turismo

Domingo, 8 de julio de 2007

PERU > DE CUSCO A MACHU PICCHU

Por la ruta de los chasquis

Lejos de igualar la velocidad de los antiguos chasquis, miles de viajeros de todo el mundo recorren año a año los magníficos caminos incas que comunicaban a todo el imperio. Desde Cusco, la aventura de un trekking de cuatro días por la ruta precolombina hasta la mítica ciudadela de Machu Picchu.

 Por Mariana Lafont

Para los amantes del trekking, toda huella, sendero o picada es una invitación a la aventura y, cuanto menos transitada esté, mejor. Sin embargo existe un camino que, a pesar de ser muy visitado, se ha transformado en un clásico de los caminantes: el Camino Inca. La antigua vía imperial conduce, luego de cuatro intensos –por momentos agotadores–- días de marcha, hasta la ciudadela perdida de los incas: Machu Picchu. Esta suerte de autopista precolombina estaba formada por cuatro caminos principales que iban hacia cada punto cardinal, e integraba el vasto imperio. La ruta más importante era el llamado Cápac Ñan, o Gran Camino, con 5200 kilómetros de extensión, que comenzaba en Quito, pasaba por Cusco y finalizaba en la actual Tucumán.

Todos los caminos conducen a...

Cusco. En quechua significa “el ombligo del mundo” ya que, según la mitología inca, allí convergían los tres mundos que formaban el universo de esta antigua civilización. Esta bellísima ciudad –capital del antiguo imperio– es la metrópoli precolombina más importante de Sudamérica y heredera de una tradición cultural milenaria que conjuga el pasado incaico con el español, luego de la Conquista en el siglo XVI.

Al ser tan amplio, las comunicaciones entre una punta y otra del imperio estaban a cargo de los chasquis, funcionarios del Imperio. La denominación proviene de la voz quechua “chaskiq” que significa “el que recibe” haciendo referencia a la noticia que se debía comunicar. Estos jóvenes y entrenados mensajeros transmitían los encargos velozmente a través de una serie de postas. Según las antiguas crónicas, estos ágiles y resistentes emisarios podían llevar al Inca –que residía en la capital– pescado fresco desde la costa, haciendo más de 600 km y trepando grandes alturas. Los chasquis habitaban chozas situadas a lo largo de las rutas, siempre atentos a la llegada de algún emisario. Apenas uno de ellos advertía un correo iba a su encuentro y corría a la par mientras recibía el mensaje en forma oral. Luego continuaba la carrera hasta la siguiente posta donde a su vez transmitía el mensaje de la misma manera.

El camino paso a paso El camino que conduce a Machu Picchu está muy bien conservado y recorrerlo es remontarse a un pasado milenario mientras se contemplan deslumbrantes escenarios en la zona de transición entre el altiplano andino, los bosques nubosos y el comienzo de la selva amazónica. En poco más de 40 kilómetros se observan misteriosos paisajes, vestigios arqueológicos –antiguas fortificaciones, almacenes y centros administrativos– y una riquísima flora con gran variedad de orquídeas, begonias y árboles exóticos. La estratégica ubicación de cada una de las ruinas que se ven a lo largo de la travesía es una clara muestra de lo cuidadosos y meticulosos que eran los incas a la hora de construir.

Si bien este trekking se ha hecho muy popular entre los jóvenes, a lo largo del camino es emocionante ver –y admirar– gente de todas las edades. Con otro ritmo y una gran sonrisa en la cara, han decidido emprender el desafío porque, cueste lo que cueste, “la Petra de los Andes” al final del camino bien vale la pena y el esfuerzo.

Cruce del río Urubamba. Un tramo del intenso trekking a la misteriosa ciudadela inca.
Las hermosas ruinas de Wiñawayna, rodeadas de terrazas en las laderas.

El trekking de cuatro días parte del kilómetro 82 –algunos comienzan en el 88– de la vía férrea que une Cusco con Quillabamba, a una altura de 2600 msnm. Mientras cada turista pone sus pertenencias en la mochila, los jóvenes porteadores cargan cacerolas, víveres, carpas y demás objetos necesarios para acampar. Y cuando el viajero recién da los primeros tímidos pasos, estos “chasquis contemporáneos” ya han sacado una gran ventaja cargando mucho más peso y sin usar sofisticadas mochilas ni botas especializadas. Paso a paso la pregunta es la misma: ¿por qué corren y cómo hacen para no resbalarse usando unas sencillas sandalias con suela prácticamente lisa? Corren porque el primer porteador que llegue al lugar habilitado para acampar podrá escoger el mejor lugar para su grupo y además, podrá tener lista la comida para los agotados caminantes que llegarán después.

El primer día es poco exigente. El camino es sencillo y ondulado y además se tiene una hermosa vista del nevado la Verónica (5850 msnm). El sitio arqueológico más llamativo de la jornada es Llaqtapata, las ruinas de lo que en algún momento fue un pueblo en la ladera de una colina y donde se observan las características terrazas de cultivo inca, también llamadas andenes. Después de la cena, el guía explica al grupo cómo será el segundo y más exigente día de trekking y ofrece a quienes lo consideren necesario “alquilar un porteador”, o sea, pagar unos soles extras para que le carguen la mochila. Y advierte que conviene hacerlo esa misma noche porque al día siguiente, el servicio se irá encareciendo a medida que pasen las horas y la altura aumente tanto como el cansancio.

Luego de un suculento desayuno comienza el temido segundo día y ciertamente lo es ya que son aproximadamente cinco agotadoras horas de permanente subida hasta llegar al Paso de la Mujer Muerta (a 4200 msnm). Allí el paisaje se torna árido, poco amigable y con un clima impredecible. Una vez alcanzados los 4200 metros, la vista es imponente y hasta un poco intimidante de tanta grandeza. El frío no permite quedarse a descansar eternamente y es necesario seguir caminando, pero esta vez en una abrupta, empinada e interminable bajada por enormes escalones que llegan a ser un verdadero desafío para las rodillas.

El tercer día es muy interesante porque se visitan sitios arqueológicos de diversa índole, de los que se destaca Phuyupatamarka o “Pueblo sobre las nubes” porque tal es la sensación al estar a 3600 msnm y ver los cúmulos por debajo de uno. Esa noche –la última antes de llegar a Machu Picchu–- se duerme en un refugio, en realidad el único donde hay duchas y venta de comestibles. Como al refugio se llega temprano, hay tiempo en la tarde para visitar Wiñawayna. Este sitio arqueológico –que en quechua significa “Siempre Joven”– es, luego de Machu Picchu, el más bonito de todo el trayecto, por su perfecta ubicación, su estética arquitectura y por su hermoso entorno natural, con cascada incluida. Sin dudas, este sitio es una excelente y mínima muestra de lo que está por venir.

El gran día

La noche previa al gran día cuesta conciliar el sueño. A pesar del cansancio, la excitación puede más y se siente en el aire. Ya falta muy poco.

Se amanece bien temprano y cerca de las 5.30 am se emprende la marcha. Con cada paso dado, la ansiedad aumenta y todos parecen querer llegar primero. Luego de hora y media de caminata se arriba a la Puerta del Sol –-que no es exactamente una puerta– y allí se tiene una vista que quedará estampada en la retina para siempre. Finalmente “La ciudad perdida de los Incas” está frente a uno. Luego de una breve pero profunda contemplación hay que seguir un poco más para adentrarse en las ruinas. Una de las ventajas de hacer el camino inca es que, al llegar tan temprano, el sitio está desierto ya que el tren con los turistas que vienen de Cusco recién arriba las 11 am. Aunque poco a poco se irá poblando de gente –precio que se paga cuando se visitan grandes maravillas del mundo–, todos son respetuosos del lugar y hay un sentimiento compartido por poder estar allí. De todos modos, si se tiene la posibilidad, vale la pena pasar la noche en Aguas Calientes –el poblado más cercano– y regresar al sitio a la mañana siguiente bien temprano.

Machu Picchu fue un antiguo poblado inca construido a mediados del siglo XV, en un promontorio rocoso que une las montañas Machu Picchu y Wayna Picchu, palabras que respectivamente significan “montaña vieja” y “montaña joven”. El halo de misterio que ha envuelto a este lugar desde su descubrimiento se debe a que aún hoy no se ha podido dilucidar el origen ni el uso dado a esta bellísima obra arquitectónica de piedra. Algunos documentos sugieren que habría sido el palacio privado de Pachacutec, o Inca Yupanqui, el primer emperador, entre 1438-1470. Sin embargo, también se cree que fue usada como santuario religioso.

La meta: vista de las ruinas de Machu Picchu, con el Wayna Picchu detrás.

A pesar del cansancio acumulado y luego de recorrer las diferentes zonas de las ruinas, es sumamente recomendable hacer un esfuerzo adicional y subir al empinado Wayna Picchu (2700 msnm) porque desde allí se tiene una vista excepcional y poco convencional de Machu Picchu.

Si bien es cierto que Hiram Bingham no “descubrió” las ruinas en 1911 porque éstas nunca se “perdieron”, es innegable que sí tuvo el mérito de ser la primera persona en reconocer su importancia. Y quizás, todos los caminantes que las visitan día a día llegan a sentir ante la impactante ciudadela lo que este historiador de la Universidad de Yale sintió cuando la vio por primera vez.

Texto y fotos: Mariana Lafont

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Muy sentado entre las ruinas, el camélido parece decir “Machu Picchu es nuestra”.
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