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Viernes, 21 de octubre de 2016

MI MUNDO > TODAS LAS VIDAS DE ALEJANDRA

Archivo Pizarnik

En el documental Alejandra, el amor tan buscado y tan negado en cada intento biográfico vuelve a aparecer como la eterna ausencia.

 Por Gabriela Cabezón Camara

Se la comió el personaje, podría pensarse. O no pudo nunca adaptarse al mundo. Esa parecía ser la visión de Pizarnik: “La para siempre seguridad de estar de más en el lugar en donde los otros respiran. De mí debo decir que estoy impaciente porque se me dé un desenlace menos trágico que el silencio”.

“Para que las palabras no basten es preciso una muerte en el corazón”: alguien recuerda esta línea y da la clave. Ahí está Pizarnik entera. Está la lengua, eso que construye el poema en tensión con todo eso que no puede decirse, la herida que no cesa, la muerte como única posibilidad de alcanzar otra orilla. Está su poética ahí, si se puede cifrar esa proeza de equilibrio entre la ruptura y la tradición -la ruptura, claro, eso de apropiarse de la tradición, meterle una carta nueva y barajar de vuelta-, ese portento de belleza, de fuerza inadaptada, esa voz que nos habló, tanto, y les sigue hablando, a muchísimas y a muchos también. De eso, de una poética y una poeta, se trata “Alejandra” la ¿película? que Virna Molina y Ernesto Ardito filmaron en 2013. La pregunta sobre la condición del audiovisual surge porque es claramente un producto, muy bueno, para televisión: lo visual es ilustrativo y se aclaran muchas cosas. Por ejemplo, se menciona a Jean Paul Sartre y en la pantalla se ve un cartel que dice “Existencialismo”.

El documental trabaja un sistema arbolado donde la vida y la obra de Pizarnik dialogan con el surrealismo, la tradición, las amistades, Buenos Aires, París, y los avatares políticos de la Argentina. La imagen de Pizarnik se multiplica en un caleidoscopio polifónico: la cuentan, entre otros, los entrevistados Cristina Piña, Ivonne de Bordelois, Antonio Requeni, Roberto Yanhi, Mariana Enríquez, Fernando Noy, su hermana Myriam y el director del servicio psiquiátrico del Pirovano de la época en que la poeta estuvo internada, Marcos Weinstein. La figura de Pizarnik se parte en varias: la niña eterna, la adolescente torturada, la desfachatada, la enamorada tímida, la maldita, la solitaria, la que no encajaba en este mundo. Para Ivonne Bourdelois su figura se asemeja a la de Kafka: se mantenía alejada de lo terrenal y mundano -aclara, Ivonne, que era una distancia involuntaria: era incapaz, Alejandra, de cosas que son sencillas para otros. Ir al banco, acordarse de pagar las cuentas. Esas cosas que, de no respetarse, pueden transformar la vida diaria en un infierno de burocracia punitiva. Trabajó en concebir una obra total, una que incluyera su propia vida: eligió, cuando eligió a los malditos franceses, ser una ella misma. Se la comió el personaje, podría pensarse. O no pudo nunca adaptarse al mundo. Esa parecía ser la visión de Pizarnik: “La para siempre seguridad de estar de más en el lugar en donde los otros respiran. De mí debo decir que estoy impaciente porque se me dé un desenlace menos trágico que el silencio. Feroz alegría cuando encuentro una imagen que me alude. Desde mi respiración desoladora yo digo: que haya lenguaje en donde tiene que haber silencio.” Así arranca su “En honor de una pérdida”. Con la oscuridad y la obsesión por la lengua que caracterizan toda su obra. Incluso la más lúdica, la última, esa que, dice su biógrafa Cristina Piña, escribía a pesar suyo, la de “Hilda la polígrafa”, la que se derramaba en hallazgos como “Total estoy: Tolstoi” o “La supieron los discípulos de Orgasmo, autor de una adamantina chupada de medias al loquero cuyo título mis pajericultos lectores conocen”. Para Manuel Mujica Lainez era una “Casandra chic”, poseedora de un conocimiento que nada le sirve para afrontar la vida tal como se le presentaba. El, tal vez, la entendía especialmente: vivía en el mismo mundo en que la bisexualidad y la homosexualidad “debían ocultarse”, como explica el psiquiatra Marcos Weinstein en el documental hablando de su paciente.

De amor, en el documental, y en la obra de Pizarnik, poco: alguna mención en su diario a su profesor el escritor Juan Jacobo Bajarlía, alguna línea de la carta que le manda a su amada Silvina Ocampo ocho meses antes de morir, “¿Por qué, Silvina adorada, cualquier mierda respira bien y yo me quedo encerrada y soy Fedra y soy Ana Frank? El sábado me choqué. Me duele todo. No me dolería si me tocaras”. Pizarnik escribió y amó en la falta, en el reverso de las palabras, esas que “no hacen el amor hacen la ausencia”.

Alejandra, de Virna Molina y Ernesto Ardito, se proyecta el miércoles, a las 14, en las Jornadas Pizarnik. Luego, habrá conferencias de María Negroni, Federica Rocco, Jorge Monteleone, Roberto Ferro y Daniel Link. En el Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415).

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