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Viernes, 20 de noviembre de 2015

MI MUNDO

Contra golpe

Fue obrero, inmigrante, superestrella del boxeo, bisexual. En un deporte de supermachos, Emile Griffith se consagró supercampeón. Emile, la muestra de Matías Danna, retrata con colores vivos un cuerpo que, en tiempos en los que el racismo era legal y todavía faltaban años para Stonewall, logró dejar su marca arriba y abajo del ring.

 Por Gabriela Cabezón Cámara

Colores vibrantes para un cuerpo que supo vibrar: Emile, la muestra de Matías Danna a.k.a La BREA, curada por Paulette, en Brandon, remite a la fiesta. El cuerpo hermoso del boxeador que te mira de frente apenas entrás, ahí en la planta baja, está delineado con trazos negros, precisos, que remiten al cómic porque son pinturas con mucho de dibujo y remiten al pop, figuras bicromáticas de colores estridentes, con el negro dibujando todo: algo así como un marrón dorado para los guantes delante del torso, amarillo frío para unos abdominales que flotan en el aire, un naranja dorado para el boxeador que parece caminar ingrávido contra la columna, rumbo al techo. Sentado sobre el mismo blanco, de traje, verde esta vez, los músculos de las piernas de Emile Griffith tensan la tela del pantalón en una manifestación de potencia. Cierra una pintura enorme color rosa Bazooka: una cama redonda con un cabezal que parece tener un estampado safari rosa –una especie de oxímoron muy adecuado para la vida del boxeador que retrata– y Griffith en el centro leyendo un libro; parece el único bombón de una caja de bombones. Del otro lado, en la pared de enfrente, dos cuadros de Emile, pecho, hombros, brazos y cabeza bajo el agua. Cuatro fotos de diversos momentos de su vida. En el centro, una biografía impresa y enmarcada. Los cinco elementos están dispuestos como una cruz. Enfrente, una pantalla emite el documental que cuenta la vida de Griffith, signada por la tragedia. Porque Emile Griffith fue un boxeador bisexual. Piensen un segundo en cuántos deportistas fuera del clóset conocen. Piensen, ahora, en cuántos campeones mundiales de boxeo gays o bisexuales se les ocurren. Diez dedos sobrantes, sí. O casi: ahí está Emile, en las paredes de Brandon y en los anales de la historia global del boxeo. Porque fue un gran campeón mundial, de las categorías Welter y Mediana. Y, la vida no es justa, no se lo recuerda por eso. Pero empecemos desde el principio: Emile nació en las Islas Vírgenes, unas de las Antillas Menores, ahí en el medio del Caribe, cerca de Puerto Rico, un paraíso para el turismo contemporáneo pero un infierno para su gente allá por 1938. Emile emigró muy joven a Nueva York. Ahí, consiguió trabajo en una fábrica de sombreros: así lo llamarían los medios muchas veces, “el diseñador de sombreros”. Muchas veces a partir de que se convirtió en un boxeador notable, claro. Eso que pasó por casualidad: un día de verano tremendo, Emile le pidió al patrón que le permitiera trabajar sin camisa. El patrón, que había sido un boxeador amateur en sus años mozos, apenas vio el torso fibroso de su empleado adolescente lo llevó al gimnasio de Gil Clancy. Cuando llegó, Emile no entendía demasiado qué se esperaba de él. “¿Ves el ring?”, le preguntó el entrenador. “Sí”, dijo el chico. “Bueno, desvestite y peleá”. El no quería boxear, no se le había ocurrido nunca, lo cuenta en el documental Ring of fire –de 2005– sobre su vida. El mismo que se puede ver en la pantalla presente en la muestra de Danna. Sin querer, o no queriendo especialmente, o habiendo empezado a quererlo cuando se dio cuenta de que eso le iba a permitir ganar dinero más fácilmente que la fábrica de sombreros, Emile empezó a entrenar. Y se destacó enseguida. En 1958 se convirtió en boxeador profesional y ganó el campeonato de la categoría 147 libras. Siguió. Peleó y peleó hasta que en 1961 su status le permitió retar al campeón mundial de la categoría Welter: Benny “Kid” Paret, el otro nombre asociado a su tragedia. Paremos un minuto: estamos hablando de 1961. El boxeo era, aun más que ahora, un deporte de súper machos. Y de súper estrellas. Era un deporte popular que generaba pasiones incluso entre los intelectuales. Entre nosotros, uno de sus fanáticos más destacados fue Julio Cortázar. Allá hubo unos cuantos más y, claro, era ya el centro del mundo, igual o aun más notables: Ernest Hemingway, por ejemplo. Y Norman Mailer. Entonces estábamos en 1961, los boxeadores eran muy machos y a veces grandes estrellas. El racismo era legal. Faltaban varios años para Stonewall. Y la homosexualidad era una enfermedad: recién en 1973 se la eliminó del catálogo de enfermedades de la Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos.

El título de Welter vino y se fue: a los seis meses de la primera pelea, Paret lo recuperó. Un poco después, en marzo de 1962, se dispuso una nueva pelea. Paret era cubano, un padre amante –eso cuenta su mujer en el documental– y un gran bailarín. También un buen peleador, uno de peleas largas, esas que permitían publicidad entre muchos rounds. El manager de Paret, Alfaro, era ambicioso y poco escrupuloso. Paret venía muy golpeado de una pelea anterior, no estaba para defender el título. La pelea se armó igual. El día anterior, en el momento de pesarse, Paret provocó a Griffith: “maricón”, le gritó, “yo puedo con vos y con tu marido”. La carcajada fue general. Al día siguiente, en el sexto round, la campana salvó a Griffith. En el duodécimo, a Paret no lo salvó nadie: Griffith lo acorraló contra las cuerdas y le pegó muy duro, con una velocidad increíble. Para cuando el árbitro detuvo la pelea, Paret estaba inconsciente. Murió a los diez días.

Griffith era un hombre sensible: esa pelea y esa muerte torcieron su destino de campeón implacable. Lo persiguieron las pesadillas, nunca más volvió a pegar con la misma determinación de antes. Fueron 80 peleas más. En 1977, se retiró y desapareció de la vida pública. Hasta 1992, cuando seis tipos le dieron una paliza a la salida de un boliche gay. Casi se muere, estuvo cuatro meses internado. Trabajó de guardiacárcel y de entrenador. Estuvo casado brevemente con una bailarina, cuya hija adoptó. Adoptó luego a un joven preso que conoció cuando fue guardiacárcel, Luis Rodrigo. Y nunca se olvidó de Paret. En 2005 se filmó el documental Ring of fire. The Emile Griffith Story. Ahí Emile se encuentra con el hijo de Paret. El chico ya tenía 43. Y lo abraza. El viejo llora. Ese mismo año hizo su coming out público en la revista Sports Illustrated: “Me gustan los hombres y las mujeres -dijo-. Pero no me gusta esa palabra: homosexual, gay o maricón. No sé qué soy. Amo a hombres y mujeres por igual, pero si me preguntás cuáles son mejores… me quedo con las mujeres”. Sin embargo, sus parejas más largas fueron hombres: el modelo Willianson Henderson, con quien participó de Stonewall, según cuenta la biografía de Matías Danna y Paulette en la muestra, y Luis Rodrigo, que fue quien lo cuidó hasta su muerte en 2013.

Pero tuvo su fiesta Griffith, aun en ese mundo de Guerra Fría y racismo y machismo galopantes. Fue hermoso. Y esa es la belleza que rescata Danna en su muestra Emile. Y su sensibilidad: “Sigo preguntándome lo extraño que es todo esto. Mato a un hombre y la mayoría lo entiende y me perdona. Sin embargo, amo a un hombre y esa misma gente lo considera un pecado imperdonable. Aunque nunca fui a la cárcel, he estado en prisión casi toda mi vida”. Cuando supo esta historia, Matías Danna sintió que “tenía que hacer una muestra con él, y más adelante me enteré de que era un veterano de Stonewall y ya me explotó la cabeza imaginarme ese día ahí un campeón del mundo tirándole piedras a la policía…”. Es que, agrega, “como dice Paulette en el texto curatorial, Emile es una representación hecha carne de todas las minorías (inmigrante, negro, bisexual, pobre...) condensadas en una sola persona. Y tan querible que nos permitía directamente estimular la tolerancia a la diversidad. Un poco pasó eso en la inauguración: se encontró un público de lo más diverso, periodistas deportivos, boxeadores, militantes lgbtiq, artistas, y todos compartiendo un espacio amorosamente, pero un espacio lleno de contenido”.

Hasta el 29 de noviembre en Casa Brandon,
Luis María Drago, 236.

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