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Viernes, 27 de julio de 2012

La ventana indiscreta

Desde los eróticos y necrológicos setenta italianos llega La entrega, una joya imperdible del voyeurismo, el sexo sucio y la crítica a ese obscuro desencanto de la burguesía.

 Por Diego Trerotola

Tras el primer éxtasis del cine porno chic en 1972, cuando ya Garganta profunda y Detrás de la puerta verde mostraron la veta festiva del sexo explícito en películas para consumo masivo, los cineastas italianos, sin ponerse de acuerdo, crearon un contragénero con algo sadomasoquista pero sobre todo con dimensión política del softcore tortuoso. La gran comilona (1973), de Ferreri; Confidencias (1974), de Visconti, y Saló o los 120 días de Sodoma (1975), de Pasolini, eran películas de sexualidad enchastrada de grotesco incorrecto, de dramatismo mortuorio o, al menos, de violento inconformismo. Célebres incluso por el escándalo o la tragedia, esas películas tenían en común una claustrofóbica versión de Eros y Tánatos, aunque más que pulsión de vida y de muerte se trataba directamente de la fascinación del sexo suicida. La comedia picaresca italiana quedó eclipsada por esta tendencia oscura donde ira y provocación estaban dentro del juego erótico o pornográficamente ideológico de cada película, y era difícil –aún lo es– encontrar un cine que pudiese imprimir el exceso, la asfixia y lo marginal hasta confundirlo con el orgasmo como reacción a que el placer sexual fuese reducido a ítem de mercado. Dentro de esa resistencia, el actor italiano Giuliano Petrelli y la actriz yugoslava Olga Bisera se confabularon en otro ejemplo setentoso de una visión del sexo por fuera de parámetros digeribles para el consumismo idealizado. El resultado fue L’occhio dietro la parete (o La entrega en español), película que actualizó el ataque en 1977, pero que apenas está reconocida como lo que es: una extrema vigilia entre sexo y muerte, con un compromiso inusual de sus intérpretes y particulares apuntes sociológicos.

El beso de la muerte

Bisera acepta que La entrega tiene una influencia decisiva de Luis Buñuel, cineasta con quien coprotagonizó un pequeño escándalo en el Festival de San Sebastián por aquellos años, cuando le entregó un premio a su trayectoria con un beso en la boca. En 1977, Buñuel se despediría del cine con Ese oscuro objeto del deseo, protagonizada por Fernando Rey, último alter ego del director aragonés. Convocar a Rey para protagonizar La entrega fue continuar el espíritu buñueliano, especialmente el de películas de erotismo excéntrico que retrataban la decadencia burguesa. Ese año Bisera llegaría al colmo de su fama como chica Bond en La espía que me amó con Roger Moore. Sin embargo, a la actriz no le importaba producir y protagonizar una película en las antípodas del glamour del 007. Aunque la idea de amar y espiar se mantuvo, en sentido literal, en La entrega: un voyeurismo tecno es la base argumental, a partir de que un escritor en silla de ruedas (Rey) monta un dispositivo de cámaras ocultas para observar secretamente junto a su esposa (Bisera) la vida sexual de su vecino. Para completar el triángulo erotómano, el vecino lo interpretó John Phillip Law, icono sexual camp gracias a su ángel semidesnudo de Barbarella o al héroe de comic en catsuit de Diabolik. A pesar de ser sex symbol mainstream, Phillip Law entregó toda su piel a Petrelli, ofreciendo un esperado full frontal, aunque poco glam: mientras hace gimnasia, los genitales cuelgan y se mueven con una gracia que hoy dispara risas. Y si Bisera también tiene su correspondiente desnudo frontal, la intimidad sobreexhibida del actor nivela la setentosa mirada machista de erotizar sólo el cuerpo femenino. Y la homofilia implicada en el voyeurismo de Rey hacia Phillip Law es explícita al explorar la sexualidad gay del vecino. Y aún más, La entrega retrata escenas infrecuentes de yiro gay en un bar y una disco, con strip-tease camp y relación sexual interracial entre hombres, más gráfica de lo que el cine erótico posterior se atrevió a representar. Eso sí, todo está filtrado por el sexo sucio como un oscuro objeto del deseo suicida, la pequeña gran muerte como orgasmo, usado como molotov por ese cine italiano atrincherado contra la antiséptica corrección burguesa de gozarlo todo como mercancía.

La entrega se exhibe el domingo 29, a las 19.15, en el Bazofi d’hiver, Viamonte 2045. El mismo día, a las 18.15, se proyecta una función gratuita del Festival de Trailers de Isabel Sarli.

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