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Viernes, 20 de septiembre de 2013

Un acento raro

Vino a la Argentina en un viaje de placer y se quedó 24 años. El circuito de ese placer y también el de su contracara, que comienza en las orillas, en los bares trasnochados y en los encuentros con los muchachos anónimos de Retiro, constituyen la lengua de Gombrowicz. Esta nota visita esa lengua extranjera y se detiene lo más posible en la zona roja.

 Por Diego Trerotola

“Tenemos bochornosa deuda con Gombrowicz”, advertía en el verano de 1969 Manuel Puig en una carta desde París para la revista Siete Días, a propósito del estreno teatral de Opereta, a pocos meses de la muerte de Witold Gombrowicz en Francia, donde se había convertido en el escritor de culto que nunca había logrado ser en Argentina, con novelas como Cosmos o La seducción. Aunque no le había gustado la puesta en escena de la obra de Gombrowicz, Puig aclaraba el saldo pendiente con el escritor polaco: “Le debemos una visión aguda e iluminadora de nuestro país: su Diario argentino”. Hoy, a 50 años de que haya abandonado la Argentina después de vivir casi un cuarto de siglo acá, ¿todavía hay una deuda con Gombrowicz? Tal vez aún no se haya desarrollado lo suficiente la visión libertaria de la sexualidad que hay en su obra. Por eso, la muestra curada por Miguel Grinberg para la Biblioteca Nacional puede ser una buena excusa para comenzar a saldar esta deuda.

Bruma sexual

Si se quisiera dibujar un punto rojo en el mapa de la literatura de Gombrowicz durante sus 24 años en Argentina, habría que ubicarlo entre las “brumas de Retiro”, entre el bajo porteño, los alrededores de la estación ferroviaria, las plazas como zonas liberadas y los bares y fondas de la zona. “Allí es donde la barraca se despeña en el río y la ciudad al puerto baja... Abundan los marineros jóvenes...” Es que en parajes de aquellos, como Witold reveló en su Diario argentino, descubrió la experiencia de la “liberación de la ‘virilidad’” que le permitió vencer el miedo a la feminidad, un paso para que, según sus propias palabras, pudiese tocar con la punta de la pluma al “joven dios de lo inferior, de lo peor, de lo insignificante”, porque para el escritor polaco es combustible fundamental de creación “la insuficiencia, la inferioridad, la inmadurez, lo que es propio de todo ser joven, es decir, vivo”. Esa literatura vital, libérrima, era una literatura menor, joven y para eso se necesitaba el despojamiento viril que la educación trata de imponer, hay que volver a la inmadurez de la mezcla indiferenciada de lo femenino y lo masculino, adolescente sin edad, lograr habitar un cuerpo indefinido sin un sentido genérico estable, esclarecido. Cuerpo brumoso, de yiro filoso. Ser habitante y no ciudadano, no tener patria, ser desterrado. Con Polonia invadida tras poco de llegar a Buenos Aires en 1939, Gombrowicz elige quedarse en Argentina y así elige el territorio del exilio, abandonando la propia patria a la que nunca volvió: liberarse de la virilidad es también dejar atrás la tierra del padre. “A veces me gustaría mandar a todos los escritores al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigrana verbales para comprobar qué quedará de ellos”, recuerda Piglia en el catálogo de la muestra a Witold. Por su parte, Grinberg recuerda hoy que en el abandono del polaco y la adopción del español, a Gombrowicz le fue bastante bien, salvo que “confundía el masculino y lo femenino”, cuestión que en este contexto de indiferenciación genérica tiene su coherencia.

El español volvió a ser un idioma nuevo, joven, para el polaco que llegaba a los cuarenta en Argentina y ya se sentía viejo. Y nunca Witold ocultó su culto a la juventud, al efebo, al colimba. “Lo único que me diferenciaba de los hombres ‘normales’ era que yo adoraba el resplandor de la diosa –la juventud– no sólo en la chica sino también en el chico... que me atreviera a admirar la juventud independientemente del sexo y la sustrajera de la dominación de Eros, que sobre el pedestal en que ellos colocaban a la mujer joven osara yo poner al chico.” La novela Ferdydurke de Gombrowicz, publicada en Polonia antes de su exilio, es, entre otras cosas, una apología de la inmadurez, una oda a lo juvenil. En 1946 comienza una traducción grupal al castellano de la novela por un equipo un poco espontáneo que se reunía en la confitería Rex de la calle Corrientes. Ese grupo de traductores improvisados estaba presidido por dos cubanos instalados temporalmente en Buenos Aires, Virgilio Piñera y Humberto Rodríguez Tomeu, lo que reforzaba la elección del destierro como lengua literaria. Además, lo que pocas veces se dice, Piñera era un maricón escandaloso, según lo describe Reinaldo Arenas, y tuvo una relación muy estrecha con Gombrowicz durante toda su estadía en Argentina. Y según la investigación de Grinberg, amigo de Witold a partir de los últimos años de su estancia en el país, también había otro gay entre los traductores, aunque prefiere no revelar la identidad. Esto bastaría para convertir la experiencia Ferdydurke en la gran traducción dionisíaca de la literatura argentina, un verdadero evento queer. En la primera foto de Miguel Grinberg que abre la muestra dedicada a Gombrowicz en la Biblioteca Nacional se ve al escritor tomando ginebra Bols del pico. Grinberg eligió esa foto de apertura porque logró sacar a Witold de su pose con pipa, que no tenía que ver con la elección de la informalidad literaria que desarrolló en su manifiesto “Contra los poetas”, que era en parte contra toda la veta de snobismo intelectual con tufo borgeano. Es que Gombrowicz siempre brindó por una literatura espirituosa.

Una literatura trans

“A través de unos amigos de un conjunto de ballet en gira por Argentina, entré en un ambiente de un homosexualismo extremo y enloquecido..., se componía de hombres enamorados de otros hombres más que de cualquier mujer, eran putos en estado de ebullición, incansables, siempre a la caza, ‘zarandeados por los jóvenes, desgarrados por ellos como si fueran perros’, igual que mi Gonzalo de Trans-Atlántico”, escribe Gombrowicz en su diario, uno de los fragmentos que luego no sería reeditado en el Diario argentino. El personaje de Gonzalo, que yira autobiográficamente por Retiro, es uno de esos putos, quizá fue el más extremo por mucho tiempo de una novela escrita y situada en Argentina, prefigurando a El mendigo chupapijas de Pablo Pérez. “Al ver aquellos labios que a pesar de ser Masculinos sangraban rouge femenino, no pude tener la menor duda de que el destino me había unido con un puto”, describe el Gombrowicz narrador de Trans-Atlántico a Gonzalo, paseante deseoso de jóvenes obreros o cadetes de la escuela militar. Esa unión hace la fuerza queer que describe una lógica del deseo que estalla en un relato con esa voz de alto volumen narrativo que caracteriza al polaco, un poco megalómana. “Trans-Atlántico es un poco de todo: una sátira, una crítica, un tratado, un divertimento, un absurdo, un drama..., pero nada de eso en forma exclusiva, porque, en definitiva, no es otra cosa sino yo mismo, mi ‘vibración’, mi desahogo, mi existencia.” La vibra Gombrowicz, tanto en esta obra semiautobiográfica como en los diarios, las dos obras escritas en Argentina, avanza por una gama de géneros que van del ensayo a la crónica, sin miedo al ridículo. Algunos pasajes de los diarios son una extensión de Trans-Atlántico, como los paseos por plazas de Santiago del Estero, su fascinación por los “changos”, los muchachos con rasgos indígenas, que son descriptos con ojos de Gonzalo, de puto extremista. Pier Paolo Pasolini, al leer esas crónicas, se admiraba de la nitidez seductora con que Gombrowicz forjaba su deseo, aunque le reprochaba también su lógica algo represiva.

Pero el juego liberación-contención es fundamental para la noción de sexualidad de Gombrowicz, que tenía una política queer para la identidad. Esto se evidencia en algunas de las entradas de su Diario argentino, pero especialmente en una carta que desde Berlín en 1963, año en que abandonó la Argentina, le escribe a su amigo argentino Juan Carlos Gómez: “Yo no soy ni nunca he sido un HOMOSEXUAL, sino que de vez en cuando suelo hacerlo cuando se me da la gana. Soy persona sencilla y, sobre todo en materia erótica, mi maestro es el pueblo, que muy felizmente desconoce totalmente la terrible HOMOSEXUALIDAD Y SE ACUESTA CON QUIEN puede y como puede”.

La resistencia de Gombrowicz a la identidad no tenía que ver con mera represión sino con la imposibilidad de pensarse como un lugar estancado, y esta postura es tributaria de la idea de que no existe la homosexualidad sino que sólo hay actos homosexuales. Una defensa de la orientación sexual como algo inorgánico es también una posición no determinista, basada principalmente en una dinámica de sensibilidad social, en la seducción como experimento grupal de interacción e intercambio. El deseo circula sin detenerse a pronunciar su nombre, porque habla una lengua siempre extranjera que es más canto de sirena que idioma. Es la lengua del migrante que revela y nos rebela. Todavía hoy. Basta comprobar que este mismo año, Rita Gombrowicz, la viuda de Witold, publicó Kronos en Polonia, un parte del diario de 1953 que el escritor escribió en Argentina y que aún estaba inédito, guardado debajo de un colchón durante 25 años, donde describe con detalles relaciones con hombres y mujeres en plan pornografía emocional. “Cuando nos conocimos, él me contó toda su vida y no ocultó nada, incluyendo sus relaciones con los hombres. Yo no estaba en absoluto sorprendida por eso. Lo que sí me sorprende en Kronos es el modo en el que describió a ciertas personas, así como el período de su vida cuando estábamos juntos. No coincidió con mis propios recuerdos, que eran diametralmente diferentes”, declaró Rita, que dejó sin publicar parte de las experiencias de Argentina porque tenía que madurar para poder leerlas con “distancia y una sonrisa”. Es que la literatura de experiencia de Gombrowicz siempre es cuestión de futuro. El que ríe último ríe más queer.

Momentos singulares en la Argentina (1939-1963) puede visitarse hasta el 13 de octubre en la Biblioteca Nacional, Agüero 2502.

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