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Viernes, 26 de agosto de 2016

RAP!DAS

 Por Ignacio D’Amore

El marcapasos de nuestras mentes se salteó tres mil beats cuando en febrero último, y tan de sorpresa como ya es su marca, la megapopstar norteamericana Beyoncé estrenó canción y clip de “Formation”, quizás uno de sus esfuerzos más acabados por combinar una producción audiovisual a la medida casi lovecraftiana de su estrellato con comentarios intencionadamente serios sobre la realidad social y política norteamericana. Vimos los efectos del huracán Katrina en el sur de Estados Unidos y la desidia gubernamental subsiguiente, vimos violencia policial dirigida hacia afroamericanxs, vimos una serie de inauditas reivindicaciones de su orgullo afro (algo que muchas veces se le reclamó en el pasado). Vimos a las Black Panthers atravesar un campo de fútbol americano.

En medio del video, como espasmo, la música hace un paréntesis y deja lugar a las palabras de la rapera queer Big Freedia, legendaria comandante de pasarelas y pistas del movimiento bounce, un tipo de hip-hop made in New Orleans gritón y repetitivo. Fue un estruendo que aún resuena: la voz de una figura de los márgenes culturales como Freedia, casi una infiltrada entre tanto flash, completa desconocida para el circuito comercial en el que King B -como quiso renombrarse Beyoncé alguna vez- es hacedora de leyes y, más que monarca, deidad alfa fémina.

El productor y autor Ryan Tedder, que compuso más de un par de hits para Beyoncé, estableció no hace mucho una diferencia tan discutible como inquietante entre ella y la mayoría de las y los popstars del aquí y ahora. Tedder afirma que, mientras la mayoría de lxs intérpretes pueden componer o cantar canciones mejores o peores, son muy pocxs quienes logran, como ella, crear momentos, crear discusiones. Crear marcas culturales. Es lógico que Big Freedia haya aceptado la propuesta del management de Beyoncé y, de hecho, su breve aparición en “Formation” impulsó aún más la conversación en torno al uso de una voz marginal en una pieza de alcance vastísimo. Atentas todas: de apropiación cultural deberíamos haber dejado de hablar hace rato. La cuestión aquí es poder ver hasta dónde se abren espacios, mínimos y otorgados, para que voces así logren acariciar un top 5 en Itunes.

Tensiones dinámicas

Mykki Blanco. Ha desfilado por Soy en más de una ocasión y sigue haciendo méritos para volver a sus páginas. Después de un disco debut que llevó el nombre que figura en su documento, Mykki amagó con abandonar los escenarios, intento que para placer nuestro y ajeno no prosperó. Como segundo anticipo de su inminente segundo álbum se escucha “The plug won’t”: ni la noche, ni las drogas ni el mismísimo dealer, pueden ocupar el vacío que deja un mal novio.

La publicación Advocate entrevistó hace poco al rapero y productor Mister Wallace, que acaba de editar su ep Faggot (en inglés, Marica). Lo que inicialmente fue una fiesta organizada junto a un amigo, también rapero, evolucionó en el sello discográfico independiente Futurehood, que se concentra en voces emergentes del rap y el hip hop queer. “En lugar de esperar a que nos encuentren o descubran o acepten, decidimos que no, que íbamos a contar realmente la historia que queremos y a hacerla pública nosotros mismos”. En el panorama imaginado por Advocate, Wallace y otras caras del rap diverso van encontrando sus sitios en el mainstream. “Son los esfuerzos de un movimiento por redefinir lo que es el hip-hop y quiénes lo hacen”, se explica.

Desde nuestras páginas, y en más de una oportunidad, hemos destacado la irrupción encandilante de artistas del rap queer que, según pronosticábamos con furor, contaban con el potencial necesario como para atravesar su propio nicho y conocer una aceptación indiscutiblemente masiva. Hemos nombrado las fantásticas lenguas de malditas como Syd tha Kyd, Mykki Blanco o Bootz Durango. Veneramos a Le1f y su imaginería pre Pokémon GO, que empleaba chongos caucásicos con caretas de Pikachu a modo de banquetas. Citamos a Brooke Candy antes de que perdiera toda esa gracia que, hoy, parece haber durado lo que algún ajuste de rimmel nomás.

¿Cómo fue que alguna vez creímos en la promesa del queer rap atravesando los límites que le impone la industria? En el tiempo, la pregunta se expone mal formulada. Lo en realidad crucial no era, ni sigue siendo, cómo alguno de aquellos nombres o cualquier otro habrá de lograr esa supuesta hazaña sino, más bien, qué motivos existirán para que nosotrxs como público deseemos que algo así ocurra. El de Big Freedia/Beyoncé es otro ejemplo del poderío pop digiriendo los fragmentos de la cultura que le resultan más atractivos o, mejor dicho, más útiles, y estableciendo a la vez toda la distancia necesaria entre ambos universos de pertenencia.

También es un caso que nos puede ayudar a pensar que toda esa potencia rupturista y contestataria con la que lxs mejores MCs nos escupen la cara de rimas puede llegar a ser, para unx raperx queer, algo que apaciguar o, incluso, silenciar, como estrategia de asimilación. Y es posible que este sistema de tensiones, un sistema en el que el imaginario eminentemente machista del hip-hop sigue sosteniendo con nuevas tretas semánticas las mismas obsesiones de siempre, se convierta en un eje de impulso cada vez más potente en la creación del discurso y en la producción musical de las sucesivas camadas de artistas del rap pertenecientes a sectores históricamente desplazados, como en este caso lo son las minorías sexuales y étnicas.

Quizás sea más interesante, por una vez, que las cosas no cambien.

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Kiddy Smile. La Kiddy rapea pero no hace rap, sino que se dedica al género que Azealia Banks llamara witch hop: bases house o tecno más o menos oscuras combinadas con slang de drag queens e imaginería queerísima. Es un subgénero que mucho le debe a la música de ballroom, esto es, aquella que suena en las competencias de voguing. El video flamante de Kiddy, del track “Let a bitch know”, muestra a un ejército de mostras reclamando el espacio común de un complejo de monoblocks. Entre voguers, travas ninja y vandalismo descarado, dos superchongos se yiran de la cancha de basket al primer subsuelo del estacionamiento.
 
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