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Viernes, 16 de diciembre de 2011

Caldo de cultivo

Hubo unos días locos en que los reclamos premonitorios de militantes trans, lesbianas y gays se cruzaron en las calles con los cacerolazos del resto. La represión del Estado comenzó a unificar lenguajes y miradas. A diez años de aquel diciembre de 2001, los activistas Lohana Berkins, María Belén Correa, María Luisa Peralta y Rafael Aladjem recuerdan sensaciones y estrategias que fueron el germen de los logros que se alcanzaron después.

 Por Diego Trerotola

Para gran parte de las organizaciones glbt, el fin del menemismo no sólo no fue un cambio, sino que se presentaba como una amenaza, porque el nuevo presidente Fernando de la Rúa ya había desplegado todo su arsenal de homo-lesbo-transfobia como gobernador de la Ciudad de Buenos Aires. Un largo prontuario precedía al candidato elegido, pero para gran parte del país esos actos de represión de los que era responsable, pasaron desapercibidos, en parte por una complicidad de ciertos medios de comunicación, pero también por el peso ideológico que todavía tenían instituciones represivas, como la Iglesia. Pocos percibieron o difundieron la indignación y los actos de repudio de las organizaciones glbt. El 7 de noviembre de 1999, el suplemento Radar de Página/12 me permitió publicar un artículo, escrito junto a César Cigliutti, donde como parte de una campaña de la Comunidad Homosexual Argentina, se denunciaba la peligrosidad represiva del futuro régimen de Fernando de la Rúa, un mes antes de su asunción presidencial. La premonición se cumpliría día a día, hasta explotar en ese 19 y 20 de diciembre, prefigurado por numerosos actos de compromisos activistas que fermentaron en un saludable argentinazo gltb en forma de escrache constante, que luego se extendió a toda una nación indignada por las imágenes de la represión que el colectivo gltb vivía a diario. A diez años de esa resistencia premonitoria, algunxs activistas recuerdan la indignación, la fiebre, la resistencia, el dolor que no pudo disiparse con gases.

Homo, rebelde, únete

La segunda tapa del fanzine Homoxidal 500 estaba fotocopiada sobre una hoja roja, su color era la urgencia y retrataba un rostro gritando de desesperación o placer: la ambigüedad era doble porque esa cara era de una androginia manifiesta. Adentro se sucedían pequeños manifiestos que, no sólo desde el rock, punk y hardcore, atacaban preceptos de una cultura gay asimilacionista que se había expandido en el menemato a fuerza del falso free pass para las discos y pubs.. Ese segundo número de Homoxidal 500 salió el 3 de noviembre de 2001, el mismo día de la Marcha del Orgullo, y estaba pergeñado por su fundador, el músico y activista cultural Rafael Aladjem, de una manera muy artesanal, cortando y pegando, con el DIY (hazlo tu mismo) del punk como bandera de orgullo. “Fines de los ‘90 era un momento medio aletargado. En el final del menemismo empezó a estabilizarse la relación con la comunidad, donde los boliches no eran tan asaltados, no era cuestión de razzias tan permanentes. En coincidencia con esta década del menemismo, la cultura gay había encontrado en el consumo un espacio de paridad y de igualdad con el resto de la sociedad. Y en esa época aparece Amerika como la Catedral de la putez. Era una situación de querer un poco de estabilidad después de no haberla tenido antes, y bueno, quedémonos con esto, encerrados en el closet del boliche. No había necesidad de estar bien fuera del boliche, o de organizarse masivamente”, recuerda ahora, una noche en la puerta de una fiesta Eyeliner, heredera del espíritu homocore con que su fanzine extendió la sensibilidad rocker dentro del mundo vernáculo. Un primer volante de las fiestas pregonaba “Homo, rebelde, únete” y Homoxidal 500 descargaba contra el incipiente mercado gay, propiciado por el menemato y el delarruismo porteño, que perseguían a la diversidad sexual del espacio público para enclaustrarla entre las cuatro paredes con derecho de admisión, ya sea desalojando a la Aldea gay o persiguiendo a las travestis de Palermo. En ese urgente número dos, se establecía como referente setentoso al Frente de Liberación Homosexual, con una nota que defendía cierta militancia libertaria. “El fanzine tenía esa retórica más belicista, disparar un poco con gatillo fácil, por una cuestión de necesidad personal, pero también fue parte de un montón de cosas que empezaron a pasar en ese momento. Cuando me dediqué a hacerlo, cuando tuvo continuidad, estaban pasando cosas que, si las ponés en una línea de tiempo, son el antecedente de la situación de militancia que tenemos hoy. Si vos me ponías a mí imaginando lo que iba a pasar en diez años, jamás me iba a pensar que se iba a llegar al lugar donde estamos. Aquel momento, a principios del 2000, coincide con un montón de cosas, las marchas empiezan a multiplicar masivamente la cantidad de asistencia, empezás a ver banderas de partidos políticos acompañando. Mirándolo un poco en perspectiva, no siento el fanzine ajeno a lo que estaba pasando. En el momento tenía superclaro que esta fantasía del mundo gay que empezaba a aflorar a fines de los 90 era totalmente exclusiva, pero de exclusión, totalmente clasista, sin conciencia y sin diversidad. Y muy orientada a una zona de confort que la sociedad consumidora había encontrado y en la que se sentía más incluida. Lo sentía como bizarro, e insistía en que era necesario expandir, que la vida de los putos, las lesbianas y trans aflore en los lugares de donde es cada cual, donde frecuenta. En el 2000 estuve en una razzia en Amerika y fue impactante, sólo había oído hablar de las razzias en Alfonsín, que habían dejado una marca en la generación anterior a la mía. Y el día que me tocó vivirlo, en una versión más leve de lo debían haber sido en los ‘80, me pegó mal. El mayor espanto no tuvo que ver con la modalidad de la razzia, que era bastante agresiva, usaban el baño como trampa para ratones y todo el que entraba lo revisaban. A mí lo que más me espantaba era que el boliche seguía funcionando, puto que lograba salir, que había sido registrado y no pasaba nada, volvía a bailar. Si venían de una época anterior donde te cagaban a palos todos los fines de semana, entiendo que te abraces a ese espacio como si fuese una conquista tener un boliche. Me parece que era tal la comodidad que habían generado estas cápsulas, estas células de consumo, que el puto quería preservar la ilusión de no perderlo a cualquier precio, había como una negación de lo que estaba pasando. Casi nadie reaccionaba frente a la represión.” El corralito, antes que una forma de retención financiera de los ahorros, era la ilusión de que el mercado gay era un sistema económico de represión de la libertad, pocos pudieron ver esto y difundirlo como los cuatro números de Homoxidal 500 que Aladjem, con la colaboración de Pilar y Patricia de She Devils y otrxs insubordinadxs queer, alentaron contra el sistema de exclusión. Algunxs de los que fuimos a las plazas, a las esquinas, a las asambleas, a gritar contra De la Rúa primero y después contra Duhalde, habíamos aprendido a agitar mejor, más fuerte o más comunitariamente, escribiendo o leyendo ese fanzine.

Aquí está la resistencia trans

En un café de la Diagonal Sur, con la Plaza de Mayo en perspectiva, Lohana Berkins recuerda aquellos días en que el delaruismo capitalino primero y el nacional después, trazó una escalada de transfobia. “De la Rúa, antes de que fuera presidente, intenta inaugurar la cárcel contravencional, donde por primera vez iban a reconocer a las travestis porque iba a haber un pabellón exclusivo. Mirá vos, solamente nos tenían en cuenta para la punición. Te metían en cana pero en un calabozo propio. El Estado aquel nunca quiso dialogar con nosotras, nunca nos vio como sujetas de derecho. Ahí se resume cuál era la política hacia nosotras: sólo represión. Nuestra furia del 19 y 20 de diciembre no era por la crisis económica, sino por la represión que el Estado había hecho sobre nuestros cuerpos. Y por primera vez, cuando salimos a cacerolear, cuando menos nos miraban, mejor miradas nos sentimos, porque ya no éramos las indecorosas siliconas, las provocativas, éramos minas que estábamos ahí defendiendo contra una agresión abusiva del Estado que involucraba a todos y todas”. Y ese día de diciembre del argentinazo, Lohana, a cargo de Alitt, habló por teléfono con Nadia Echazú, que era responsable de Ottra, con ese gran sentido de fraternidad que tienen las organizaciones trans. “Me acuerdo que la Nadia ese día me dijo: ‘Estoy contenta porque por fin nos tocó a todos, porque les tocó a ellos’. Nosotros sentíamos eso, que por primera vez el pueblo sabía lo que era el rigor y la represión, salir a poner la vida por defender ese derecho a la democracia, a la libertad. Además, me acuerdo que las travestis preferíamos morir en la escena pública, porque por lo menos, era sentir que moríamos por algo, y no morir en nuestras casas o en las cárceles. ”.

Lohana tiene su propia épica de esos días: “Me acuerdo, que iba más allá: un tipo quiso hacer un comentario travestofóbico y un chico joven le dijo ‘¿Qué te pasa? No ves que está acá y tiene todo el derecho a protestar.’ Yo estaba enardecida con la cacerola. Me acuerdo que había una señora mayor que me pregunta ‘¿Usted cree que yo puedo ir a Plaza de Mayo?’ ‘Sí’, le dije y la empecé a fervorizar. La llevaba de la mano a la señora y le dije que la iba a cuidar. Cuando llegamos a Plaza de Mayo, eso ya era una muchedumbre. Entonces, como siempre, no es que la historia me iba a pescar en la última fila: empezamos a avanzar con la señora hasta bien en frente de la Casa Rosada. Y estaban los pibes intentando abrir la puerta. En una de esas, tiraron gas y me pega a mí en las tetas. Me caí un poco desmayada y me olvidé de la señora. Un pibe finalmente me sacó y yo corrí y corrí, tiraban tiros para arriba para amedrentar a la gente. Otro chico sacó una remera mojada y me la puso en la cara porque me agarró vómitos, y eso me tranquilizó un poco. Ahí me acordé de la señora, pero nunca más la volví a ver a la pobre. Nunca había visto tanta gente, para mí era como la revolución rusa. Y ahí nos habíamos encontrado con amigos, compañeras y compañeros. Volví a casa y no me podía dormir, me acosté sólo tres horas y me volví a la Legislatura, donde trabajábamos, y me hice un cartel que me lo até al pecho que decía ‘No al Estado de Sitio’. Y el 20 de diciembre nos encontramos con compañeros con banderas del orgullo, empezaron a aparecer las locas. Me acuerdo el nivel de excitación que teníamos, se armó un piquete travesti en la 9 de Julio y en Palermo también. Las travestis salieron masivamente, nuestra demanda era, primero y principalmente, la represión, que se había recrudecido, los edictos policiales que no se habían desmontado, el Estado tenía ese control selectivo sobre nosotras.” El 17 de febrero de 2000, con De la Rúa recién asumido como presidente, varias organizaciones como Alitt, Attta, Ottra, Futuro Transgenérico y la CHA hicieron una protesta pública de 24 horas contra la amenaza de inauguración de la Cárcel Contravencional en la Ciudad de Buenos Aires, proyecto impulsado por Patricia Bullrich e iniciado por el delarruismo porteño para aplicar principalmente sobre la comunidad travesti. La consigna del escrache fue “Cárceles no, presupuesto para educación y trabajo”; ni Clarín ni La Nación cubrieron la noticia.

“Siempre De la Rúa siguió muy radical en sus posiciones de mano dura. Al ver que la situación no cambiaba, muchas compañeras travestis tenían el sueño de irse masivamente a Europa, cosa que ahora no pasa. Incluso las que van, que son aisladas, es claramente por una temporada, después se vuelven. El nivel de represión era muy duro, seguíamos siendo llevadas a las cárceles: Mirtha, en el año 1999, que en ese entonces tendría 60 años, cumplió 30 días de arresto por trava en la comisaría de Flores. Pagamos abogado y nada, los tuvo que cumplir igual. Eso hacía que las compañeras se vayan. Las detenciones eran ilegales porque la misma policía tenía el poder de detenerte y liberarte, las cosas no se judicializaban. Además, si te cobraban multa no tenían que detenerte, pero te cobraban y te detenían igual. Y también recibían el dinero para el cuidado de un detenido, pero no nos daban ni un vaso de agua. La represión era acompañada por un nivel terrible de corrupción.” Antes de que el exilio masivo sea propiciado por el corralito, el riesgo país y el default final, las travestis salieron expulsadas de Argentina por la represión policial e institucional. Una de las exiliadas que más recuerda Lohana es su compañera de activismo María Belén Correa, presidenta de Attta entre 1995 y 2002.

La Evita de los cabarets alemanes

Junto a Nadia Echazú, Lohana Berkins y Marlene Wayar, María Belén Correa fue una de las activistas trans más visibles en la resistencia del segundo lustro de los ‘90. Su exilio fue en noviembre de 2001, tras participar de la Marcha del Orgullo y ser parte central con su show de una fiesta hardcore-punk del fanzine Homoxidal 500. María Belén buscó formas diversas de revelar la terrible situación de las travestis, explorando incluso su veta artística, que le permitió crear espectáculos de denuncia. “En esa época representaba Zapatos de tacos altos, que era una obra de teatro, un monólogo sobre una chica que se levantaba y hablaba con una compañera con vih. La obra terminaba con que la compañera se descomponía, y cuando yo salía a la calle a pedir ayuda, me arrestaban y me llevaban presa. Eran cosas que pasaban, tenías una emergencia y no podías contar con ayuda. Por ejemplo, yo no conocía el Obelisco, lo había visto desde dentro de un auto, pero nunca puede pasar caminando y quedarme mirando como un turista”, recuerda hoy, en una charla telefónica desde su exilio, temporariamente viviendo en Hannover, Alemania, con su pareja, Nico. María Belén se transformó en una migrante, tiene su residencia actual en Estados Unidos, donde pidió asilo político tras su huida de la represión argentina y tiene que volver cada tres meses. “Tuve que tomar la decisión de exiliarme porque habían matado a dos chicas que vivían conmigo y a otras dos las metieron presas por nada. Sabíamos que nos estaban cercando. Vivía en una casa grande con otras siete chicas trans; había siempre un policía en la puerta y parecía que teníamos un allanamiento constante. Y así fue que pedí el asilo político en EE.UU.” No fue fácil: un juicio de asilo político normalmente dura un año, a ella le costó tres y la imposibilidad de volver a su país por siete años. “Cuando volví en 2008, con un juez de inmigración y por solo cuatro días, me sorprendí de ver chicas transexuales andando en bicicleta en Corrientes y Callao. Ahí me acordé cuando la Comisaría 25ª me llevó arrestada con la bicicleta, porque estaba andando por Palermo. En una época nosotras salíamos a la calle con perros, teníamos perros grandes y nos salvábamos de ir presas porque no sabían cómo arrestarnos con esos perrazos. Eramos las travestis de los dobermans, los ovejeros alemanes, estaba la que tenía dos collies. Mi ovejero alemán me salvó un montón de veces.” La pasión activista de María Belén Correa no decreció a la distancia, fue fundadora de la organización Mateando, un colectivo gltb de argentinos y uruguayos que viven en Nueva York (www.mateandonyc.org), participa de la Red Lac Trans (www.redlactrans.org.ar) y nunca se desvinculó de Attta, a pesar de la distancia. Donde no puedo estar fue en las jornadas de resistencia de Plaza de Mayo en diciembre de 2001, estaba en una casa colectiva de personas trans en su exilio estadounidense, alojada gracias a la solidaridad de sus compañeras. “Todo el 19 y 20 de diciembre lo estaba viendo en vivo desde allá, porque teníamos Direct TV, había tres televisores, uno sintonizaba Telefé, otro CNN y otro Telemundo. Y estaba compartiendo todo con chicas de Venezuela y Puerto Rico, que tenían una imagen de Argentina como el país de Latinoamérica que estaba bien. También estaba con otra argentina, Cinthia Pérez, una de Attta que se había ido un año antes, era una de las que tenían perros grandes, tenía un dogo argentino. La mayoría de ese tiempo estamos exiliadas, hay toda una generación que se fue, ahora vive en Francia, España”, recuerda desde Hannover, donde trabaja en shows de cabarets haciendo su ya típica encarnación del musical Evita, que comenzó haciendo en las escalinatas del Congreso en las primeras Marchas del Orgullo, cuando aún no había escenario, ni una muchedumbre. Volvió a la última Marcha, porque no pudo con su genio activista. Va a volver ahora con su pareja Nico, quien le regaló el pasaje para conocer a los familiares de su novia María Belén, y para que ella pueda pasar por primera vez en doce años la Navidad en familia. También aprovecha para venir a buscar el nuevo DNI y el pasaporte argentino que le hicieron con el nombre que eligió. El vuelo desde Alemania aterriza en Buenos Aires el 19 de diciembre, justo para que ella pueda ir a la Plaza de Mayo a recordar y celebrar el décimo aniversario de los héroes y las heroínas de la resistencia que el colectivo lgtb no sólo acompañó, sino también ayudó a prefigurar.

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Imagen: Alfredo Srur / Daniel Jayo / Bernardino Avila
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