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Viernes, 26 de agosto de 2016

CINE

DESNUDO CUIDADO

Entre piscinas, calzoncillos y mallas mojadas, Taekwondo, de Marco Berger y Martín Farina, observa en detalle y sin bajada de línea los rituales homofóbicos enraizados en la clase media.

 Por Diego Trerotola

A fines de la década del 50, dentro de la entonces expansiva sexploitation, existió una serie de películas de campos nudistas en el cine estadounidense, que evolucionaron hasta ser todo un subgénero llamado nudie, un primer coqueteo de la cámara con los genitales de cada intérprete que desembocará luego en los planos quirúrgicos del porno. Las narraciones de las películas de campos nudistas eran siempre más o menos calcadas: una persona ajena a las ceremonias del nudismo, generalmente una mujer, es invitada a ingresar a uno de los campos donde, como un edén impúdico al borde de la civilización (sin hojas de parra bíblicamente censoras), cada quién anda como vino al mundo. Las nudies eran películas de iniciación a la vida en culo, pero también una invitación a ejercer el voyeurismo al máximo: fetichismos por la carne sobreexpuesta, parafilia en pantalla grande. Como el punto de vista del relato seguía a un personaje que se asombraba de algo tan fútil como andar desnudo, todas estas películas tenían una cierta candidez, cuando no eran de una ingenuidad disparatada, que transformó a este subgénero en un colmo de lo camp (lo que cierra el círculo tratándose de historias que transcurren en un nudist camp). El erudito cineasta queer Frank Henenlotter, en un par de documentales como That’s Sexploitation! (2013), compiló y celebró toda la delirante energía camp de estas películas, desnudando aún más las retorcidas ideas que provocaban que un desnudo sea, por suerte, lo menos artístico y justificado posible. Como las nudies casi no existieron en la cinematografía argentina (exceptuando algunas inéditas por la censura y otras muy tardías), la llegada de Taekwondo, de Marco Berger y Martín Farina, se puede considerar casi, aunque pareciera que involuntariamente, una reinvención vernácula de este subgénero.

Nido de chongos

Con su casaquinta transformada en spa, Fernando (Lucas Papa) pasa los días vacíos del verano con sus amigos de siempre, de toda la vida: un grupo de puros pibes clasemedieros en ese lugar oscilante entre la adolescencia y la juventud. Amistad viril al desnudo, literalmente: todos en cuero y muchas veces “en pija”, en roce casual, constante, impúdico de cuerpos magros y homogéneos, alguno con alguna marca del gimnasio y algún tatuaje cool para no ser confundido con marca tumbera. El que es invitado a vivir la experiencia como un neófito es Germán (Gabriel Epstein), reciente amigo de Fernando, quien participa de esa vacación con una perplejidad glacial, como controlando la pulsión homoerótica de estar en un nido de chongos. Entre sillones, camas, jacuzzi, sauna, pileta y pasto, entre el fasito y el vino, atrapado en medio de la homofobia y la misoginia naturalizada, entre bultos de calzoncillos y mallas mojadas, Berger y Farina hacen una película de la iniciación de un gay a ciertos rituales de la sobreexposición viril, como si actualizaran ese subgénero de campo nudista, como la misma mirada un poco cándida. Y hay mucho en Taekwondo de fiesta fetiche por la pija muerta, que en este contexto es más viril que la dura, porque implica la confirmación de que se es bien chongo si no se te para con tanto cuerpo exhibido, tanta desnudez masculina. También hay algo de conseguido costumbrismo machista en los diálogos: “¿...qué es eso de la fantasía que entrás a un bar gay, a un boliche gay, y te van a mirar todos, se te van a tirar todos encima? Mentira. Los putos son más histéricos que las minas”, dice el mismo personaje que tranquiliza a sus amigos homofóbicos diciendo que si hay “más putos, más minas para nosotros”. La película observa en detalle y sin adjetivar los rituales homofóbicos enraizados en la clase media, con los mismos ojos de Germán, que asiste a todo esto como testigo mudo, sin interceder ni alterarse ante insultos entre chongos como “puto comeverga”, como si su educación de clase ya lo hubiese acostumbrado a esos rituales homofóbicos o como si eso adosara un plus erótico, porque implicaría conquistar un territorio impropio, un cuerpo inalcanzable, al vencer la resistencia heterosexista del chongo. El contraste entre los cuerpos, la orientación sexual y la ideología parece mínimo, Taekwondo es un relato de diferencias mínimas, pero que cristalizan niveles altos de ideología reaccionaria naturalizada: como lo que implica llamar “Gordo” a un personaje con un físico de rugbier y ni un gramo de grasa. La película activa así una rara mímesis, la diferencia entre gay y chongo se licúa, pero no para probar que son iguales con las políticas bienpensantes de la igualdad, sino para exponer un mismo esqueleto que atraviesa ciertos procesos eróticos y de clase. En medio de esa homogeneidad, donde por momentos la película se pierde hipnotizada y el erotismo se disuelve un poco en pose viril de gimnasio, una escena ilumina todo como una molotov: entra en escena la loca deslenguada y hace la diferencia. Cuando Sebas (Christian Chapi), amigo de Germán, cae en la casaquinta a traer porro, los chongos piensan que tiene “pinta de malandra”, una forma antigua de decir que reflota el viejo estigma del puto como criminal. Y en tres diálogos, con una eficacia actoral sin subrayados, Chapi explica la imposibilidad de participar de esos rituales caretas, del disimulo, de la pose histérica: “Che, yo entré y cuando vi todos los chongos en la pileta casi me muero. Uno, el rubio grandote, vino en calzones, se puso en pija y se calzó la malla que estaba ahí arriba de la reja. Me puse loca. ¿Sabés que me decían? Metete a la pileta; me llego a meter y las piernas se me hacen cola, me convierto en sirena y quedo toda expuesta.” Cuando todo parecía perdido entre bultos fetiches que se multiplicaban en el letargo del calor, aparece la loca como ser mitológico para agrietar la solemne rigidez de lo viril encapsulado y el homoerotismo de vestuario de gym, para ser pura transformación camp que quiebra el límite de ese paisaje con su lengua marcial, como un golpe de karate. Y gracias a ese momento, tanto la película misma, como los chongos y gays que la pueblan, quedan a la intemperie para dejar de jugar, literal y metafóricamente, a la escondida. Piedra libre para todos los compa.

Todos los días a las 16.10 y a las 21 en el Espacio INCAA Gaumont, Av. Rivadavia 1635

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