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Viernes, 1 de marzo de 2013

Será lo que quiera ser

Las personas intersex suelen ser presentadas como pacientes, siempre sometidas a la necesidad de rectificación. La historia de un bebé que llegaba a Buenos Aires para una “corrección quirúrgica” fue recogida por los medios en esa clave. Sin embargo, el trabajo del activismo, la voz de la militancia intersexual y los nuevos aires que corren en la Argentina contribuyeron a dar vuelta un destino de mutilación. El Garrahan confirmó a Soy que no habrá cirugía. Si este caso no sienta un precedente para el poder médico, sin dudas es una oportunidad para reflexionar sobre los derechos de los cuerpos de todxs.

 Por Sebastián Hacher

En Oberá, Misiones, nació una criatura intersex, con genitales masculinos y femeninos. La noticia llegó a los medios nacionales e instaló el tema en la opinión pública, como antes lo hizo el cine con la película XXY, y como sucede cada tanto, cuando una historia personal se vuelve “caso” y entonces trasciende las cuatro paredes del consultorio médico donde suele transcurrir. La ambigüedad genital no es algo tan fuera de lo común como se cree: en el mundo, uno de cada 4500 bebés nace con esas características, aunque algunas estadísticas indican que podrían ser cuatro veces más. Siempre aparecen las cifras cuando se habla de personas intersex. En general, como en los años ’50 que se instaló de una vez y para siempre el famoso 10 por ciento para fijar un tope a la existencia homosexual, el número va dirigido a dar cuenta de la rareza, esgrimir que son pocos los casos, una aguja en un pajar. En la Argentina, el hospital Garrahan recibe un promedio de quince pacientes intersex al año. Muchos de esos pacientes son intervenidos quirúrgicamente. En algunos casos, según dicen los médicos, ante la presencia de potenciales tumores porque la salud está en peligro. En otros, sencillamente porque la indefinición genital no es soportada por el entorno social. Se trata, dice el sentido común, de “normalizar” el cuerpo que no encaja en el binomio masculino-femenino. Mientras tanto, organismos internacionales y nacionales, como el Inadi, vienen declarando que “se debe asegurar la integridad corporal y la salud de los niños y niñas intersexuales. Es necesario proporcionar apoyo psicosocial y no patologizante a sus familias en lugar de cirugías o intervenciones médicas –a menos que se trate de intervenciones para salvar su vida–, cuyas consecuencias sean irreversibles”. ¿Por qué hay tanta distancia entre estas declaraciones, que están fundamentadas en cuestiones que también pertenecen al sentido común (por ejemplo, ¿a quién se le ocurre corregir la sexualidad de alguien quitándole para siempre la posibilidad de placer?) y la liviandad con que se asume que hay que corregir un cuerpo?

¿Una vida o un caso clínico?

El caso de la criatura de Oberá trascendió por sus propios motivos: los padres –él de 22 años, ella de 16– viven en un rancho de madera y son tareferos: cosechan la hoja de yerba mate en las peores condiciones posibles. La emergencia de la situación económica y la angustia de la familia –¿será más nena que varón?, ¿será más varón que nena?– atrajeron la atención de la prensa. Inmediatamente se planteó la urgencia del bisturí: cortar la carne inclasificable, como si de esa forma se pudiera calmar la angustia. De la mano de ese no saber cómo actuar, la presencia de X en el hospital de Oberá –la llamaremos así para preservar su identidad, y luego volveremos sobre el punto– se transformó en todo un suceso. Luego del parto, los médicos consiguieron una ambulancia para que la madre y la criatura viajaran a Posadas a hacerse los análisis necesarios. Antes, durante el embarazo, habían intentado seis veces averiguar el sexo del bebé. No hubo caso. En los medios de comunicación misioneros se decretó que era más “nena que varón”, y que eso inclinaría la balanza hacia una operación para “corregir” la anomalía y convertirla en una nena hecha y derecha. Los medios no ahorraron detalles: las notas consignaron el nombre completo de la madre –que es menor de edad– y, por si no alcanzara, la ilustraron con una foto de ella con el bebé en brazos y dieron datos del barrio en el que viven. Nadie tomó en cuenta la situación a la que queda expuesta la familia de X, que –pase lo que pase desde el punto de vista médico– tendrá que volver a vivir al mismo barrio de tareferos, en el mismo rancho de madera, con los mismos vecinos y la misma vulnerabilidad de siempre. Lo extraño del caso es que, con excepción del Inadi, casi ninguno de los actores sociales que suelen indignarse con tal o cual cobertura mediática puso en tela de juicio la difusión de identidad de X y sus padres. Como si el ser pobres y tener un intersexual en la familia los eximiera del derecho a la intimidad.

Cortar por lo sano

“Es una indicación del cirujano: operar en el mejor momento del paciente”, dijo a Soy, bajo reserva de identidad, uno de los médicos que atendió a X en su ciudad natal. “No es una urgencia la corrección quirúrgica en el primer año. Es mejor esperar hasta el segundo año, cuando los tejidos están más firmes. Lo que se decide es cuál es el mejor sexo para la paciente.”

Pero, ¿cómo saber, a futuro, cuál será ese “mejor sexo” para un paciente que no tiene conciencia de sí mismo? ¿Se puede hablar de corrección cuando se avasalla el futuro incierto de alguien? Mauro Cabral, uno de los activistas intersex más reconocidos en el país e internacionalmente, explica que sólo la medicina se arroga el poder de decidir qué hacer. “La medicina –dice– cree que sabe cómo leer el futuro de las personas en la configuración de sus genitales. A ese supuesto saber no se le puede oponer otro; sólo se lo puede enfrentar con la repetición incesante del no saber. Porque no se sabe, precisamente, es que es mejor no cortar y coser. Nadie sabe cuál será el cuerpo que hará más feliz a tal o cual persona, ¿por qué mutilar la carne como apuesta a una felicidad que siempre, y para todxs, es incierta?”

En los medios de comunicación, la respuesta no aceptó ninguna vacilación, fue directo al punto: la historia de X se convirtió en la historia edificante de una mamá que tenía que llegar con su hija a Buenos Aires para ser operada y, así, ser “normal”.

Una de las primeras organizaciones en pronunciarse fue la CHA (Comunidad Homosexual Argentina). En un comunicado, la organización explicó que rechazaba “cualquier tipo de tratamiento invasivo e irreversible, como la cirugía forzada de normalización de genitales, cuando ésta sea dispuesta sin el consentimiento libre e informado de la persona”. Es necesario, decía la declaración, “entender que la identidad de género no se constituye con un bisturí. Esta necesidad, de parte del cuerpo médico de “normalizar” con urgencia, responde más a cuestiones relacionadas con la transfobia que a la salud en general”.

Quizá por el alerta que dieron los activistas, quizá porque el país posley de género ya no es el mismo, el afán quirúrgico (en las notas se decía que la señora llegaba a Buenos Aires y en dos o tres días la criatura estaba operada) no prosperó. El viaje a Buenos Aires se hizo con apoyo del Ministerio de Salud de la Nación, no para operar de forma urgente, sino para tener un diagnóstico certero. “Nuestro rol –explicaron al Soy desde esa cartera– fue el de ayudar a la gente de la provincia a traer a la mamá y al bebé al Garrahan para hacerse los estudios. Lo que se consideró es que lo más importante era contener a la familia. Desde el punto de vista médico el ministerio no se quiso meter en decisiones que son de las familias. Es un tema muy complejo.”

En el Garrahan, X y su madre fueron atendidas por un equipo de endocrinología que sugirió no intervenir de forma quirúrgica. Si bien el hospital tiene la –sana– costumbre de no dar información sobre sus pacientes, Soy pudo saber que los médicos desmintieron la versión que indicaba que se trataba de una criatura “más nena que varón”. “A diferencia de lo que se dijo en Misiones –explicó una fuente del hospital–, lo que hay es un pene con una apertura mayor que lo normal. Había penes y testículos palpables. La información de que era una nena era un error.” Más allá del dato y de que se siga diciendo que era una nena o un nene por lo que se ve, lo que queda en evidencia es que además de la intromisión en la intimidad y en el futuro de una persona que implica la intervención, muchas veces los datos clínicos también son inciertos, contradictorios o con margen de error. En el Garrahan, finalmente, se pronunciaron: “La posición de la mayoría es por la no intervención, sino más ir por el lado de la contención de la familia, que está en una situación mucho más compleja”.

La psicóloga Valeria Paván es coordinadora del Area de Salud de la CHA y desde hace siete años trabaja en un programa de atención integral para personas trans en el Hospital Durán. “En nuestra opinión –explica–, lo mejor es esperar y darnos un tiempo para ver cómo esa persona se expresa. Unas personas empiezan a expresar su identidad antes de conocer la diferencia anatómica entre los sexos. Entonces, tampoco es que la expresión no tarda demasiado. Yo ahora estoy acompañando a una niña trans de cinco años, que empezó a manifestarse así desde los dos años, y que sabe que su cuerpo no corresponde anatómicamente a su identidad.”

¿De dónde viene la ansiedad por operar? “Viene –explica Paván– de la imposibilidad cultural de soportar una cosa así. La ansiedad tiene que ver con que culturalmente no nos bancamos salirnos del binario, y lo primero que se nos ocurre como salida a una situación tan complicada es mutilar.”

Verdad y consecuencias

En su único contacto con la prensa, la jefa del Servicio de Endocrinología del Garrahan, Alicia Belgorosky, explicó que en el 20 por ciento de los niños intersexuales, la causa es “una alteración genética” y que se puede identificar el gen alterado. En el otro 80 por ciento, dijo, “la ciencia aún no ha podido establecer los orígenes”.

Pero si la ciencia no sabe por qué nacen personas intersex, ya hay elementos, por lo menos a nivel estatal, para saber qué hacer o qué no hacer. Ante las noticias de que la intervención quirúrgica era inminente, el Inadi explicó que “las personas intersexuales tienen derecho a la integridad y la autodeterminación de su propio cuerpo”. Y que “el consentimiento previo, libre y completamente informado del individuo intersexual es un requisito que se debe garantizar en todos los protocolos y prácticas médicas”.

Desde el punto de vista legal, ese “consentimiento previo”, es imposible de conseguir cuando se trata de un bebé nacido. El bebé es una persona incapaz, representada por sus padres. Todas las fuentes consultadas por Soy para esta nota coinciden en ello: quienes deben recibir contención y apoyo son los padres: ellos necesitan un espacio que los tranquilice, que los ayude a entender que la persona que trajeron al mundo no es lo que ellos esperaban. Y que tiene derechos y un futuro que corre peligro de ser mutilado junto con su cuerpo. ¿Qué va a pasar cuando crezca y pregunte qué le hicieron? ¿Por qué no esperar a que el niño o la niña pueda decidir por sí mismo?

La voz de los cuerpos

Las organizaciones intersex en los últimos tres años pidieron, en dos foros internacionales, “poner punto final a las prácticas mutilantes y normalizadoras”.

La mutilación genital de niños y niñas intersex puede, incluso, ser considerada una forma de tortura. El que lo señaló así es el relator especial sobre tortura de las Naciones Unidas. En una declaración de principios de febrero dijo que “los niños que nacen con características sexuales atípicas suelen ser objeto de asignación sexual irreversible, la esterilización involuntaria, cirugía genital de normalización llevada a cabo sin su consentimiento o el de sus padres, en un intento por fijar su sexo”, lo que les produce “infertilidad permanente, irreversible y puede causar un sufrimiento mental grave”.

La activista Cheryl Chase, directora ejecutiva y fundadora de la Sociedad Intersexual de Norteamérica, en uno de sus trabajos –un escrito presentado ante la Corte Constitucional de Colombia– explica parte de los horrores que implica la “corrección genital”.

“La reducción quirúrgica de un clítoris alargado –explica– puede en ocasiones afectar la sensación y, por tanto, reducir el potencial orgásmico y el placer genital y, al igual que la ablación de los testículos, es irreversible.” El tejido retirado del clítoris, dice, “nunca puede ser restaurado; las cicatrices producidas por la cirugía no pueden repararse”.

Un pene pequeño es capaz de proporcionar excitación sexual, placer genital y orgasmo. Uno mutilado, no. “Existe evidencia considerable –dice Chase– de que la cirugía genital puede causar daño, incluyendo daños físicos como cicatrices, dolor crónico, irritación crónica, reducción de la sensación sexual y daño psicológico. Por lo demás, aparte del daño específico de la cirugía genital, la cirugía nunca carece de riesgos.”

Incluso desde el punto de vista estrictamente médico, sostiene Chase, lo mejor es esperar. “Cuando la niña haya crecido”, dice refiriéndose al caso concreto que analiza, “sus genitales serán más grandes y será por tanto más fácil para un cirujano trabajar en ellos. Una razón de los pobres resultados quirúrgicos puede ser que el tejido de la cicatriz sea afectado negativamente por los cambios en el tamaño y forma que acompañan al crecimiento normal y al desarrollo de la pubertad; la cirugía realizada después de la pubertad evitaría tal riesgo”.

Esa espera, ese darle la oportunidad de resolver por sí misma a la persona, choca contra la ansiedad social: contra ese miedo atávico que producen los cuerpos distintos y que, en el caso de los niños intersex, pretende dirimirse en la mesa de operaciones.

“La intersexualidad aterroriza –dice Mauro Cabral–, porque abisma preguntas que enloquecen: ¿qué es un hombre? ¿Qué es una mujer? ¿Qué es un ser humano? ¿Qué es un cuerpo? ¿Qué es un derecho, qué es la ley? ¿Qué es el deseo? ¿Y qué hay de la carne en todo eso? Cortar por lo sano –literalmente– parece ser la manera más rápida de sacudirse esas preguntas toda vez que reciben su actualización intersex. Y eso es lo más triste, porque en ese abismo nos miramxs todxs, y a la angustia no la salva ningún tajo abierto en ningún quirófano sacrificial.”

¿Quién ayudará a los padres de X no ya a responder, sino a formularse esas preguntas? El caso saltó a la esfera pública y con ello ya produjo un daño: los dejó expuestos, lo puso en la picota. Por suerte, en materia del derecho a la identidad argentina ya no es la misma que hace años. Quizá sea hora de que la intersexualidad empiece a estar en la agenda pública. Por X y por todas las criaturas por venir.

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