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Viernes, 24 de abril de 2009

Arte y política

28 años de pareja, dos matrimonios apócrifos –ni en México ni en la Argentina existe aún la chance de que dos mujeres se casen–, al menos cien canciones escritas a dúo y con la convicción política de que todavía hay lugar para la protesta, más la puesta de un cabaret andante y la creación de un teatro –El Hábito, donde Chavela Vargas volvió del ostracismo al que la había condenado el olvido hace ya 20 años– son apenas parte de la vida y la producción en común de Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez, dos mujeres que saben que amarse da trabajo, pero que el trabajo también es capaz de enamorar.

 Por Ada Melandri

Liliana Felipe, la cantante argenmex que el boca a boca –sobre todo entre lesbianas– fue instalando hasta convertir en misa pagana cada uno de los shows que esporádicamente hace en la Argentina, es una rara avis en esta época: como pocas –y pocos–, ella, junto a su esposa, la actriz y directora Jesusa Rodríguez, reivindica la canción y el arte de protesta, así, a la vieja usanza. Los derechos sexuales, la resistencia civil, la ecología, la defensa de las minorías, el feminismo, el anticapitalismo; todos temas de sus canciones, pequeñas performances que estas mujeres planean juntas y que son capaces tanto de arrancar lágrimas como carcajadas en un público que las reconoce y las adora, tanto aquí como en México. En los 28 años que llevan en pareja, Jesusa y Liliana se casaron dos veces y criaron dos perros salchichas (Lucho y Cirilo); giraron durante cinco años por Europa con una versión femenina del emblemático Don Juan de Mozart; compusieron obras de teatro y letras de 13 discos (la música sólo Liliana); montaron el cabaret El Fracaso, luego el teatro-bar El Hábito –impulsor y referente de la movida mexicana durante quince años, que además rescató del olvido a Chavela Vargas, la cantante mexicana que acaba de cumplir 90 años la semana pasada–, y actualmente pusieron toda la energía en el Movimiento de Resistencia Civil Pacífica, a partir de las últimas elecciones mexicanas que terminaron en un escándalo por fraude y dos gobiernos en paralelo. De esa militancia surgió el tema que allá y acá se está convirtiendo en himno: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”. Activismo-amor-vida cotidiana-arte para ellas son lo mismo. A lo largo del año pasado estuvieron dos veces en el país: una para cantar en el Espacio para la Memoria, en solidaridad con H.I.J.O.S. –la hermana de Felipe es desaparecida y su sobrina milita en H.I.J.O.S. Córdoba–, y la otra para participar de un festival en apoyo a la campaña para la despenalización del aborto. Incluso la gira de presentación del nuevo disco, Mil veces mil, apenas si da puntada sin hilo. Es que ellas prefieren la arenga a la promoción porque encuentran el sentido de componer en que la gente tenga material para cantar sus reivindicaciones. Hay algo del ‘70 en sus recitales-mitines, es cierto, pero con la diferencia del humor, lo más serio que tienen.

¿Cómo se conocieron?

Jesusa Rodríguez: –Yo estaba actuando y vi a Lili en el público: fue amor a primera vista.

Generalmente el público corre a los actores.

J.R.: –Yo corrí al público, pero sólo me enteré de que era argentina. Esa noche le dije a una amiga: “Hoy conocí a la chica con la que voy a vivir toda mi vida”. Pasó un año. Un día entró a la Escuela de Teatro donde yo ensayaba y pensé: “Ahí está otra vez”. Tampoco entonces me atreví a mucho más que preguntarle el nombre, pero ella tuvo que llamarme luego por un asunto del ensayo...

Liliana Felipe: –Ahí ya me había dado cuenta, llamé con otras intenciones, aunque tenía un motivo profesional.

Entonces fue todo inmediato.

L.F.: –No, pasó un tiempo, porque Jesu me dijo todo o nada y le dije que no, que yo era muy promiscua y quería seguir así.

J.R.: –Ella tenía novios, novias, los lunes, martes, miércoles; yo ya no quería saber nada con eso. Pasó como un mes, ella estaba cantando fuera de DF, la fui a buscar y ahí cambió su actitud; ya nos quedamos juntas.

¿Por qué cambiaste?

L.F.: –En detalle ya no me acuerdo...

J.R.: –Yo sí (se ríen).

Tenías novios también. ¿Es como dice la canción: “Cada cosa que ves es dos o tres”?

L.F.: –Todo eso.

J.R.: –Creo que a todos nos gusta de todo, después vas prefiriendo.

Ustedes hicieron un casamiento apócrifo, cuando no estaba legalizado.

L.F.: –En 2001 hicimos una boda que fue más una performance.

J.R.: –Es que la pareja presidencial de entonces, muy conservadora y católica, anunció que pediría al Vaticano anulación de sus respectivos matrimonios para casarse entre sí, y lo lograron: la plata que habrán puesto... Si ellos se podían casar, nosotras con más razón. Espíndola, un gran artista plástico, nos hizo unos trajes de papel...

L.F.: –No, antes tienes que decir que salimos a buscar vestidos de novia, pero como las mexicanas se casan a los 18 años, no nos entraba ninguno.

J.R.: –En la ceremonia hicimos la ópera Cándido de Voltaire, tiramos una Biblia a la basura, ofició de sacerdota Claudia Hinojo, una importante luchadora por los derechos lésbicos desde los ‘60, y tuvimos madrinas múltiples, hasta el diablo nos bendijo. Nos divorciamos ese mismo día.

L.F.: –Ahora tenemos la unión civil, que existe allá desde hace poco.

¿Cómo fue para vos, Liliana, ser lesbiana o bisexual en los ’70, mientras viviste en la Argentina?

L.F.: –Acá no se asumía cuando yo estaba (hasta el ’76), pero nunca lo oculté y no tuve problemas, tampoco con mis padres. Puede ser que tenga un recuerdo idílico, yo era la joven promesa musical de Villa María, todos me querían y lo asumían, o eso es lo que me inventé en el recuerdo.

J.R.: –Es que Liliana tiene unos padres especiales, la educaron en la franqueza, con libertad; yo en cambio vengo de una familia católica, muy cerrada en el pudor, la clase media mexicana en general es así: todos cogen con todos pero que no se note, si no se muestra está bien, incluso la homosexualidad.

L.F.: –Ahora sí se ven parejas besándose...

J.R.: –Pero sólo las jóvenes, no maduras, a no ser en los actos específicos. Yo al principio hice escenografía muchos años y en los grupos de tramoyistas, grupos de machos que se comportan como tales, tenía más problemas por ser mujer y joven que por lesbiana.

L.F.: –Luego, Jesu y yo hemos sido una pareja muy productiva, hemos generado trabajo alrededor, quizás eso te conecta pronto o de otro modo, la gente te quiere, nunca tuvimos que dar explicaciones.

¿Qué las mantuvo 28 años juntas?

J.R.: (A Liliana) –Ni un día más, te lo advierto.

Ah, ésa es la fórmula, día por día.

L.F.: –Como en Alcohólicos Anónimos, cada día dices sólo por hoy (se ríen mucho).

¿Qué sostiene el amor?

J.R.: –Primero esa flama incomprensible que te llevó a esa persona y no a otra y no sabes por qué. Luego el trabajo de todos los días, hay que sortear las dificultades, pero lo que te impulsa a sortearlas es aquello primero e incomprensible.

L.F.: –Las diferencias también, nos hacemos necesarias una a la otra, o complementarias, a mí me gusta cocinar y a Jesu no, yo soy muy inútil para destornilladores, arreglar cosas, y ella puede con eso. Y si leemos la misma noticia en el diario a mí me interesa cómo organiza ella el pensamiento, también con las obras de teatro y ahora con los actos políticos; yo soy muy dispersa, ella me estructura, me contiene.

J.R.: –Una de las cosas más gozosas que recomendaría a las parejas es leer juntas en voz alta; nosotras decidimos qué libro, en este momento Tratado de ateología, de Michael Lonfrey; leímos capítulo a capítulo El Quijote, Las mil y una noches...

El nuevo disco se basa en Las mil y una noches. ¿Por qué?

L.F.: –Porque debería ser un libro de educación sexual en los colegios, tiene una libertad que no hay en Occidente. Se supone que hay varias autoras en él. Recomiendo volver a leerlo, pero en una versión no censurada.

J.R.: –Cómo el mundo islámico puede tener esa tradición maravillosa y a la vez tanta represión con las mujeres. El Decamerón no llega a esa imaginación, libertad y locura. Cuando hicimos el cuento de la mujer que hace el amor con un negro y con un orangután, unos estadounidenses lo tomaron como discriminación racial.

Eso dice más de ellos que de ustedes...

L.F.: –Primero hicimos una obra de teatro, el disco es sólo la música. El detonante fue que apuñalaron a un amigo por puto, en Querétaro. Así es que llevamos la obra a todas las regiones más cerradas de México para concientizar sobre vivir el erotismo con alegría, con libertad.

¿Va en esa línea ese tema de “si los sexos verticales, transversales...”?

J.R.: –En Letra S, una publicación relacionada con el VIH, leímos: “La homosexualidad ha sido un chivo expiatorio de todas las épocas, para los occidentales es de los orientales, para los burgueses es de comunistas, siempre es del otro”.

L.F.: –Para el aceite son cosas del vinagre, para el azúcar problemas de la sal.

Uno de los CDs se llama Lilith y habla del segundo fracaso de Dios. ¿Cuál es el primero?

L.F.: –El. Me impactó la historia de Lilith (soy Liliana), es la que se te aparece cuando tienes orgasmos nocturnos sola. La sobredimensión del culto a María fue para eliminarla, estaba muy arraigada y es la que trae el conocimiento, que es el diablo.

Las brujas...

L.F.: –Sí, ese conocimiento femenino al que temen los hombres y la Iglesia que empieza con sus instrumentos de arrancar clítoris, toda esa locura rompeútero de la Inquisición... Siento que ahí se detiene la civilización, cuando matan la transmisión oral de salud, hierbas, canciones... Esta Iglesia no ha cambiado, es hasta demasiado obvia en su intento de posesión del cuerpo femenino.

Vinieron a apoyar la despenalización del aborto...

L.F.: –En México se logró porque se empezó a hablar del tema, y así pasamos de 1500 muertes en un año a una sola y por otra razón. Me entristece que Cristina Fernández, siendo mujer, no lo apoye. Ella o yo podríamos pagar un aborto en una clínica con condiciones higiénicas. Es sobre todo un problema de mujeres pobres, que además tienen menos acceso a la anticoncepción y más desamparo para ser violadas. No tiene nada que ver cuando lo comparan con despenalizar la droga, nadie se hace un aborto por gusto. Y sí es una decisión; las que tienen que opinar son las mujeres, es su cuerpo.

Están en un accionar más directo. ¿Por eso dejaron El Hábito?

L.F.: –Cuando 300 mil personas murieron de un sopetón en el tsunami, también después de haber dado talleres a unos 20 grupos de unas cien mujeres indígenas campesinas cada uno, se vaciaba de sentido quedarnos encerradas en una vanguardia que de algún modo ya piensa como una y a la vez no tiene la fuerza de esas mujeres indígenas. Sumado a que quince años de trabajo nocturno es agotador, cuando quieres ir a dormir están todos enfiestados y a la mañana te tienes que levantar igual a administrar y hacer compras. Pero sostuvimos el teatro sin pedir subsidios ni ayudas nunca a ningún tipo de organismo, así es que se puede. Ahora se lo pasamos a un grupo de chavas: Las Reinas Chulas.

Ustedes relanzaron a Chavela Vargas en El Hábito. ¿Ella es una precursora?

L.F.: –¿De la lucha lesbiana me dices? No, no me parece...

J.R.: –Ella nunca lo había dicho públicamente, aunque luego dijo que sí. Es un símbolo porque todo el mundo lo sabía, pero entonces no se decía, estaba implícito.

L.F.: –Como cantante sí es un símbolo para mí, por eso la convencimos de hacer cuatro fechas cuando ya había dejado de cantar; se colmaba, continuó por dos años.

Leí en algún reportaje que también Liliana había dejado la música y Jesusa le puso un piano por ahí para tentarla...

L.F.: –Estaba muy enojada por todo lo que pasaba en la Argentina y sentí que ser concertista de piano era pequeño burgués y que no servía para nada.

J.R.: –Tenía que ver con lo de Esther (su hermana desaparecida en el ’77 junto con el marido). Sí cantaba en grupos con guitarra, flauta; cuando la escuché, me enamoré más. Pero le dije que quien ha querido al piano nunca lo deja; renté uno y lo dejé en la sala, le dije que porque me gustaba como mueble, y ella volvió poco a poco a tocar.

¿Por qué te fuiste del país?

L.F.: –En enero del ’76 fui con un grupo musical a Perú a dar unas funciones; ahí me encontró marzo y el golpe en la Argentina, desde lejos te dabas más cuenta del infierno y ya decidí no volver. Tenía 22 años, seguí viajando, como en Diario de motocicleta (la película de Walter Salles sobre la juventud del Che Guevara), pero a pie: Ecuador, Colombia, Venezuela... Fui a México a visitar a una amiga y me enamoré de ese país, me quedé. “Amigo mío, cierra tu tienda y vete a otro lado”, dice un texto de Las mil y una noches que musicalicé; los que tengan que irse de su lugar por las razones que sean se van a sentir bien con esa canción.

¿Cómo fue el recital en el Espacio para la Memoria, ex ESMA, que dieron este año?

L.F.: –Demasiado, había estado hacía unos meses y todo lo que vi y sabía se me vino encima en el recital, era como invocar a los demonios y a la vez exorcizarlos. Pensé que no iba a poder continuar, no podía respirar, es que las cosas no se limpian, siguen las presencias, los humores, lo que se vivió ahí. Pero si dejaba que me ganara la emoción tenía que bajar del escenario e irme, así es que me concentré en recordar las letras, tocar el piano, cuando bajé sentí un gran vacío, como si me hubieran golpeado en los oídos y estuviera en shock.

En “Las histéricas somos lo máximo” dicen: “Ya no sé si poner punto final o ponerle punto G”, o sea que una represión...

L.F.: –Es todas las represiones, efectivamente.

Y todo lo dicen siempre con humor.

J.R.: –Fíjate que cuando se habla de sexo, ya sólo por eso la gente se ríe, es una forma de la represión, está acostumbrada a que debe ser tratado desde la picaresca; nosotras hacemos un humor que habla libremente del sexo. También porque la gente ya tiene tanto dolor que no quiere más, a través del humor puede escuchar.

Y el enfoque del tango, Liliana, porque hiciste un CD, ¿no te parece machista?

L.F.: –Sí, sobre todo por eso de mi mamita (acompaña con dramatización de piedad, sobreprotección y devoción)... pero es que me obligaron (se ríe mirando a Jesusa).

J.R.: Yo se lo pedí, me parece que el tango es tan bueno que excede eso, como el bolero. Además, algunos no son... ella admira mucho a Discépolo.

En las canciones también hacen referencias a la ecología: las iguanas, las ballenas, las corridas de toros.

L.F.: –Siempre digo que soy una cabaretera culta, clerofóbica, antitaurina. En mi vida trato de cuidar el equilibrio ecológico, todos debiéramos hacerlo. En la Argentina nos desespera ver cómo se desperdicia aquí el agua, porque en México no hay. Pero, allá, cómo se trata el tema en los medios es una falsedad, las compañías transnacionales son un monstruo que degrada todo y son las que hacen las propagandas: “Cuida el agua”.

¿Cómo fueron aquellos talleres con campesinas indígenas?

L.F.: –A través del Instituto de Seguro Social, que tiene clínicas en todo México. Yo era la maestra de música, por la mañana escuchábamos sus charlas con la psicóloga social y con el grupo de teatro lo representábamos por la tarde. Había que tener estómago para lo que oíamos, moneda corriente la violación por las clases dominantes y sus agentes; pero en estos talleres podían hablarlo y comprender que no eran las únicas, salir del círculo cerrado.

¿Hay vacas sagradas?

L.F.: –Hoy, Doña Rosario Ibarra de Piedra, una luchadora mexicana muy íntegra.

J.R.: –Si lo preguntas irónicamente, por suerte se está viniendo abajo la importancia de una diva de Hollywood al lado del interés que cobra un documental sobre alguna vida particular, más que personas hoy se está desacralizando una mirada.

Este disco cierra diciendo: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”. ¿Será eso?

L.F.: –Esa es la base, cuando nos reímos de algún gobernante, cuando el pueblo empieza a hacer chistes de él, le pierde el miedo. Por eso, aunque nuestros familiares no tuvieron la misma oportunidad, son importantes los juicios a represores aquí: cuando te plantas, los echas, por eso se resisten. Esa frase... tenía una melodía que me taladraba el cerebro y sabía que era una canción sobre los desaparecidos, las muertas de Juárez y acontecimientos similares; un día leo en una carta escrita por alguien del Movimiento: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, y le dije a Jesusa: “Esta es la frase”. Ahora siento que esta canción la necesita la gente.

¿Te referís al Movimiento...?

L.F.: –De Resistencia Civil Pacífica, Jesusa es un miembro muy activo, yo no soy tanto de salir a la calle, participo como compositora, la gente necesita tener canciones que sepan transmitir las luchas. Me satisface mucho que mis canciones sirvan, a veces las cantan y no saben quién las compuso y no me importa.

J.R.: –Consideramos legítimo el gobierno paralelo de López Obrador; el otro, reconocido “oficialmente”, llegó por fraude...

L.F.: –Impuesto por la Coca-Cola, Bush, la Iglesia y todos los intereses que lo necesitaban. Y nunca hubo un movimiento tan insultado como el nuestro, o sea que parte de esos intereses son los medios de comunicación. Ahora las dictaduras son económicas.

“Tú me prestas a tu hermana, yo la vendo en carnaval y a la corta o a la larga se la cobro a tu mamá”...

J.R.: -Sí, eso hace referencia al Nafta, que fue la entrega del país, ese invento de EE.UU. para beneficiarse de Latinoamérica y perjudicarla.

L.F.: –Préstame a tu hermana es la peor provocación a un mexicano, va más allá de ofender a la madre, es terrible.

Un tema de ustedes que habla de las soldaderas cita a Poniatowska: “La Revolución Mexicana trató mejor a los caballos que a las mujeres”

L.F.: –Por eso la revolución en que creo es la de las conciencias. Hay que tratar de ser cada vez mejor persona.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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