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Viernes, 12 de octubre de 2012

La púa que los parió

Si el motivo del baile es sacarse la tristeza de encima, la acusación de frivolidad que el mundo de la disco carga desde sus comienzos es, cuanto menos, injusta y superficial. La historia secreta del disco, investigación de Peter Shapiro recién publicada por Editorial Caja Negra, revela los orígenes afroamericanos, inmigrantes y homosexuales de las pistas americanas en los setenta. Las luces intermitentes, las bandejas y los movimientos cuasi epilépticos dicen mucho más de lo que la música tan fuerte dejaba oír.

 Por Diego Trerotola

Pelucas afro XXL, hombreras unisex que parecen perchas olvidadas en el saco, jeans ajustados donde se notaban hasta los vellos sin depilar y strass indiscriminado hasta enceguecer, todo en una coctelera electrocutada de alto volumen es la estampa más o menos paródica con que se recuerda el germen de la cultura disco como un carnaval setentoso más o menos démodé, un kitsch de sketch televisivo, cotillón de una memoria irónica que quiere borrar todo lo que esos afeites filosos querían ideologizar, tirando lavandina hasta hacer que la gama de colores quedase blanqueado como el pantalón de John Travolta cuando la Fiebre de sábado por la noche le hacía tocar el cielo dance con sus manos en la córeo hétero que, como la sincronización marica del YMCA de Village People o los giros con brazo en alto de la bailarina afro en rollers de Gloria Gaynor en su “I Will Survive”. ¿Qué sobrevivió de la política del disco? A partir de la dimensión sociológica y estética, musical y sexual, racial y comercial, punk y pop que de la vida y la muerte del disco, Peter Shapiro se desliza con erudición sofisticada para historizar y reflexionar sobre los pulsos que marcaron una historia política de la resistencia en las pistas de baile, describiendo desde los tugurios más escandalosos al chic clasista, cartografía de coreografías de drogas y naturismo, pasando por islotes carnales del homoerotismo con las discotecas de Fire Island y por las nuevas formas del activismo lgtb, hasta los dj afros que quebraron las rutinas musicales de las multinacionales, el feminismo cyber que pensó la máquina y el cuerpo, y punks que se apropiaron de la revolución de la violencia del pulso maquinal para tomar la posta de la ruptura cultural.

Suspensión de los signos vitales: ésa es la expresión ambigua con la que se puede trazar todo el espectro del movimiento disco. Suspensión como flotación, elevación y también como detención, defunción: los signos opuestos en una misma onda, en la misma vibración del “break”, que en lenguaje del dj es la porción de una canción donde se suspende su estructura compositiva flechada por Cupido (¿amor mortal o inmortal?), como la púa que pincha un disco a la manera de David Mancuso, uno de los más creativos dj pioneros de los ’70, que usaba las “legendarias cápsulas para púas de vinilo Koetsu, diseñadas por un pintor japonés que también hacía espadas samurai”. Por la punta santa de la flecha o el filo marcial de la espada, el corazón del movimiento disco estaba atravesado por contradicciones, por un amor diabólico y un exterminio angelical. “La cultura disco fue a un mismo tiempo comunidad y placer individual, sensación y alienación, orgía y sacrificio. Prometía, a la vez, liberación y limitación, descarga y represión, frivolidad y muerte. El disco fue tanto utopía como infierno. A lo largo de su historia, el disco siempre estuvo atrapado entre opuestos. Y no se trataba sólo de que estuviera en medio del tire y afloje entre lo gay y lo hétero, lo negro y lo blanco –aunque eso, por supuesto, era parte importante de la cuestión–. El mismísimo nacimiento del disco fue el resultado de la fusión de impulsos contradictorios: exclusión e inclusión, glamour y decadencia, pertenecer y marginarse, compromiso y retraimiento, entrega leal y frivolidad”, escribe Peter Shapiro, describiendo la tesis de su libro La historia secreta del disco, tesis que sintetizó, a su manera, la madre de Jimmy Carter cuando visitó Studio 54, tal vez sin saber que estaba parafraseando al más camp Oscar Wilde: “No estoy segura de si fue el paraíso o el infierno, pero fue maravilloso”.

Así, el movimiento disco hizo del mestizaje al cuadrado su política performática, su integración física y química musical que atravesaba los cuerpos. Si remezclar para dar de nuevo era el verbo que estaba primero en la faena, para muchxs infame, del dj, ese remix tenía destino supremo de englobar algo que por primera vez funcionaba y fusionaba en comunidad: lo gay y lo hétero al mismo ritmo de seducción, pero también atravesado por distintas etnias, clases sociales, estéticas. La diversidad democrática servida en bandeja en la disco, un poco como espejismo o alucinación que se diluye bajo la luz del sol que nunca dibuja ese relámpago de futuro de los destellos estroboscópicos que la bola de espejos refleja como tatuaje dinámico en los cuerpos de todxs.

DISCOS DISCO

Por eso, si detrás del despegue de los Pet Shop Boys en 1984 con hits dance como “West End Girls” y del éxito dos años antes en discotecas europeas del actor drag trash Divine con “Shoot Your Shot” se escondía el mismo productor, Bobby Orlando, que, según Shapiro, era un “homofóbico recalcitrante”, sólo se podía entender ese fenómeno del vínculo festivo de lo opuesto en el inmersivo y vertiginoso flujo con el que el disco reunió a “la burguesía y al rebelde”, como canta Madonna en su hit “Music”, mientras le exige al dj que ponga un disco. Lydia Lunch, citada en el libro de Shapiro, lo dice con metáfora orgánica: “La música es el tejido conectivo entre protesta, rebelión, violencia, conciencia sexual y comunidad”.

Tal vez esta conexión llegó a su éxtasis a través de Sylvester, responsable de los falsetes más andróginos y orgásmicos del Hi-NRG, una abreviación de alta energía, un subgénero de la música disco creado a partir del acelerado beat del bombo que reproducían el galope del caballo como banda sonora sexual, con líneas melódicas de sintetizadores donde convergía el grito de placer con el ruido de la máquina. Sylvester era un afroamericano queer, uno de los primeros cantantes populares abiertamente homosexual, que había sido parte de los espectáculos hippie-drag de The Cockettes a fines de los ’60, imitando a Josephine Baker. Pero en su carrera solista, en el auge total del disco, su máximo hit fue “You Make Me Feel (Mighty Real)”, aun con potencial rupturista en su desafío a las convenciones que son síntesis de las políticas de resistencia integracionistas del movimiento dance. “Mientras gran parte de la música que coloreaba la escena disco gay tenía la alegría insistente de un espectáculo de porristas de secundaria y por lo general conjuraba ante todo la imagen de dos muñequitos de esos que mueven la cabeza como asintiendo chocándose mutuamente, ‘You Make Me Feel (Mighty Real)’ interpelaba a la tradición musical afroamericana preguntándole qué ‘realidad’ se suponía que debía representar para los hombres negros gay que, prácticamente alienados de la sociedad entera, estaban forzados a esconder sus identidades verdaderas a lo largo de casi todas sus vidas... Sylvester contrariaba al exterior indiferente del synth pop con una intensísima expresión de arrobamiento. El modo en el que Sylvester cantaba ‘I Know You Love Me Like You Should’, corriéndose hasta un registro tan alto que sólo podía ser completado por un zumbido de sintetizadores, bien podría ser el momento ‘diva’ definitivo de la historia del disco.” Basta mirar el video del hit: su perfomatividad drag múltiple mezcla estética leather de botas de cuero con glam marciano a lo Bowie, pero también abanico de teatralidad marica retro y turbante afro con perfume de gospel, entre otras modulaciones del crossdress. Y aunque, por momentos, Sylvester es el único en una discoteca vacía, parecería representar a todos y todas en un mismo cuerpo, su nombre es legión. Para cuando aparecen las bailarinas interraciales, encabalgadas franeleando con gimnasta felicidad lésbica, este videoclip pre MTV termina de hacer de las políticas integracionistas del disco un legado luminoso de electroshock. Y esos destellos de juego ambiguo de fines de los ’70, para cuando Sylvester murió de sida en 1988, ya estaban lo suficientemente demonizados por el movimiento de la “Muerte del Disco”, con acciones como quemas públicas de vinilos dance empujadas por argumentos de odio y otros de seudociencia que parecían paródicos, como los de científicos de la Universidad de Ankara, en Turquía, que “probaron que escuchar música disco hacía que los cerdos se volvieran sordos y los ratones, homosexuales”. En un punto tenían razón, la sensualidad polimorfa del disco fue la cumbre del ratoneo para muchos homosexuales, pero también para heterosexuales y demás identidades espectrales sin nomenclatura que titilaron en el tornasolado auge de ese amor libre electrificado.

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