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Viernes, 31 de julio de 2009

ENTREVISTA > ISABEL FRANC

El final feliz

Luego de ganar el premio La Sonrisa Vertical por su primera novela, Entre todas las mujeres, experimentó un envidiable cambio de personalidad, y ya convertida en la desfachatada Lola Van Guardia dio a conocer su trilogía Con pedigree (1997), Plumas de doble filo (1999) y La mansión de las Tríbadas (2002), las tres editadas por Egales. Esta escritora catalana, que siempre cuenta con lesbianas felices en sus ficciones, acaba de publicar Las razones de Jo, una versión insólita e irreverente de Mujercitas.

 Por Flavia Company

desde Barcelona

Tu carrera comenzó con un premio de literatura erótica, y está claro que en tu escritura la sexualidad es importante. ¿Podés comentarnos este aspecto de tu literatura?

—Coincidencias ineludibles. Cuando escribí Entre todas las mujeres, tenía más intención de abordar la irreverencia que la erótica. Mientras la estaba escribiendo, pensé que podía encajar en La Sonrisa Vertical. Era mi primera novela, no sabía nada del mundo editorial, pero conocía el premio, así que la envié. Posteriormente, la editorial Egales, que acababa de crearse, me pidió una colaboración. Así nacieron Con pedigree y Lola Van Guardia. Por exigencias del guión y a petición de las editoras, había que incluir escenas de sexo que no estaban previstas. Pero me resultó muy divertido hacerlo.

Escribís bajo dos identidades. ¿Qué tienen que ver Isabel Franc y Lola Van Guardia?

—Esta pregunta siempre me hace reflexionar sobre mi forma de afrontar el texto como Franc o como Van Guardia. Son dos registros diferentes, dos voces distintas. LVG es la comicidad en estado puro, el gag en su primer estadio, sin pulir apenas. Es una voz casi infantil, muy cercana al clown. Franc tiene, podríamos decir, pretensiones literarias, una voz más adulta, un registro más formal y, claro, no tiene tanto éxito.

Ambas escriben acerca de la identidad sexual lesbiana. ¿Hay militancia en esa escritura o es que surge de manera inevitable?

—En un principio surge de manera espontánea, pero con el tiempo hay una conciencia de la necesidad de ese tipo de literatura y de crear referentes positivos y variados. El amor entre mujeres está marcado por la invisibilidad y la tragedia, y así lo ha reflejado la literatura. Hasta muy avanzado el siglo XVIII, apenas hay producción y la que surge a partir de ese momento refleja historias lacrimógenas en las que las protagonistas mueren tras largas y terribles enfermedades cuando no acaban en la cárcel, en un manicomio o se suicidan, directamente. El final feliz no se permite, como si la relación entre dos mujeres estuviera condenada al fracaso, como dice Noni Benegas, “por su naturaleza misma”. Siempre hago este paralelismo con tres de los títulos más emblemáticos: salimos de un Pozo de soledad, hemos atravesado Oscuros bosques nocturnos y hemos acabado con el drama Escrito en el cuerpo.

Entonces hay militancia.

—No concibo la escritura sin un compromiso social. Se escribe con una ideología, es inevitable, se va por el mundo con una ideología que se refleja en todo lo que haces. Yo hablo de mi mundo, de lo que conozco; hago parodia de mi propia condición, de mi identidad, de mi país y de sus tics. No sé si eso es militancia, me gusta más definirlo como compromiso social. Ante una situación injusta, la ética obliga (al menos a mí) a denunciarla y llevar a cabo acciones que puedan cambiarla.

Comentabas hace poco que alguien te dijo: “Deberías escribir otras cosas”. Se refería a que deberías escribir historias de heterosexuales. ¿Qué creés que cambiaría si lo hicieras?

—Sí, la frase textual fue: “Tú, que escribes tan bien, deberías hacer otra cosa”. Me costó entender qué era esa “otra cosa” y, como se ve, no le hice mucho caso. No sé qué habría cambiado, pero seguro que mis libros tendrían otro lugar en las librerías. Algunas, sólo por llevar el sello Egales (Editorial Gay Lesbiana), no quieren tenerlos o, si los tienen, ocupan las secciones más insólitas: erótica (aunque sean policíacas), romántica (aunque sean humorísticas). A veces los busco en la sección de porno-terrorismo o ciencia ficción porque me parece más fácil encontrarlos allí que en el lugar que les correspondería si la historia contada fuera heterosexual. La primera novela de la trilogía de LVG, Con pedigree, en su primera edición llevaba un subtítulo: “Culebrón lésbico por entregas”; a partir de la segunda lo quitaron porque había librerías que la rechazaban: al parecer una palabra del subtítulo les molestaba, y mucho, pero no hemos llegado a descubrir si era “culebrón” o era “entregas”. Tomémoslo con humor.

¿De qué modo pensás que influye en la carrera de una escritora el hecho de ser lesbiana?

—El hecho de serlo, supongo que nada, mientras esté calladita y no haga lo que, sociablemente, se considera ostentación. La heterosexualidad hace ostentación de la heterosexualidad a diario, pero como es “lo aceptado” ni se percibe. El lesbianismo, en cambio, sólo por ser nombrado ya hace militancia. Cuando la etiqueta “literatura lesbiana” aparece en la obra de una autora, lo que sucede es que su obra no admite ninguna otra etiqueta, ya no es literatura humorística o novela negra o literatura social, sólo es literatura lesbiana y se supone dirigida a un público concreto. Eso cierra muchas puertas. Es una lástima.

En tu literatura el humor tiene un lugar importante. ¿También en tu vida? ¿Ha sido alguna vez un arma en contra de la estulticia?

—¡Estulticia, qué palabra tan bonita! Sí, ha sido y es un mecanismo de supervivencia. Hace poco, la payasa Virginia Imaz me contó cómo aparece la figura del clown en los circos. Eran los artistas que tras haber sufrido un accidente no podían seguir actuando en pista y se les relegaba a las tareas más bajas: limpiar las cuadras, dar de comer a los animales... Entre ellos (y ellas, si es que había) se parodiaban, se reían de su propia situación, de su exclusión, hasta que sus números se incorporaron al espectáculo. Así sobrevivieron y cobraron entidad propia. El humor no tiene como única función hacer reír, es una forma de invitar a la reflexión. Lo bueno que tiene es que si no consigues llegar a esa reflexión, al menos te has reído un rato.

¿Pensás que es diferente la literatura escrita por heterosexuales de la escrita por homosexuales?

—No necesariamente, no creo que tenga nada que ver.

Mucha gente acusa a los gays de encerrarse en guetos. ¿Qué opinas al respecto?

—Cada colectivo tiene sus espacios culturales propios, eso está muy lejos de lo que significa “el gueto”, que en sí mismo incluye la marginación obligada. Que existan librerías, locales o lugares de ocio representa una forma de encontrar lo que se busca y compartirlo con tus iguales, como en cualquier otra condición, ideología, tendencia, preferencia... En la homosexualidad, además, está el factor visibilidad. Actividades públicas como la manifestación del 28 de junio o los Eurogames son también una forma de mostrarse y denunciar la homofobia que hay en el deporte, en el trabajo, en la calle. En el Estado español estamos viviendo una situación de “privilegio” en el terreno legal; aún falta mucho por hacer, es cierto, pero en países como Irán, por ejemplo, la homosexualidad se castiga con la pena de muerte. Me parece motivo suficiente para hacer todo tipo de manifestaciones públicas. Sin embargo, aunque la situación estuviera “normalizada”, es decir integrada en el engranaje social, esos espacios culturales propios existirían igualmente, sólo que entonces no se verían como un gueto.

¿Qué opinión te merecen los personajes públicos que no salen del armario?

—¿Entendiendo salir del armario como una declaración pública? No creo que sea necesario; además es muy cansador estar saliendo del armario continuamente. Lo importante, lo relevante es vivir con honestidad, sin ocultamientos ni mentiras. Creo que las personas que se esconden y engañan sufren de hipobardía; una afección muy dolorosa para quien la padece. Consiste en un estado permanente de cobardía que se manifiesta en actitudes hipócritas y te impide actuar libremente. Un drama. No sigo porque me pondría a llorar. Me dan mucha pena. Pero, si se lo proponen, hasta pueden curarse.

¿Cuáles son tus referentes literarios? ¿Qué obras de la literatura lésbica actual destacarías?

—Como te he dicho antes, los referentes son más bien dolorosos, pero no hay que menospreciar a las autoras que tocaron el tema “como pudieron”, según el momento histórico. Toda la época del París años ’20, con las mujeres de la Rive Gauche, me parece muy interesante; fueron rompedoras, precursoras, muy valientes. Entre las actuales, chapeau para Jeannette Winterson o Sara Waters. Y en nuestro país tenemos una muy buena representación en las autoras que aparecen en la recién editada antología Un deseo propio (I. Pertusa y N. Vosburg. Bruguera, 2009).

¿Proyectos?

—Estoy trabajando en una novela gráfica que trata sobre el cáncer de mama. Yo lo sufrí (nunca mejor dicho) hace un par de años y me parecía importante dar una visión desdramatizadora. Es la historia de una mujer que ha pasado por ese trago, con todo lo bueno y lo malo que lo acompaña. El lema de la protagonista es: “La vida después del cáncer ya nunca es igual... pero viene a ser lo mismo”. La ilustradora, Susana Martín, es una auténtica crack, de una sensibilidad y un detallismo capaces de provocar la emoción justa. Cuando veo sus dibujos no puedo evitar una sonrisa o un escalofrío, y me parece maravilloso poder conseguir eso con una sola imagen, sin palabras. Justo en estos días hemos llegado a un acuerdo con la editorial Norma Comics para su publicación en 2010. Si todo va bien (que irá) para el próximo St. Jordi tendremos libro nuevo, y espero que lo disfrutemos juntas.

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