turismo

Domingo, 5 de agosto de 2007

EUROPA > VACACIONES EN EL MEDITERRANEO

Mar de agosto

Venus surgió de sus aguas bendecidas por los dioses. El Mediterráneo es un mar amable hasta que deja de ser apacible y se convierte en fiero. Por él entraron la civilización y el placer que buscan los turistas tostados al sol en las playas mientras gozan comiendo paella y gambas. Y si de España se trata, es catalán, balear, valenciano, murciano o andaluz.

 Por Manuel Vicent *

En verano, la luz vertical del mediodía cae a plomo sobre un barranco descarnado, que da a un ojo azul del mar. Un pastor solitario apacienta un rebaño de cabras. No hay sombra alguna. El calor funde el aroma de las jaras con el hedor cabrío y obliga al pastor a entrar en erección. El resplandor llena la naturaleza de un terror ciego y el cenit del día hace que toda la sombra se haya introducido en el cuerpo del pastor. El poeta puede imaginar al dios Pan, fálico, enano, peludo y con pezuñas, persiguiendo a ninfas desnudas por este barranco, pero el pastor sólo piensa en su cabra favorita, y en ese momento, en medio de la soledad, su potencia vital se derrama contra los lentiscos. En su honor también se friegan enloquecidas las chicharras. Los alacranes están refugiados debajo de las piedras y las culebras tienen la boca abierta para sorber el aire abrasado de la canícula. El Mediterráneo. (...)

El huevo de Dalí. La casa donde vivió Dalí, en Port Lligat, Cadaqués, en plena Costa Brava.

Frutos del mar

¿Existirá algún pez en el Mediterráneo que logre morir de viejo? En todo caso, los peces que después de una lucha cruel consiguen no ser devorados por sus colegas ni capturados por las redes de los pescadores, al final lógicamente siempre acaban por rendir sus cuerpos para formar un lecho de materia orgánica en el abismo, junto con plásticos, botes de coca-cola y otros desperdicios. Durante millones de años, las olas del mar no han hecho otra cosa que batir una infinita muerte. Ahora, las dragas extraen con sus palas desde el fondo de las aguas este producto oscuro, que luego las máquinas extienden en la orilla para dar la ilusión de que la arena de aquellas playas, que desaparecieron por las corrientes del mar, sigue siendo la misma, pero ese producto ya no es arena formada por diminutos granos minerales, blancos y limpios, sino polvo de cangrejos y cáscaras de mejillones, partículas de escamas y espinas de infinitos peces muertos. Ahora, las toallas multicolores, las sombrillas y los cuerpos desnudos se extienden sobre esta materia orgánica que se pudre al sol.

Las olas de Esquilo

Ni la playa donde emergió un día Venus Afrodita ni la arena que hizo encallar la barca de Ulises son parecidas a las de hoy en el Mediterráneo. Aquellas olas de espuma muy blanca, que Esquilo definió como una sonrisa innumerable, no existen. Ahora, la diosa sale del mar en Calella, en Lloret, en Salou, en Benicasim, en Cullera, en Benidorm, en Aguamarga o en Mojácar, deja la concha de vieira varada en la orilla, se acerca al chiringuito, pide una ración de ensaladilla o de calamares y se la sirve una camarera ucraniana. Por su parte, Ulises va a bordo de una moto náutica dentro de la zona acotada dispuesto a segar la cabeza de algún bañista, quebrantando con su estruendo la brisa y el rumor del oleaje. Un padre de familia, con agua a la cintura, le grita:

–Eh, cabrón, lárgate ya de una vez.

Ulises da vueltas hasta llenar todo el espacio de olor a gasolina. A ello se añade el alquitrán de los petroleros que limpian fondos en la línea del horizonte.

Cemento caprino

Las cabras del Mediterráneo siempre comen hacia arriba. Comienzan por repelar el tronco del árbol, después se encaraman hasta la cruz del primer ramaje y desde allí acaban con toda la noción de verde que alcanzan sus fauces llenas de baba morada. Con el método de las cabras han devorado los especuladores el paisaje de la costa acarreando cemento hasta la cima de los montes. Los acantilados de mármol y las laderas pobladas de sabinas y acebuches que avistaron los fenicios desde sus embarcaciones decoradas con un ojo azul con pestañas de mujer en cada amura, están bajo cementerios de adosados y muros de ladrillos.

Riqueza mediterranea

Pese a todo, nadie es absolutamente pobre a orillas del Mediterráneo. El cuerpo soleado y aventado por un aire de sal, unas anchoas sobre un tomate abierto, el aceite virgen de oliva resbalando por los dedos, una rebanada de pan de miga apretada y tener todo el tiempo por delante, he aquí una clase de riqueza que no contempló Adam Smith.

Furias de verano

El mar francés, el mar catalán, el mar valenciano, el mar balear es femenino. En esos litorales se dice la mar, como si fuera una madre. No siempre se trata de una madre apacible. A veces puede desarrollar una violencia desmesurada. En nuestra mar se da un fenómeno muy raro en el planeta. En esta latitud, en capas altas de la atmósfera, el frío y el calor están casi pegados; convergen las bajas temperaturas del centro de Europa y el bochorno que sube del desierto de Africa. Cuando entran en contacto, entonces se parte el cielo en dos, revientan las nubes y el agua se lleva por los barrancos todas las serpientes al mar, derrota los puentes, arrastra los campings, destroza las verandas del paseo y tumba los pinos. Es el caos. Suele suceder en las primeras semanas de otoño. Ahora se llama a esto la gota fría; antes se llamaba simplemente la riada de septiembre. Al día siguiente, el sol ríe y se ve a la gente con katiuskas desaguando los bajos de las casas u observando con las manos en los bolsillos algún coche dentro de alguna acequia.

Frente a toda la felicidad que prometen los folletos turísticos con imágenes de veleros a contraluz del crepúsculo, en verano el Mediterráneo es muy traicionero a la hora de navegarlo. De pronto, cuando menos lo esperas, se produce una bajada térmica y toda la armonía se va al infierno. La tempestad puede durar dos horas escasas, tiempo suficiente para llevarte al abismo si no estás preparado. Luego, el mar se tiende otra vez, se pone maternal, el sol vuelve a reír, pero los salmonetes ya están dando cuenta de tu alma.

En el Mediterráneo se producen dos bajamares muy sensibles al año: una en el mes de enero, otra en el mes de junio. En ese tiempo, en los muelles de la dársena y en la carena de los barcos, el espejo del agua marca su nivel más bajo. Dicen los marineros: el mejor puerto del Mediterráneo es el de Mahón, y después, todo el mes de junio. (...)

Tierra del sol

La esencia del Mediterráneo es el caos, dentro del cual se producen, a veces, instantes de suprema armonía. Cuanta más vida, más muerte; cuanto más placer, más sangre. Vista desde las regiones boreales de Europa, nuestra costa es la tierra de sol donde florecen los limoneros, un lugar ideal para morir. Nuestro Mediterráneo pronto se convertirá en un gran cementerio de elefantes. Residencias de ancianos, tanatorios, embalsamamientos de cadáveres rubios con una sonrisa de felicidad en los labios, agencias de transportes funerarios para remitirlos a sus países de origen comienzan a ser uno de los negocios con más porvenir. El Mediterráneo como un mar de cenizas es otra de las perspectivas que no imaginó Homero.

Desde el inicio de la historia, las gentes boreales han experimentado periódicamente la pulsión de bajar al sur. Los dorios llenaron de ojos azules la antigua Grecia de los aqueos. Llegaban del Báltico, de Escandinavia, de los países de la niebla, con la misma determinación con que lo hacen ahora. Notarialmente, Mallorca ya es una isla alemana. Ibiza está ya en poder de italianos de mochila y chancleta. Los españoles servimos a los nórdicos el té, el whisky, y a los hooligans ingleses, el plato combinado de comida basura, el sexo, la cerveza, la licencia de mear de noche contra una farola después de la orgía. Al final, a los españoles les quedará el supremo honor de darles honrosa sepultura en nuestros cementerios.

Perfumes de la cocina

Escudella i carn d’olla. Caldero murciano. Alioli. Pastel de berenjena. Arroz a banda. Gazpacho. Anguilas con all i pebre. Suquet de peiz. Bacalao al horno. Escalivada. Caldereta de langosta. Dorada a la sal. Pa amb tomaca. Salsa romesco. Paella valenciana. Habas tiernas. Estofado con laurel. Pescadito frito. Verduras a la plancha, y toda clase de ensaladas.

En alta mar, el cocinero de la barca de pesca, al mediodía, pone a calentar aceite virgen de oliva y, cuando hierve, echa tres dientes de ajo en la sartén. En ese perfume, unido a la brisa salada, se concentra toda la espiritualidad del Mediterráneo.

Y después, de postre, higos, uvas, naranjas, granadas, melones y sandías. La cocina mediterránea, en el fondo, es una moral. (...)

Vientos costeros

La tramontana en el Ampurdá y en Menorca, el cierzo en el valle del Ebro, el llebeig en el cabo de Sant Antoni y de la Nao, el levante en el Estrecho. Todos los vientos de la costa del Mediterráneo llevan dentro una clase de locura. Dalí se hizo famoso en el mundo soltando las animaladas surrealistas que oía a los payeses en el casino de Figueres después de varios días de tramontana. Con el violentísimo ventarrón que sopla a veces en la depresión del Ebro, los olivos nacen ya torcidos porque saben de antemano lo que les espera, y también la alta mar se llena de mandarinas arrancadas de los nuevos naranjales que se cultivan en tierras de Alcanar, Vinaroz y Benicarló. El llebeig de Denia y de Xàbia se precipita desde los acantilados como un látigo. Y el levante hace que las bolas del golf en toda la Costa del Sol lleguen muchas veces a Africa o se pierdan en el infierno. z

* De El País Semanal. Especial para Página/12

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