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Viernes, 3 de enero de 2014

¡Pintemos un Warhol!

“Para que los niños de todas las edades coloreen y pinten. Quizá quieras enmarcar estos dibujos o a lo mejor enviarlos a alguien a quien quieras hacer feliz." (Andy Warhol)

El problema de los libros infantiles que podríamos definir “con abierta conciencia de la diversidad”que empezaron a circular por librerías argentinas en los últimos años, es que en general están en otro idioma, son muy pocos, y si están hechos acá no tienen buena distribución o no cuentan con el encanto gráfico que la misma propuesta (en general poca letra y gran dibujo) se autoimpone. Pero el problema mayor sea dicho: casi todas las propuestas, tan atentas a su ejercicio a contrapelo del sexismo, la invisibilidad de toda escena familiar que no sea tipo y la divulgación del respeto por los otros, pierden de vista el placer del texto y toda corriente de la imaginación. Un niño con sus dos mamás, un niño con sus dos papás, un niño que se vista de nena no puede ser, sin volverse declarativo, la plataforma única desde donde ampliar el espectro de relatos. No es casual que la bella historia de Príncipe y Príncipe, que por otro lado no deja de ser un ajuste de cuentas con una versión remanida, se encuentre en el podio de lo más ingenioso y potente que circula masivamente. Buscar en lo que hay y revolver en la misma tradición, no es paliativo y puede traer alguna sorpresa. Colorear un libro de Andy Warhol también es un contacto mágico a distancia con toda una cultura pop y el delirio de los sesenta. Se trata de un cuadernillo que Warhol hizo por encargo como parte del merchandising de una empresa para la que trabajaba entonces. El cuaderno se entregaba de regalo en época de fiestas y el año pasado se volvió a imprimir en Londres, este año se distribuye en Argentina.

A modo de prólogo y casi como un cuento donde el autor de los dibujos que hay que colorear es un personaje, Arthur y Teddy Edelman cuentan como conocieron al artista y cómo nació este libro: "En un rellano del Empire State Building, delante de la puerta de un fabricante de zapatos, había un hombre joven con unos zapatos como los de Jackson Pollock (manchadísimos de pintura); llevaba un traje negro arrugado, su portfolio, y tenía una mata de pelo blanco. Andy Warhol llevaba algunos bocetos para el mismo cliente al que nosotros le íbamos a mostrar nuevas pieles. Corría el año 1953 y nuestra empresa, Fleming-Joffe Ltd., se dedicaba a la tintura de pieles de serpiente, cocodrilo y lagarto. Pero necesitábamos a alguien que nos ayudara a definirnos, más allá de la mera mercancía, como una empresa creadora de un producto de moda. ‘Un trabajo en Nueva York –dijo–. Caramba.’ Y ese fue el inicio de una colaboración cuyo recuerdo todavía nos inspira. Nos dimos un atracón de creatividad juntos, sin problemas de ego, sólo la excitación natural por que todo saliera bien. Andy convirtió nuestros sueños en realidad: desde los anuncios para Vogue hasta nuestras bolsas corporativas, desde un stand totalmente revestido de metal para una feria comercial hasta un cuaderno para colorear que regalamos a nuestros clientes para sus hijos (realizó el collage de la cubierta y recurrió a nuestro exótico catálogo, que le encantaba, para las láminas)”.

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