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Viernes, 28 de agosto de 2015

“Lo innombrable, lo neutro o lo queer han sido siempre las puertas de la felicidad”

Con Suturas (Eterna Cadencia), un colosal volumen de textos recién salido a la calle con el que había prometido cerrar su trilogía ensayística, Daniel Link deja la puerta entreabierta para prolongar lo que a esta altura de su trabajo es menos una obsesión teórica que un mandato ético: buscar lo que todavía vive.

 Por Miguel Rosetti

Foto: Sebastián Freire

“Todo libro llega siempre en un momento inadecuado: demasiado tarde o demasiado temprano. Y llega siempre a un lugar donde ya no estamos”, dice como si esa certeza no escondiera insidiosamente una estrategia que ha cultivado con fervor, una vía propiamente queer: no estar nunca en el lugar donde se lo espera. Aborrecer los estanques de las categorías y preferir siempre la libertad del mar abierto. Suturas (Imágenes, escritura, vida) es el extenso mapa crítico y afectivo de ese movimiento atópico. Concebido como el capítulo final de su trilogía ensayística, de las más ambiciosas por nuestros lares, Suturas lleva a la extenuación y a una suerte de clímax aquello que había comenzado exactamente hace diez años con Clases (Literatura y disidencia), y que había seguido por Fantasmas (Imaginación y sociedad): poner la contingencia y el pensamiento en la misma trayectoria, unirlos y afirmarlos como la única escapatoria posible. Por eso es difícil discutir que Daniel Link encarna no el ejercicio de una profesión (que tiene un campo ya delimitado de trabajo) sino una forma, la más contemporánea dentro de las imaginables, de ejercer el pensamiento. El negativo de la gran pose: menos el que se pone a pensar, que el que está forzado a hacerlo (porque el presente así lo pide, porque los artefactos con los que se cruza lo demandan, porque si no, nadie lo hace). En este sentido, Suturas es la ocasión para hacer coexistir especies de pensamiento de lo más exóticas. Una lectura que vuelve sobre los pasos de la crítica y dice mejor todo lo que se ha escrito de la obra de León Ferrari, porque la ubica en el terreno en el que nadie se había ocupado de hacerlo, la teología política. La feliz intuición de colocar a Ricardo Rojas, el epítome del nacionalismo literario, entre los padres encubiertos del comparatismo en un gesto que escandalizará a los guardianes del tesoro de la nación. El hallazgo del Hombre de Vitruvio de Cesare Cesarino, un Vitruvio en plena erección, del que se desprende una hipótesis cultural, que sólo puede ser contrapuesta por la fotografía del ex capitán del equipo de rugby de Gales, Gareth Thomas. Un vaivén metodológico entre el anacronismo de la filología y la novísima diagramatología, dos artes interpretativas que se encuentran sólo para indicarnos que no se trata de diseccionar los textos y las imágenes, como cadáveres, para ver cómo murieron, sino de hurgar en ellos, como un lector-chamán, para ver qué chispa de vida los anima todavía.

Suturas tiene por momentos un tono muy personal, casi melancólico, como de cierre. Y empiezo por el final, donde hablás de un duelo por un tiempo perdido...

–Es un umbral, sí (Clases y Fantasmas terminaban en umbrales) pero Suturas termina en una puerta ya entornada. En tornada. “Tornada”, así se llama el último texto del libro y el término indica para la literatura trovadoresca una suerte de conclusión del poema, pero también el lugar donde el poeta indica el destinatario de su envío. Esa puerta estaba abierta sólo para mí, esos nombres (el de Julio Strassera y el Sr. Spock) con los que muere una época, señalan, sólo para mí, un tiempo que ya está y, por lo tanto, una puerta está a punto de cerrarse. Sin embargo, Suturas no es un libro sobre las heridas que uno lleva por el mundo como resultado de una vida prolongada, sino sobre las suturas, las cicatrices, el proceso de cura y la próxima puerta, hacia la que nos encaminamos.

Es verdad que el texto es muy afirmativo, juega de manera muy vital, todo el tiempo, juega creando conceptos nuevos, juega con prácticas y nombres que creíamos olvidados...

–Bueno, crear conceptos... Es una tarea para la cual tal vez no esté a la altura. Me gusta manipular conceptos pero no sé si estoy a la altura. “Postfilología”, que yo creía un concepto si no nuevo, novedoso, se me reveló pronto como la palabra que ya habían pronunciado Michelle Warren y Werner Hamacher en otras latitudes. Reparar olvidos: sí, en eso me reconozco. Quise reparar el olvido de un legado, el error de no haber sabido oír la chispa de vida que había en las enseñanzas de mis maestros, a los que muchas veces consideré anticuados, pero que nunca fueron otra cosa que un legado amoroso. Luego están los errores de delimitación de territorios: el error gay (esa pesadilla) y el error queer (es decir: la manía de pretender estabilizar en un nombre lo que no tiene nombre): LGTBIQ, ¡por favor!

Sufrís en carne propia esos “errores”: profesor, crítico literario, crítico cultural, intelectual, escritor, basta mirar el historial de tus entrevistas para ver esa manía de querer ubicarte...

–Hay lugares que nos vienen asignados: hijo, argentino, cordobés, hombre, loca... Ya bastante tenemos que luchar contra esas asignaciones autoritarias (toda asignación a un lugar predeterminado lo es) como para encima imponernos otras propias. El no lugar o el entre lugar es, en todo caso, una estrategia para evitar los veredictos sociales. Hay otras etiquetas de mi currículum que irritan a más de uno de mis contemporáneos (dramaturgo, artista, cantautor...). “Escritor” tal vez sea la etiqueta más neutra y la más devaluada. No diré que la abrazo, pero sí que la acepto con alegría. Las demás dependen de lo que esté haciendo en el momento. Lo innombrable, lo neutro o lo queer han sido siempre las puertas de la felicidad y, naturalmente, de lo imaginario: el avistamiento de los monstruos en los que imaginamos que somos capaces de convertirnos. Impugnadas las clases, interpretadas las figuras de la imaginación como potencias (potencias de lucha), la vida queda como el resultado victorioso de un combate contra las fuerzas fascistas de la sociedad (de toda sociedad, incluida la nuestra). Como dice Sylvia Molloy, la vida es una pose tras otra.

¿Suturas es una suerte de registro de ese pasaje de una pose a otra, que salta de objetos tan disímiles de una página a la siguiente?

–Pasión o vocación por esa heterogeneidad, quién sabe... En todo caso, respondo a los llamados de mi época con alegría. En última instancia, no me importa si es en un video de YouTube, en una foto, mirando cine comercial o cine de autor, en series, poesías, novelas, en una obra de teatro, escuchando música, o en una muestra de arte contemporáneo. Salgo a buscar lo que vive todavía o lo que está muriendo donde me parece que refulge mejor, intentando no ceder nunca a la tentación de los opuestos, al pensamiento simplista de los pares excluyentes. Trabajo con las ideas de “muerte” y “vida” con la precaución de saberlas categorías trascendentales, que suponen un punto de vista bastante limitado: el del individuo y su grupito de referencia (la familia, los amigos, la empresa). Si, en cambio, pensamos la vida como una corriente ilimitada, allí siempre algo está transformándose en otra cosa.

De hecho, abandonás las dicotomías de tus subtítulos de los libros anteriores de la serie (Literatura y disidencia; Imaginación y sociedad), y elegís una enumeración, más abierta y libre, donde cada término liga con el siguiente: imágenes, escritura, vida...

–He ahí un error contra el cual el libro combate: la dicotomía siempre supone estos trascendentales de los que es mejor alejarse todo lo que se pueda (hombre/ mujer, activo/ pasivo, burgués/ proletario, negro/ blanco). La enumeración abierta, la serie infinita que comienza a partir del tres, se abre a un espacio de puro movimiento (de danza, de figuración, de garche, lo que se quiera: nada de posiciones fijas).

Tal vez, por eso, Suturas parece un archivo y no un libro evolutivo, de tesis...

–Claro, no rige acá la lógica bibliotecaria de la jerarquía, el mérito y la pertinencia, sino un deseo archivístico que me permite la repetición, hay autores que vuelven a lo largo del texto, cierta expansión, que permite intercalar textos muy breves con textos extensos sin cuidar ningún efecto de simetría que no me interesa. Incluso, lógica del archivo incluye necesariamente una tensión hacia el infinito, o de incompleto. Un archivo puede siempre ampliarse, y me gustan esos momentos en que los nombres propios pasan a designar antes repertorios, archivos o series no finitas que “obras”. El archivo y la vida se presuponen de algún modo: somos unidades de información mal guardada.

¿Cómo es eso?

–Sí, estamos en situación de espera hasta que llegue un archivista a descubrir la pieza decisiva de un rompecabezas incompleto. Mientras tanto, es verdad que tal vez la mejor figura que me convenga sea la del que revuelve y ordena su propio archivo. El otro día encontré una libreta donde contaba un encuentro amoroso con un tal Gerhardt, en Hannover. Mi cabeza lo había olvidado, pero al leer su nombre recordé su estupor cuando lo llamé por teléfono una vez que volví a la ciudad. ¿Para qué me había dado su número si ya no quería verme más? No es que el asunto me importe, salvo como comienzo narrativo. Fui a ver si algo de eso había quedado en La mafia rusa, pero no. El pobre Gerhardt no mereció ni un desvío narrativo. Pero si lo anoté en la libreta, pensé que iba a volver a él de alguna forma. ¿Estará vivo? Recuerdo sus ganglios palpitantes y pienso que tal vez de su cuerpo rubio nada quede, y que a lo mejor vive mucho más en mi memoria que en la de su familia...

Está vivo en tu libreta, ésa es un poco la potencia que les das a los objetos. Pienso en Gareth Thomas, el rugbier galés que salió del closet y cuya fotografía exprimís literalmente. Al leer el texto, la sensación es “¿todo eso estaba en la foto?”...

–El asunto también tiene una pequeña novela (no contada) por detrás. ¿Qué relación hay entre deporte y closet, es decir, entre homosexualidad y homoerotismo? Todo el tiempo hay jugadores de rugby, de fútbol, de fútbol americano o de básquet saliendo del closet. Curiosamente, lo hacen después de haber juntado plata a cuatro manos. Y lo hacen para pasarse al universo de la publicidad, todavía más ofensivo que el mundo deportivo. A comienzos de agosto, la noticia fue que Michael Sam, el primer jugador abiertamente gay de la NFL, se retiraba por razones vagamente ligadas con su salud mental. Lo que en verdad ocurrió fue que se filtraron unas fotos de sus desnudeces que mandó a través de Grindr. Y parece que una cosa es tener un puto en el equipo y otra muy diferente tener un puto que coge. Tal vez a Gareth Thomas le haya pasado lo mismo, no lo sé. Tengo amigos, en Europa, que consideran positivas esas salidas del closet. Yo creo que no expresan sino una huida (más o menos dramática) de un muy rentado Olimpo deportivo hacia un todavía más rentado Olimpo publicitario. Los cuerpos espectaculares del deporte y de la publicidad son, en algún punto, odiosos, porque proponen una norma cerrada y un sistema de jerarquías propiamente olímpico. En el caso del cuerpo de Gareth, quise detenerme en las inscripciones (las signaturas) que ese cuerpo portaba mucho antes de convertirse en una mercancía, y una cosa llevó a la otra...

En efecto, el cuerpo como espacio somático, como superficie marcada, como imagen diagramática, está todo el tiempo en el libro. Incluís tu propio cuerpo, del que decís no ser dueño...

–El asunto del cuerpo se vuelve cada vez más dramático y, por lo tanto, me veo forzado a pensarlo cada vez con mayor intensidad, a medida que las sociedades toleran y fomentan las intervenciones sobre el propio cuerpo. La superficie corporal se transformó entonces en un mapa de deseos y coacciones. No hay espacio aquí para referirse ligeramente a lo trans, que ocupa buena parte del libro, pero me limito a un cuerpo tatuado. Acaricio un tatuaje: ¿qué estoy tocando? No una piel sino un lienzo, un espacio de escritura o de diseño. El cuerpo ya no puede pensarse como lo que nos viene dado, sino como un espacio de intervención (tanto puede ser una intervención fascista o revolucionaria).

Claro, y a esa práctica la llamás diagramatización corporal, que nada tiene que ver con “poner el cuerpo”, sino de ver a qué palabra y a qué imágenes está atado el cuerpo...

–Sí, nada más aborrecible que los happenings o las performances que ponen en primer plano, todo el tiempo, la presencia del cuerpo. Sobre todo porque tienden a borrar el hecho de que somos un herida, suturada de palabras (pronunciadas por otros) e imágenes (cuyas vidas nos alcanzan, cuyas garras nos hieren). Se trata de interrogar lo que somos hasta ese punto, como efecto del disciplinamiento social, como efecto de la interpelación fascista, y averiguar en qué seremos capaces de convertirnos. Conozco un joven heterosexual que no quería usar sunga (que es comodísima) en Ipanema (donde es un grado cero vestimental) por temor a lo que sus amigos y su hermano le dijeran al volver. Fijate: su novia estaba con él y a ella no le importaba nada el asunto. Su preocupación eran los amigos con los que juega al fútbol. Tal vez la diagramatización forme parte de la búsqueda de una nueva retórica, esa retórica es la del tartamudeo, la del zombie, que no termina nunca de salir del armario. Eso es lo queer: lo que no tiene nombre todavía (y ese “todavía” es un para siempre).

El hallazgo del Hombre de Vitruvio, en su versión erecto, es fundamental para lo que estás diciendo...

–La cultura, desde el Renacimiento hasta ahora, se sostiene en ese espacio falocéntrico, claro. Pero no nosotros, nosotros no. Es decir: desde Mallarmé, que puso en crisis la “pequeña razón viril” en su “Golpe de dados”, y desde Duchamp, que en el mingitorio sacó de cuadro el centro mismo del diagrama (la verga), sabemos que nuestra episteme y, sobre todo, nuestro diagramatización corporal, es otra. La otra noche, en una cena, un joven amigo filósofo se sorprendía porque nos referíamos a un actor, cuyo nombre no recordábamos, como “el pija chica”. ¿Es tan importante?, preguntó. En la vida, naturalmente, no. Pero en la sociedad del espectáculo, en su fascismo larvado, sí. Por eso los actores eligen dobles de cuerpo o prótesis: para subrayar lo que, maníacamente, se postula como centro del mundo: la potencia genitora, que ya, francamente, no le importa a nadie.

¿Y qué importa?

–Importa el amor, ser capaces de sostener un discurso amoroso. El libro incluye votos nupciales y divorcios, por primera vez, creo, publico algo sobre ese tiempo entre mis dos matrimonios; el amor a los maestros (a Enrique Pezzoni y Ana María Barrenechea), a los amigos, a los autores (Darío, Lorca, Puig, Copi). Es también un regreso al primer amor, la filología y esbozo una teoría completa y compleja del amor. Es, por lo que charlábamos antes, una gran carta de amor. Barthes había llegado a ese punto, ¿no? La única figura de la obscenidad posible es el amor: lo clandestino, lo que no se dice, aquello sobre lo que los diarios (que cada día dan un consejo para la vida sexual de los heterosexuales) nunca podrán hablar. Los amores que duran en una libreta de viajes (Gerhardt) o en una libreta de matrimonio (Sebastián Freire). La duración del amor... Eso es raro (eso es lo raro, lo queer). Y no sé si he llegado a algún punto de clarividencia. El amor por el texto es un amor filológico. Y eso forma corpus, cuerpo, archivo.

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