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Viernes, 5 de junio de 2009

Las técnicas del miedo

Existen, aquí y ahora, organizaciones dedicadas a “curar” la homosexualidad, aun cuando se cuiden muy bien de usar la palabra enfermedad para definir cualquier orientación sexual que no sea hétero. Estrafalarias, ridículas o equivocadas, lo cierto es que sus métodos violentan y vulneran a personas que suelen llegar hasta allí presionadas por la homofobia que las rodea, el único verdadero mal al que se debería dedicar cualquier esfuerzo “curativo”.

 Por Mariana Enriquez

El chico que busca una consulta con el grupo Retorno a la vida está un poco sorprendido por cómo se arregla la cita terapéutica: le recuerda a un levante. “Concerté una cita el sábado a la tarde en una esquina. El creyó conveniente pedirme una descripción física y darme la suya para reconocernos, casi como si se tratara de una cita a ciegas. ‘Yo mido 1,75, soy castaño, de rulitos, flaco para ser gordo y gordo para ser flaco’, me dijo.” “El” es asistente de una de la terapeutas que coordinan los grupos de Retorno a la vida. ¿Y qué se hace en esos grupos? Algo tan estrafalario como equivocado y cruel: intentar cambiar la orientación sexual de las personas homosexuales, y “devolverlas” a la heterosexualidad. “El ministerio se llama ‘Retorno a la vida’ justamente por eso: porque hubo algo que te llevó hacia la homosexualidad, y nosotros creemos que tenemos que desandar ese camino para ir por el lugar que corresponde. Y por eso nos llamamos así: porque retornamos a nuestra identidad perdida.” Retorno a la vida es un grupo cristiano evangélico que, según enuncia el sitio iglesiaenmarcha.net, “ayuda para la recuperación del homosexual”. Fue fundado hace 11 años por la Dra. Mabel Borghetti y profesionales de la salud de diferentes áreas. Pertenece a Acaps (Asoc. Cristiana Argentina de Profesionales de la Salud), entidad afiliada a Aciera. Según cuenta la Dra. Borghetti, “Retorno se creó en octubre de 1994. Lo formamos un pequeño grupo de profesionales que teníamos el deseo de asistir a las personas con esta problemática. Nuestra experiencia clínico-asistencial nos permitía considerar que era una conducta que, con tratamiento adecuado, puede ser revertida”.

Revertir, reparar, reencauzar. Son las palabras favoritas de quienes quieren devolver al redil a las ovejas descarriadas. Uno de los asistentes de la Dra. Borghetti se lo explica así a nuestro joven en busca de reencauzamiento: “A la homosexualidad no la entendemos como una enfermedad, aunque todo lo que es curable es, de algún modo, una enfermedad. Pero nosotros no decimos que es una enfermedad. Es un trastorno de la identidad, no una enfermedad. Y tampoco logramos que la persona cambie en un 100 por ciento. Es decisión de la persona retomar el camino natural de un hombre. Pero está en uno querer cambiar, poner la fe en Dios para poder salir de eso, y poner lo mejor de uno en la terapia. Nosotros no hacemos magia. Es un trabajo en el que nosotros damos una serie de herramientas, pero el que da tanto el querer como el hacer es Dios, en realidad. Además, el hecho de trabajar en equipos terapéuticos y ver reflejada tu problemática en otras personas con tu mismo problema te va a ayudar a ver que hay otras maneras de transitar tu camino”.

Retorno a la vida, quizás el más conocido entre los grupos que buscan la “recuperación” de los homosexuales en la Argentina, recibió hace unos diez años el apoyo de los norteamericanos Exodus, pioneros en la materia. Aseguran tratar a unas 30 personas por año y lograr una recuperación del 70 %. Pero, ¿cuál es el origen de estas terapias innecesarias y homofóbicas?

Los que reparan

La llamada “terapia reparativa” es hoy la favorita de los ministerios cristianos, pero en realidad comenzó por impulso de psicólogos en la década del ’60. Los voceros más importantes fueron Irving Bieber y Charles Socarides, ambos norteamericanos, ambos convencidos de que la homosexualidad era patológica y posible de cambiar. De los dos, Socarides es el más importante por varias razones: primero, en 1992 fundó Narth, la National Association for Research and Therapy of Homosexuality, es decir, la Asociación Nacional para la Investigación y la Terapia de la Homosexualidad –que sigue activa y creciendo hoy–; por otro, su hijo mayor, Richard, es abiertamente gay y fue el asesor principal para las Relaciones en Asuntos Gay-Lésbicos durante el gobierno de Bill Clinton, cosa que le causó unas cuantas contradicciones y airadas discusiones especialmente en los últimos años de su vida (murió en 2005). Socarides podía ser terriblemente ofensivo: por ejemplo, alguna vez escribió que el asesino serial Jeffrey Dahmer era un ejemplo extremo del “tipo homosexual”. “Todo homosexual que quiere incorporar el cuerpo de su amante masculino está usando el mismo mecanismo: la incorporación. La mayoría de los homosexuales se contenta con hacer esto simbólicamente. Dahmer era psicótico y llevó su desorden homosexual más allá de los límites”, decía. También lo disgustaban las cátedras de estudios gaylésbicos en universidades norteamericanas. Decía: “Creo que los estudiantes están obteniendo información mala y también desinformación en cuanto al sexo homosexual. Y con frecuencia, en nombre de dos modas contemporáneas: la diversidad y la democracia. La academia ha comprado la diversidad a cualquier precio, incluso hasta la ruina de la propia idea de la universidad. Sólo hay que pensar en las palabras. Diversidad es el opuesto exacto de universidad. La universidad habla de un todo. La diversidad implica división. Así que ahora están poniendo patas para arriba siglos de civilización intentando institucionalizar las relaciones íntimas entre personas del mismo sexo”.

Hasta aquí un breve retrato del personaje. Un poco sobre la asociación que ayudó a crear, Narth. En su impresionante sitio web (repleto de información) se definen como una organización profesional que ofrece “esperanza a quienes luchan con una homosexualidad no deseada”. Esencialmente, Narth abraza la mirada sobre la homosexualidad que prevalecía en los años ’50 y los ’60: que la “preferencia” resulta de un problema de desarrollo, especialmente en el fracaso del niño en la identificación con figuras adultas del mismo sexo. Es la más importante organización profesional en Estados Unidos que apoya la “terapia reparativa”: hay más, pero son muy pequeñas en comparación con el monstruo Narth, que además recibe dinero de diversas iglesias y grupos de ex gays. Narth ofrece terapia –incluso se puede elegir un terapeuta online–, pero también es un centro de investigación, debate, conferencias y difusión: son especialmente activos en escuelas secundarias, donde entregan panfletos explicando a los adolescentes que pueden revertir sus deseos. Todas las asociaciones de salud mental del país consideran que las terapias de Narth son nocivas para el bie-nestar de las personas gays y lesbianas. Por citar sólo una opinión, la American Psychiatric Associaton manifestó: “No hay evidencia científica publicada que apoye la eficacia de la terapia reparativa como tratamiento para cambiar la orientación sexual de una persona. Hay algunos reportes en la literatura acerca de uso de psicoterapia en el tratamiento de personas angustiadas por su homosexualidad que deseaban ‘volverse’ heterosexuales. Sin embargo, los resultados no han sido conclusivos, ni se han replicado. No hay evidencia de que un tratamiento pueda cambiar los sentimientos sexuales de una persona hacia otras del mismo sexo. La experiencia clínica sugiere que la persona que busca terapia de conversión lo hace por presiones sociales que han resultado en homofobia internalizada; también se ha demostrado que los hombres y las mujeres gays que han aceptado su orientación sexual positivamente se integran mejor y viven mejor que aquellos que no lo han hecho”. Pero Narth está en desacuerdo con la institución psiquiátrica más importante de su país, sigue adelante, y tiene el importantísimo apoyo de la súper poderosa derecha religiosa.

En el nombre de Dios

A los 43 años, un hombre de negocios de San Francisco llamado Fran Whorten, que hacía veinte años que era abiertamente gay –y encima estaba en el momento apropiado y la época apropiada, 1973– se sintió desencantado con el modo de vida gay. Dos años después, ya había retornado a su fe de crianza –cristiana evangélica– y formó Exodus junto a otros ministerios cristianos –el suyo era Love in Action–, una red de cientos de iglesias lideradas por “ex gays” y que ofrecen terapia reparada, como nuestro Retorno a la vida. Exodus tiene base en Orlando –San Francisco era, digamos, un sitio poco adecuado– y programas para amigos, familia, jóvenes y, claro, el propio gay que quiere dejar atrás su “estilo de vida”. Su lema es “la libertad es posible”, y entre otras cosas ofrecen cientos de “casos reales” para leer con títulos como “mi viaje de salida del lesbianismo” o “fuera de la prisión”. Hace dos años, Exodus vivió un pequeño escándalo que les trajo algo de publicidad negativa –tienen bastante poca, salvo, claro, en los medios queer o liberales en el sentido norteamericano del término–. Dos personas que habían participado en sus programas y se consideraban dañadas les enviaron una carta abierta, al tiempo que formaron su propia asociación... de ex gays sobrevivientes de terapias reparativas. Se llaman Beyond Ex Gay, se los encuentra en beyondexgay.net y los fundadores se llaman Christine Bakke y Peterson Toscano. Su tarea: recuperar a los gays y lesbianas que entraron en tratamientos. Christine, nacida en una familia fundamentalista cristiana, recibió tratamiento en Exodus y en el ministerio Living Waters, uno de los que cuentan con la peor reputación, denunciados entre otros por un pastor ex gay –ahora gay de vuelta– que dice haber sufrido un violento exorcismo que vivió como una “violación espiritual”. La religiosidad cristiana en EE.UU., se sabe, suele tener características fanáticas y con frecuencia violentas. Pero, ¿qué dicen hacer en sus terapias religiosas una de nuestras ramas locales de curación de la homosexualidad de la mano de Dios? Un integrante de Retorno a la vida le sigue explicando a nuestro muchacho que quiere averiguar sobre el tema: “Hay muchos ministerios evangélicos que están trabajando en la misma área. Se sabe que la asistencia de Dios en la vida de una persona es importantísima. Llegar a la comunión con Dios es un pilar importante. La psicología es otro de los pilares. Nosotros entendemos que la homosexualidad es una problemática biopsicosocioespiritual, que puede tener un componente biológico, en algunos casos. No en todos, porque no hay un gen, no está descubierto por lo menos. Pero sí puede haber alguna variación genética o neuronal que puede potenciar este tipo de comportamientos. En cuanto a las variables psicológica y social, ser homosexual implica no dar dentro de los parámetros de lo que socialmente se espera. Y espiritualmente también, porque esa falencia de Dios, o del amor de Dios, es algo que influye. Lo que hay que tener bien en claro es que se puede salir. Lo importante es que vos te determines, que te plantes firme frente a esa decisión. Porque no existe una inyección, una pastillita. No hay nada que te podamos dar que tenga el componente para que vos lo tomes y mañana aparezcas siendo otra persona. Pero sí existe el componente de la determinación y apuntamos a eso.”

Aunque medie una “decisión”, aunque exista esa determinación, es claro que este tipo de terapias violentan y vulneran libertades y deseos extremadamente básicos. Pero hay terapias que ni siquiera dan rodeos en cuanto a su brutalidad. Como la tristemente famosa y tan temida “terapia de la aversión”.

La naranja mecánica

Hay una imagen que ilustra la “terapia de la aversión” como ninguna otra. La creó Anthony Burguess en su novela La naranja mecánica y tiene al protagonista, Alex, sentado a una silla, obligado a ver imágenes de ultraviolencia en una pantalla sin parpadear (esto se logra con un aparato que le mantiene los ojos abiertos mientras un enfermero se los humedece con gotas). Las imágenes están acompañadas de una droga que causa náuseas, y de la 5ª Sinfonía de Beethoven. Se llama la Técnica Ludovico, y como resultado Alex no volverá a ejercer violencia, porque comienzan los síntomas paralizantes no bien intenta dar un golpe.

Increíblemente, en las décadas del ’40 y ’50, una terapia muy similar se usó para “curar desviaciones sexuales”, es decir, la homosexualidad y el travestismo. Para muchos estudiosos, la terapia de la aversión es la más inhumana entre todas las usadas para revertir la homosexualidad. Los tratamientos eran realmente de pesadilla: con frecuencia el paciente (la mayoría hombres: las lesbianas, quizá por menor visibilidad, también porque rara vez eran detenidas por la policía y por lo tanto no entraban en el sistema judicial que proponía la “aversión”, estuvieran más a salvo de estas técnicas tenebrosas) traía una foto de su amante, o una de un hombre muy atractivo, que se proyectaba sobre una pantalla gigante. Debía mirarla sin pausa mientras se le administraban drogas como la apomorfina que, usada de forma intramuscular, causa náuseas. Como muchos “pacientes” desarrollaban resistencia al efecto de la droga, empezaron a usarse descargas eléctricas. Era el método favorito para el tratamiento de travestis: descalzos, se los ubicaba sobre un cerco/alfombra electrificado, y se les daban descargas hasta que se quitaba toda la ropa. Las descargas eléctricas paraban cuando quedaba desnudo. Se trataba de tortura, claro. Así lo entendió el Frente de Liberación Homosexual de Estados Unidos, que en los ’70 hacían manifestaciones protestando específicamente por estas técnicas. Y las hubo peores: el psiquiatra Michael Knight le contaba a la BBC en 2003: “Las técnicas para tratar la homosexualidad dominaron la primera parte del siglo XX. En los años ’20, investigadores médicos alemanes completamente legítimos implantaban testículos de cadáveres en cuerpos de hombres homosexuales, en general sin que ellos lo supieran. La idea era elevarles el nivel de testosterona. Les decían que iban a operarlos, pero no qué les iban a hacer”.

Es famosa, también, la técnica de electro-shock a la que fue sometido el músico Lou Reed, evento del que él rara vez habla. Hace poco, sin embargo, un hombre del espectáculo, comediante, gay y muy famoso en Inglaterra llamado Peter Price, decidió contar su experiencia: “Me sometí voluntariamente a la terapia de aversión cuando tenía 18 años, después de que mi madre descubriera que era gay”, contó. “Me pusieron en la guardia psiquiátrica, en una habitación sin ventanas, y tuve que escuchar una cinta de audio donde se hablaba de la homosexualidad con el lenguaje más brutal imaginable. Después un psiquiatra me dio una revista con imágenes de hombres desnudos y una Guinnes. Después me dieron algo que me hizo vomitar violentamente, y se negaron a limpiarme. Por 72 horas yací en mi propia mugre –también me cagué encima– y muerto de miedo. Rogué que me dejaran ir, y lo hicieron, después de que un psiquiatra me dijo que el siguiente paso era conectar electrodos a mi pene. Dos meses después acepté que era gay. Y poco después encontré al médico que me había tratado en un bar de Liverpool. Estaba furioso. Quise atacarlo con una botella rota.”

Price recién pudo hablar de estas experiencias 20 años después de sucedidas; hoy tiene un programa de radio donde, entre otras cosas, intenta ayudar a los jóvenes con sus sexualidades.

Y él, como muchos otros, sabe que no hay cura para la homosexualidad sencillamente porque no hay nada que curar. Aunque sí debe haber cura para la homofobia. Y hacia allí debería ir a parar tanto esfuerzo, tanta investigación y terapia malgastada.

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Los dibujos pertenecen al libro Erotoscope, de Tomi Urenger
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