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Viernes, 7 de octubre de 2016

MI MUNDO

Lodo sobre mis madres

Las súper mujeres, las adoradas de la pantalla, las divas de ayer y mañana constituyen una verdadera institución marica. La loca se mira en ellas como en un espejo fotoshopeado. Las últimas declaraciones de Susana Giménez habilitan un análisis sobre qué encierra esa mirada.

 Por Alejandro Modarelli

Misterios del carisma y a la vez acreditación de unas vidas signadas por un origen social bajo sospecha, las batallas contra las limitaciones sexuales y afectivas impuestas a su género y el ascenso triunfal al Olimpo plebeyo, donde el pueblo las instala después de la unción en la pantalla: Las Ellas, las Doñas, las Divas. Cada una con sus particularidades pero tocadas por un mix de dicha y de tragedia, menjunje existencial del que el común cree hurtar un poco, por delegación, para su propia cosecha. Dueñas de un goce siempre puesto en tensión bajo los focos. Una pose en la vida y frente a un espejo que, como el de mi pequeña madre, me conducía al país de las maravillas. ¿Qué es lo que hace de las Ellas ese mismo espejo victorioso, ese recorte familiar, donde las maricas empezamos a mirarnos desde que nos probamos por primera vez, así como al pasar, el rímel y el rubor?

Ver la transfiguración momentánea de mamá, ese proceso tan mágico del maquillaje y el peinado que se infla, las pestañas postizas y las lentes de contacto duras. Esa manera de hacer desaparecer las grasas en el vestido y bajo el corpiño, me provocó un embarazo de hembra cuyo fruto me negué a abortar. El reproche que me suelo hacer es qué hembra extraordinaria elegí idealizar en el propio vientre, que las derivas ideológicas y políticas, más tarde, me convocaron a repudiar. ¿Las locas buscaremos en esas Madres del Show venerables redimir o sustituir a las propias madres, objeto de nuestro deseo originario y mimético, que muy pronto se nos develan demasiado corrientes, demasiado humanas? Sé que corro el riesgo de acercarme peligrosamente a un texto de Freud sobre el niño neurótico, La novela familiar.

Como diría Pedro Lemebel, cada vez que las luces se encienden en público, las locas de cierta edad hemos sacado del propio interior una María Félix o una Sarita Montiel, una Liza Minnelli o una Barbra Streisand. Cosmopolitas e indiscutibles, fuimos formando a través de ellas gestos, simulacros, independencia e ironía. Sus biografías cuentan, en cierto modo, mucho de nuestro paso a través del Mar Rojo de la Mostra, cuando decidimos devenir parias rebeldes y orgullosas. Con todas las variantes del gusto que imponen los estilos y el mercado sobre las nuevas generaciones –el star system es ahora un pálido efímero reflejo de su pasado–, los gays nunca dejamos a solas a sus divas así como no dejamos solas a nuestras madres. Del viejo varieté donde las drags hacían el playback siguiendo los movimientos teatrales de sus modelos (enseguida me viene a la memoria el célebre Teleny en la calle Juncal) hasta las maniobras anatómicas delirantes de algunos grupos clowneros de hoy, herederos de la sensibilidad Urdapilleta, en todo siguen estando Las Ellas. En realidad nos pertenecen a puro canibalismo ritual, más de lo que nosotros les pertenecemos.

Es cierto que llegó el ahora líquido de las estrellas, por usar un término remanido cuando se habla del ocaso de esas instituciones afectivas, y en YouTube se reproduce por miles o millones un video donde la marica favelera, con dos ladrillos como tacos, hace la Lady Gaga o la Spears, para pronto sustituirlas. Ya nada es lo que era, nos fuimos secularizando y hasta la diosa Madonna envejece perdiendo adeptos. Porque hay que reconocer que ninguno de esos modelos de masas transitorios tiene asegurada parcela en el Olimpo. El Olimpo de las Verdaderas Divas pertenecía a un universo religioso, cuando la fe se sobreponía a las vicisitudes del capitalismo tardío, pura aceleración del tiempo y licuación de subjetividades.

Orgullo nacional

En el patio trasero del star system los argentinos forjamos una Zully Moreno, una Legrand, una Sarli, y un poco más tarde, a Moria Casán y a Susana Giménez. Eva Perón giró de actriz al estadio de la política elevada a misticismo, y sin necesidad de un Martín Fierro de oro: ella subió de verdad al cielo en cuerpo y alma, con la construcción previa de inmensa figura popular (Perón se ufanaba injustamente de ser su Pigmalión, del mismo modo que Armando Bó con la Sarli y Tinayre con Legrand). Fue la vía regia de acceso al inconsciente colectivo. Su cruce con el espectáculo le sirvió para convencer mejor que nadie sobre un proyecto de país encarnado por su esposo para la posteridad, y su martirio tuvo los elementos sacros necesarios para catapultarla a mito internacional.

El vínculo de las locas con las divas tuvo sus iras y decepciones; sus divorcios. Paco Jaumandreu (que según Noy quería ser Evita) se le paró de frente a Zully Moreno cuando la actriz se burló de los maricones en su presencia. Después de pasar revista por todos los oficios que hacen de la estrella precisamente eso, le espetó: “Usted necesita de los homosexuales y no ellos de usted. Si usted piensa tan mal de ellos, no debería usar nada que salga de sus manos”.

La Moreno habrá sido ventrílocuo del sentido común de un machismo transhistórico, que tiene ahora mala prensa, aunque mucho menos la tiene su práctica. Es que no se le puede pedir a una diva discreción, si lo suyo es el desborde. Pero sí debemos exigirle fidelidad. Y esto es lo que incluso a muchos gays devotos suyos molestó de Susana Giménez en su última boutade televisiva: mejor mujeriego que homosexual (mejor pija en mano que cien volando). En cierta manera resulta lógico en su esquema de género donde lo bi no convence, basta con ver sobre el escritorio a su musa Rita Hayworth en Gilda, célebre por el cachetazo del macho que la enamora. Un varón (como lo fue Monzón) que la venera hasta el castigo, y un cenicerazo contra otro muy mediocre que la cansó, servirá siempre a su leyenda de mujer fatal. Como se escribió en el último Soy, la diva sacó sus cuentas venéreas y terminó metiendo la pata. “Se imaginan que nunca quise ofender a nadie, menos en cámara. Si todos mis amigos son gays”, se disculpó al pasar el domingo pasado. Cuando había “hablado sin pensar” habló a la vez de una sociedad que bosteza cuando se reflexiona demasiado, y para la cual la espontaneidad se está volviendo crueldad.

Como Moria, Susana jamás esquivó el bulto al sexo y sus rumores y, como a Mirtha, las infidelidades del penúltimo marido le añadieron un blasón de sufrimiento bien administrado: tuvieron siempre a un hombre dizque heterosexual en la cama, a un mujeriego que así lo certifica, mientras que en el camarín de la vida está el otro elemento masculino, mucho más complaciente: la marica-oreja, la marica-mascota, la marica-bromista enjugándole las lágrimas mientras pone en funcionamiento la maquinaria cosmetológica.

Pero no todo es glamur y sensualidad en el universo Giménez. Su manera de ser “apolítica” (así se define) está impregnada de burradas sobre la cosa pública. El público toma la bárbara frescura de Susana (ella nunca es del todo responsable de sus evacuaciones verbales) con la misma espontaneidad con la que hasta hace poco tomaba el decir del vecino en la dictadura. La ley del talión que ella defendió cuando asesinaron al florista amigo (sin que mencionase que se trataba de un crimen homofóbico) es la norma clandestina que reemplaza a la ley escrita que sobra y a los derechos humanos que joden. Susana pontifica sin querer queriendo, y es hoy legión la consigna de que quien mata (casi siempre un pobre) tiene que morir. Convertida por supuesta amistad con Macri en activista de la causa neoliberal, Susana olvida minuciosamente hablar de sus efectos sociales, tanto como de sus travesuras de contrabando y las estafas al fisco, o la fortuna originada en la patria declamada y escondida en su patria verdadera que es Miami.

Aprovechando el proceso de secularización por el que está atravesando el vínculo de las maricas con las divas, no debemos perder la oportunidad de oponer reflexión al “hablar sin pensar”. A diferencia de lo que se vio en estos días, criticarla por lo que calla, más que por lo que dice. Adoptemos una mirada crítica sobre las divas, del mismo modo que lo hemos hecho sobre nuestras madres. Para así poder analizar de qué material perecedero está hecho, en verdad, el collar que nos tiene hipnotizadas.

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