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Viernes, 14 de febrero de 2014

Sacándole el jugo al amor

Por fuera de la familia tradicional, contra la monarquía del amor romántico, la causa poliamorosa tiene cada vez más cuadros. No confundir con harén o poligamia. No es lo mismo de siempre, pero todos revueltos. Desde la obsesiva reglamentación yanqui hasta el reclutamiento en redes sociales, desde el activismo de la disidencia que tiene su historia en el anarquismo y el amor libre del siglo pasado, el factor amistad parece estar en el corazón de estas relaciones amorosas entrelazadas.

 Por Magdalena De Santo

La palabra “poliamor” no tiene una larga trayectoria. Fue acuñada en Estados Unidos en 1990 por la neopagana Morning Glory Zell Ravenheart, líder de la Iglesia Todos los Mundos. La sacerdotisa, luego de vivir en un matrimonio de cinco personas, entendió que su experiencia era la de una comunidad de amor, y utilizó el inglés latino para describirla: polyamory. Posteriormente, en 1996, en Washington DC, se creó la asociación sin fines de lucro The Polyamory Society. Luego de un huracán, los distintos grupos comunitarios decidieron apoyar la igualdad política, educativa, social y económica de todas aquellas personas que rechazan vivir en familias tradicionales. Para difundir sus voces crearon un glosario en el que se encuentran, por ejemplo, términos como “Familia intencional” (extendida y elegida); “cuadra” (relación poliamorosa entre cuatro personas) y la distintiva “compersión”. Esta palabra supone comprender y compartir el amor que unx siente por lxs demás. Se trata de una ecuación que reversiona los celos. En vez de sufrir porque un/x amante le dedique tiempo y amor a otra persona, la compersión aspira a poder disfrutarlo en conjunto. Sería algo así como una especie de jactancia o deleite en segundo grado: el otro no me pertenece y puede compartir las variadas experiencias del amor sin mentiras.

La vida poliamorosa no supone “tolerar los engaños” sino transformar radicalmente las concepciones habituales de fidelidad, respeto y libertad. Se trata de una ideología que disputa las obligaciones conyugales y roles estrictos para reemplazarlos por nuevos códigos de vinculación. Las versiones disidentes abogan por discursos opositores al capitalismo y al sexismo. Amantes prolíferos: aman al gato, a las parejas y a la madre sin rango; se quitan el parche de pirata y miran la imprevisibilidad del deseo con los ojos bien abiertos. Muchos poliamorosxs entienden esta modalidad como una micropolítica de compromiso y cuidado de todo el universo afectivo.

¿Quiénes son?

Se autonombran poliamorosxs lxs que buscan darles entidad a tríos, noviazgos paralelos y matrimonios grupales (trieja, cuatrieja o círculos infinitos); lxs swingers que intercambian pareja de mutuo acuerdo a veces adoptan su filosofía, pero no pertenecen a este grupo: “Hay muchas parejas swingers que se sienten cómodos con múltiples encuentros sexuales, pero viven con el temor de que algunx se enamore fuera del matrimonio. Esta es una de las diferencias fundamentales entre los swingers y personas poli”, sostiene Gayle Moore en una carta abierta.

En la Argentina existen algunos grupos y comunidades en las redes sociales. Poliamor Argentina, con la imagen de la película Vicky Cristina Barcelona de portada, afirma que el poliamor “consiste en mantener una relación amorosa, seria y duradera de manera simultánea con más de una persona, con pleno conocimiento y consentimiento de todos los involucrados”. Por otro lado, la página Poliamor, Amor Libre se ataja sin escalas de una creencia popular: “Esta página no trata sobre sexo libre, así que vayan a buscar garche a otra parte.”

Otras reflexiones bien interesantes están impulsadas por personas que son –o fueron– militantes de la disidencia sexual; ello se manifiesta, por ejemplo, en el libro Desobedientes. Experiencias y reflexiones sobre poliamor, relaciones abiertas y sexo casual entre lesbianas latinoamericanas. Allí se compilan cuentos, poesías y ensayos desde una perspectiva feminista; los acuerdos ideológicos de algunas lesbianas les han permitido examinar aprendizajes naturalizados. “Los celos, desde siempre, han sido para mí la señal indicial del derecho de propiedad y un claro signo de baja autoestima”, escribe Verónica Fulco.

Pero no sólo se trata de desnaturalizar mandatos sino también de una búsqueda de una política activa. Ulises Rojas, marica queer militante de Putos Mal, advierte la necesidad de una disidencia sexual coherente en este sentido: “Si vos luchás contra un montón de estructuras que te molestan, como el capitalismo o el patriarcado, no podés seguir reproduciendo las lógicas de la monogamia donde no hay libertad y la otra persona pasa a ser tu pertenencia. Con la monogamia, a la larga, avalás un sistema, un montón de estructuras que, por ejemplo, sostiene la violencia hacia las mujeres”.

El poliamor nació ayer

Para historizar la llegada del poliamor, un antecedente ineludible es el anarquismo, cuyo rechazo por la familia nuclear burguesa transmutó en el grito de ¡Amor Libre! No es casual que Emma Goldman sea la favorita entre las lesbianas anarkodisidentes. En los prólogos de Osvaldo Baigorria se oyen sus legados: “¿Cómo uno puede ser verdaderamente libre cuando se ama? Pues sólo mediante una reinvención de la palabra amor”.

También Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sarte pueden inscribirse como los padres fundadores del poliamor: vivieron abiertamente opciones a la monogamia por convicción filosófica. Los existencialistas, como buenos ateos, no se casaron, no vivieron juntos ni tuvieron hijxs (ella sí adoptó una niña), y siempre se trataron de “usted”, como notable muestra de respeto y amistad. Mantuvieron su relación prioritaria y las demás orbitaron como amoríos secundarios (y éste es el punto que los distancia de las versiones actuales). Aún con certeza y lucidez, en las novelas autobiográficas y cartas de Simone abundan litigios internos que se dirimen entre una vivencia que duele y una afirmación ético-política que la respalda; ella abrazó las contradicciones que la sinceridad poliamorosa recoge.

Por otra parte, la apuesta ideológica que busca frenar los límites impuestos del amor entre mujeres parece tener eco en la idea de continuo lesbiano de Adrienne Rich: una gran red amorosa de mujeres –no necesariamente sexual– que desafía la competencia implícita en la que se apoya el levante hétero. El continuo lesbiano bien puede ser un indicador del goce desexualizado: el placer por la reunión, la confianza y la empatía entre pares. La resonancia se escucha hasta hoy: “Entre las lesbianas abundan los casos de quienes se siguen viendo con sus anteriores relaciones. A esos amores, ¿cómo los llamaríamos? Más de una amiga considera el amor de su ex más necesario que el de su actual”, escribe Marian Pessah.

En sintonía, Ariel Di Paoli, activista de Putos Mal, nos cuenta: “Yo tengo relaciones de amor con muchísima gente que en general no son los chongos con los que curto. Son mis amigas, mi familia, gente que no es tu amiga, pero tenés una relación de amor muy grande, mis animales... trato de pensar el poliamor sin que tenga la boyita del sexo (aunque cogés tres veces bien con alguien y te enamoraste, eso hay que considerarlo).”

La biblia del poliamor Etica promiscua, escrita por Dossie Easton y Janet Hardy, vincula las dinámicas poliamorosas con la ética del “putón”. Así, la estigmatizada promiscuidad gay cobra valor positivo: la sociabilidad deseante que se promueve en teteras, saunas y chats resulta una herencia ineludible del intercambio honesto y amistoso por el que el poliamor aboga, tal como lo describe el testimonio con que se abre esta nota.

Si bien las instituciones que nos rodean minimizan la amistad, el poliamor como efecto de una disidencia política se esfuerza por reactivarla. “Todxs podemos tener un millón de amigos, pero no un millón de parejas. El poliamor expande o, si querés, complejiza el amor en términos de amistad”, afirma Fernanda Guaglianone, activista, performer, investigadora de Micropolíticas de la Desobediencia Sexual en el Arte.

La política de la amistad, describe Foucault, es marca registrada de la comunidad homosexual. Como sabemos, al perderse el consagrado respaldo de las familias biológicas/políticas, las estructuras de amistad se vuelven el sostén afectivo principal. Esto incluye, dentro de la ética poliamorosa, tratar a la gente de la que estamos enamoradxs de igual modo que se trata a lxs amigxs. Por ejemplo, teniendo límites y expectativas razonables con lxs amantes, y recíprocamente, tratar a lxs amigxs invirtiendo tiempo, compromiso, escucha y cuidados como en la pareja. Familias comunitarias, amplias y elegidas, en última instancia, pueden ser entendidas como una resistencia al capitalismo individualista y ególatra que nos divide y parte al medio. El amor –sexuado o no– bajo la lógica de la amistad parece ser una modalidad ya histórica de la comunidad diversa.

Como corolario, la actual crisis de las orientaciones sexuales hacia un único género –como las monosexistas heterosexualidad y homosexualidad– parece relativizarse cuando avanza el placer sin restricciones. “No sólo se cuestiona la pareja monogámica misma sino la orientación sexual y el género: la bisexualidad es el sesgo que parece entrar en esta lógica de vidas comunitarias y amor libre”, sostiene Luis Diego Fernández en su último libro Los nuevos rebeldes.

Ningún polideportivo

“La verdad es que milité bastante la visibilidad poliamorosa. Tuve algunas propuestas medio triangulares, pero no me gustaban del todo: yo estoy enamorada de una chica que a su vez, en ese momento, tenía dos parejas más, y se establecía una jerarquía entre nosotras que a mí no me interesaba. Por eso yo trato de no involucrarme con nadie que tenga una pareja prioritaria. No es tanto por celos sino por jerarquía. No tengo ganas de estar por arriba o por debajo de alguien”, dice Fernanda.

En esta línea, no siempre se avala la idea de amores “primarios” y “secundarios”. Tampoco la idea de poligamia. Su objetivo no es cubrir la insatisfacción en base a un mayor consumo: no pretende reemplazar la posesión de una persona por la de poseer a varias, justamente porque “la poligamia no es otra cosa que la multiplicación de la monogamia”, aclara Fernanda. “Cuando hablamos de poligamia, yo me imagino al jeque árabe con todas sus mujeres, pero no que las ama. Es un tipo de relación que está basada en una pertenencia desigual sobre muchos”, amplía Ulises.

No obstante, la tábula rasa de igualdad –emocional y material– no existe más que como un deseo, “una especie de socialismo utópico con unicornios alados”, dice una frustrada poeta de los chats poliamorosos. Que tengamos más atracción y entusiasmo en algún momento por alguna persona, ocurre y no parece haber política poliamorosa que lo juzgue. El quid de la cuestión, dicen, es que la jerarquía no se suponga a priori, al mismo tiempo que se diluya esa manía de cuantificar y competir por el afecto. “El amor creo que no se puede medir en una escala. Pero es que, si se pudiera, tampoco seríamos capaces de saber quién quiere más a quién”, dice en su blog la activista Lille Skvat.

Las diferencias de poder cotidianas pueden sabotear cualquier intento de amor rizomático. Cuando algunxs detentan sus privilegios simbólicos y habilidades para acumular adeptxs, es viable que intervengan pequeñas raciones de manipulación. El “machirulo infiltrado” resulta entonces el prototipo heteropatriarcal que denuncian el grupo anarkista Mujeres Sin Fronteras: “Una persona que se acerca al poliamor porque le da una cobertura filosófica, política, ética, pero es la misma mierda de siempre”.

Las desventajas materiales pueden empeorar aún más las cosas. Allí la jerarquía no tiene que ver con inferiorizar a nivel mental a alguna persona sino la capacidad de tiempo concreto que se les dedica a lxs amantes. La gente a la que más queremos se lleva nuestra mayor atención, esmero y preocupación: habita un lugar especial en nuestro mapa afectivo. Verónica Fulco, luego de narrar una buena experiencia en una trieja en el libro Desobedientes, lo explica: “La única forma que se me ocurre de vivir una relación sin que ella conlleve esa faceta limitativa y jerarquizada es que todas las partes y el acuerdo de una relación libre aparezcan juntos en el mismo momento, o que una no establezca ningún tipo de acuerdo con las demás partes. Y eso, para mí, sólo podría darse cuando los vínculos son ocasionales o a partir de un comportamiento egoísta”.

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