así que, como telón de fondo de mi viaje terapéutico, estuve todo el tiempo pensando que antes de irme me cobrarían la estadía de nuevo. En el hotel yo era el único alojado: en la pileta solo, en el solario, solísimo, la recepcionista de la mañana me esperaba a mí y solo a mí para prepararme el café del desayuno, me sentía todo el tiempo observado y vigilado. La sensación de soledad que cada tanto me embarga, durante el viaje a San Pedro se potenciaba al infinito. Caminaba por la gran barranca, el gran paseo, dos o tres kilómetros de ida por abajo, otros dos o tres de vuelta por arriba. ¡Cómo caminé! Como un preso al que le daban libertad por tres horas para salir a tomar aire. Hacía seis meses que no llovía y las plantas agonizaban. Desde los miradores, de noche, el río no se veía. De día, apenas. Está lejos y privatizado, a excepción de unos trescientos metros de paseo público, donde no encontré dos metros cuadrados de césped limpios donde sentarme a fumar y dejarme llevar por el efecto hipnótico de las aguas.

El segundo día, fui a un restaurante y pedí pacú: tras apartar las espinas, quedaron apenas unos cincuenta gramos de carne. Al día siguiente busqué otro restaurante donde pedí dorado. Estaba seco, lleno de espinas, con unas papas fritas marrones por fuera y crudas por dentro.

El día del regreso llovió a cántaros. “¡Al fin! ¡Hace como seis meses que no llovía! —dijo el taxista que me llevó a la terminal—. Igual, la soja ya se perdió toda...”. El micro de Chevallier llegó dos horas tarde, chorreando agua. Lo compartí con un ruidoso grupo de egresados que se iban a Bariloche. Para recuperarme, necesité dormir durante una semana, doce horas por día.

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