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Viernes, 3 de enero de 2014

Hijos de ruta

On the road llegó al cine. Aquí, unas líneas sobre la carga queer del yire rutero.

 Por Diego Trerotola

La última mitad de la década del ’40 en Estados Unidos creó ese mito rufianesco de los delincuentes juveniles, al insistir en la agenda sobre un problema de la posguerra: los adolescentes huérfanos o criados sin sus padres y madres que fueron a colaborar o morir en el frente de una batalla lejana. En las tapas de los diarios, con realismo amarillista, se leían historias de adolescentes y jóvenes que azotaban las calles y esos titulares fueron la base de un guión con el que Hollywood creó a los Marlon Brando y los James Dean, rebeldes sin causa con aura de bandidos románticos, primero solapadamente homoeróticos, y luego la cultura se encargó de subrayar ese valor homosensual. A la sombra de ese fenómeno, con realismo existencialista, la generación beat trazó su propia ruta por la delincuencia juvenil, construyendo a su propio Dean homoerótico, al que bautizó Dean Moriarty, que destapó antes que nadie eso de una sensualidad con menos restricciones normativas.

Caminante no hay camino, se hace camino al desear: ése podría ser el combustible que movilizaba a Dean y también a Jack Kerouac, para escribir una épica generacional que trazó un tajo en la cultura estadounidense. O, para ser más precisos, más que un tajo, lo que hizo fue pintarle la raya del culo a la geografía yanqui. O al menos así lo representa el brasileño Walter Salles en su adaptación de la novela de Jack Kerouac, que ofrece un culo estilizado como primera imagen del chongo indómito de Dean. Es ahí mismo, ese culo donde tiene tatuado aquello de “todo para satisfacer al cliente”, según dice el mismo Dean, encarnado con justa electricidad viril por Garrett Hedlund. No hay velos para desatar el homoerotismo criminal en fuga con que la película llena el tanque para hacer coincidir la putísima trinidad beat, Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs.

Hollywood siempre se toma una revancha queer, pero se trata del buen Hollywood, el de Francis Ford Coppola, productor de la película y un verdadero cultor erudito de las películas de delincuencia juvenil, como lo demostró en, por ejemplo, La Ley de la calle. Por eso, En el camino se atreve a ponerle el culo, y también un flash de las bolas de Viggo Mortensen, para volver al glamour de la delincuencia juvenil pero desde una perspectiva queer que la generación beat merecía. Porque por más estilizado que aparezca ese culo, fue el que creó una cultura marginal y genuina, que todavía en este relato tiene una gran fuerza crítica en su forma de ser un grito primario de libertad contra toda la tiranía de la sexualidad monolítica.

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