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Viernes, 10 de julio de 2015

DIS PUTAS

 Por Magdalena De Santo *

Alrededor de la mesita se abrieron las aguas de un squirting (orgasmo femenino). Los debates al interior del feminismo se profundizaron y dos grupos, siempre dos, parecen enfrentados. De un lado de la eyaculación femenina, “las antisexo”, del otro, “las prosexo”. Una caracterización podría ser que el primero es abolicionista del porno, impugnan cualquier práctica sexual falocrática, desde Tinelli a los dildos. Generalmente cisexista, transfóbico, protege su sujeto impoluto: mujer. Del otro lado, un transfeminismo queer, pos pornográfico, pro trabajo sexual, con la presencia de sujetxs erotizadxs, idealmente, lesbianas, transmasculinos y transfemeninas, inmigrantes, negrxs, gordxs, discapacitadxs, disidente, anticapitalista y punk. En todo este panorama la prostitución queda de un lado u otro –tenemos grandes referentes trans abolicionistas y también pro trabajo sexual- y la violencia sexual, en tanto fenómeno, queda un poco tironeada. Si seguimos con esta tipificación -que en tanto tal es restringida e injusta-, podría decirse que las primeras son las que quieren meter preso a pedófilos y violadores, mientras que las segundas los violarían ellas mismas con un palo de escoba en una suerte revancha política anti-punitiva. Antes de reducir el debate a feminismo pacato vs. feminismo exhibicionista, habría que escuchar qué debates pueden ser útiles para pensar el caso mesita: primero, para que las performers no sientan el hostigamiento de toda la sociedad, no las echen de sus trabajos, ni que tengan que mostrarse como superheroínas justificando cada paso de la acción. Segundo, que el resto de compañeras feministas puedan ver que allí, antes que una amenaza, hay una alianza posible.

Porque el deseo tiene algo de cosificante, el placer es también peligroso y al mismo tiempo vivimos en la cultura de violación, las preguntas que se instalan rodean la palabra consentimiento. ¿Por qué estaríamos obligadas a ver prácticas de sexualidad explícita? ¿Acaso no es lo mismo que hace el neoliberalismo con la espectacularización de nuestros cuerpos? ¿Por qué se impone una escena que puede, por ejemplo, despertar flashbacks de escenas traumáticas, de abusos o de dolor para quien pasa por ahí sin saber?, pregunta la corriente “antisexo”. Discutir sobre lo que una elige contemplar parece una pregunta fuera de escala en un mundo que nos bombardea de imágenes y se parece bastante a las fórmulas que exigen censura. Pero en el marco de que estamos intentando construir lógicas que no nos vulnerabilicen más y en donde nuestra memoria sexual está cargada de imposiciones violentas, en ese sentido, sospechar de la obligatoriedad de la perfo puede ser un interrogante legítimo. Sin embargo, una práctica sanadora podría invertir el afecto negativo o traumático para tomarlo antes que rechazarlo. La clave puede estar en seguir construyendo espacios seguros para nosotras mismas, con estética punk pero también abrazos. Sitios de protección y exploración donde, si cerrás los ojos, sea para vibrar con un orgasmo amplificado.

* Investigadora de la UBA y profesora de la UNA.

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