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Viernes, 23 de mayo de 2014

CINE

Sexy Sade

Interior. Leather Bar (2013), el experimento de James Franco, Val Lauren y Travis Mathews, será una de las joyas del Primer Festival de Cine LBGTQI Asterisco, que tendrá lugar del 3 al 8 de junio en Buenos Aires.

 Por Daniel Link

La sonrisa de James

A fines de octubre del año pasado quise entrevistar en San Francisco a James Franco para este suplemento, en relación con Interior. Leather Bar (2013) el proyecto que codirigió junto con Travis Mathews. Fue imposible: James Franco ya estaba en otra cosa, y a mí entonces no se me ocurrió que pudiera ser interesante encontrarme con Travis Mathews, a todas luces el cerebro de la operación Interior. Leather Bar, que es como un sistema de cajas chinas ideado para esconder al sádico manipulador (el monstruo que habita en cualquier director de cine o de fotografía). Yo quería que el golden boy del cine americano (el que fue James Dean, el que fue Allen Ginsberg, el que fue Hugh Hefner, el que fue James en Interior) me sonriera.

Por supuesto, el secreto suceso de Interior pasa por la sonrisa de James, de la que todos los actores están pendientes y gracias a la cual se le perdona todo: El hombre araña, sus jactancias de estudiante de Yale, This Is the End (2013), sus libros de ficción, el capricho de querer mostrar explícitamente sexo entre varones a audiencias no condicionadas por sus preferencias. Si tuviéramos que morir mañana, que sea atravesados por la sonrisa de James Franco.

La homosexual Crusing (1980) ponía a Steve Burns (el personaje desempeñado por Al Pacino) en un ambiente hostil a su sensibilidad heterosexual (el mundillo leather gay neoyorquino de entonces) para buscar a un asesino. Fatalmente, Steve Burns se volvía loco. Aparentemente, Pacino sufrió mal el rodaje “en escenarios reales” y, aparentemente, gran parte del footage recortado de la película para garantizar una calificación mainstream se perdió. En esas dos mitologías fundaron Mathews y Franco su proyecto. Busquemos a un actor que se parezca a Pacino (heterosexual, ambicioso) y pongámoslo a circular en una ecología que le muestre lo que se ha estado perdiendo hasta ahora. El elegido es Val Lauren, un actor casado (con una mujer), amigo de James desde hace quince años y cuya carrera ya había sucumbido a su sonrisa en Sal (2011). Entre los demás performers habrá otros tantos heterosexuales, bisexuales y homosexuales que se entregarán libremente y según su deseo a lo que les indique la escena.

El experimento Interior

Leather Bar es un experimento en abismo que ficcionaliza el proceso de recuperación de unas hipotéticas “escenas perdidas”. Dura apenas una hora, y la mayor parte de ese tiempo lo ocupan las conversaciones y titubeos (guionados hasta el último detalle) a propósito de lo que se estará filmando, su sentido, su valor, el riesgo que implica. La película se abre con una charla entre James Franco, Val Lauren y Travis Mathews donde se postula el matrimonio universal como un dispositivo de normalización de la sexualidad, la pérdida de la queerness propia de la homosexualidad, y donde se plantea la hipótesis de que el sexo sin sentido (meanless sex) sigue siendo intolerable para la civilización capitalista. La heteronormatividad es funcional al capitalismo, porque tiñe de afectividad y familiariza lo que es sólo una actividad física.

Mathews (I Want Your Love, 2012, In Their Room, 2013), además de un fino observador del mundo de las locas angloparlantes, es psicólogo, lo que lo convierte en un manipulador privilegiado. Más adelante, en una de las escenas clave de Interior, luego de que James se ha hecho el vivillo alabando la sexualidad entre varones, criticando la censura, levantando su dedo acusador en contra de la heteronormatividad hollywoodense, se lo verá haciendo mutis por el foro (“non posso più”) y desconectando su celular para no volver a atender a Val Lauren.

De modo que Interior recrea el proceso de “tortura psicológica” al que fue sometido en su momento Al Pacino, poniendo al hétero en el lugar de incomodidad y de la imposibilidad de identificación. Pero no elige como víctima sacrificial al actor Val Lauren (que sabe muy bien lo que está haciendo, aunque diga lo contrario) sino a James.

El objetivo Interior

Leather Bar es una película feliz que termina con una escena de despedida afectuosa entre Travis Mathews y los dos “actores” que han garchado realmente en la película (una pareja encantadora), vistos desde la perspectiva de un Val Lauren atrincherado en su auto y con James Franco totalmente ausente. Ha mostrado (muy brevemente) escenas de sexo explícito entre varones (con la excusa de una reconstrucción arqueológica) y ha puesto en el centro mismo de la escena a una estrella de Hollywood cuya sonrisa, antes de desaparecer por completo, se congela en un rictus del que desaparece toda la condescendencia propia del heterosexual amigable, esclarecido y liberal.

La cámara se revela, entonces, como un dispositivo sádico que pone (desde Pacino hasta Val Lauren y James Franco) no tanto en el lugar de la humillación personal sino en el lugar de la humillación cultural, de la sanción definitiva. En contra de lo que la película enuncia y la crítica acepta complaciente, el tema no es la exposición de sexo explícito entre varones, sino el lugar de la cámara como operador de distancia y de jerarquización (de allí la diferencia, mínima, que se subraya en relación con el porno).

Hay un poder, dice Travis (guionista único de la película), en la sonrisa de James y voy a poner a esa sonrisa a trabajar en contra del actor, el cuentista, el músico, el estudiante, el director heterosexual que cree que la transgresión es todavía una hipótesis simpática. Mi cámara va a hacer con ellos, los sádicos, lo que ellos han hecho con nosotros, mostrándoles lo bien que la pasamos pensando en sus sonrisas y matándolos con sus sonrisas.

No me extraña que James haya preferido hablar de sus libros, cuando quise conversar con él, y no de estos asuntos. Interior. Leather Bar es una pieza de pensamiento complejo sobre la mirada, la humillación, el goce sádico y el tenue borde entre ficción y realidad, todas ellas preguntas éticas en relación con las cuales no hay sonrisita que valga.

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