turismo

Domingo, 28 de junio de 2009

SALTA > ARQUEOLOGíA EN LOS ANDES

Los niños del volcán

El majestuoso volcán Llullaillaco custodia, en el oeste de Salta, los secretos del pasado. “El agua de la memoria”, su nombre en quichua, es casi tan alto como el Aconcagua y conservó una excepcional riqueza arqueológica.

 Por Graciela Cutuli

Las fotografías satelitales muestran, a un lado y otro del límite Chile–Argentina, dibujado por la mano del hombre, la superficie irregular de la Cordillera de los Andes, en una gama de marrones y verdes que no permiten adivinar las alturas impresionantes de las montañas en esta parte de Sudamérica. Sin embargo, para la escala humana los números quitan el aliento: el más alto de los picos de esta región del oeste de Salta, el volcán Llullaillaco, alcanza los 6739 metros de altura. Un gigante, que las culturas precolombinas honraron de la misma forma que otras montañas cordilleranas que consideraban verdaderas deidades protectoras: por ello desafiaban la altura y el clima construyendo en la cima de las más altas pequeños edificios para sus rituales religiosos.

De las 200 montañas con restos arqueológicos en los Andes, 40 están en Salta. La más imponente es el Llullaillaco, un volcán actualmente inactivo cuya silueta domina el paisaje desde decenas de kilómetros a la redonda y que forma parte de las altas cumbres utilizadas por los geógrafos para marcar el límite con Chile. “Agua de la memoria”, creen algunos que significa su nombre en quichua, mientras que otros interpretan “agua engañosa”, tal vez porque el volcán no entrega sus aguas en forma de vertientes, como es habitual, sino bajo la forma de pequeñas lagunas de altura.

EXPEDICIONES Y ARQUEOLOGIA El primer ascenso deportivo al Llullaillaco fue realizado por el Club Andino Chile en 1952: al regreso, sus integrantes volvieron con la noticia de haber hallado ruinas arqueológicas en la cumbre del volcán, probablemente uno de los tantos adoratorios de altura dejados por los pueblos originarios. Siguieron otras exploraciones en los años ‘50 y ‘60, con las primeras excavaciones y el descubrimiento de un cementerio en la base: finalmente, en 1999 la expedición encabezada por el antropólogo norteamericano Johan Reinhard y la argentina María Constancia Ceruti dio a conocer el descubrimiento extraordinario de las momias conocidas desde entonces como los “Niños del Llullaillaco”.

Aunque no fueron los primeros cuerpos congelados encontrados en las altas cumbres salteñas –otros fueron hallados en 1905 en el Nevado de Chañi, en los años ’20 en el cerro Chuscha y en 1974 en el volcán Qehuar–, estos tres niños increíblemente conservados –cuya antigüedad se calcula en más de 500 años– sorprendieron al mundo por la riqueza de su ajuar funerario y la misteriosa fascinación de su historia. Probablemente recorrieron un largo camino desde Cusco hasta la cumbre del volcán, unos 1500 kilómetros pasando por las actuales Arequipa, San Pedro de Atacama y el Salar de Punta Negra, hacia un destino de sacrificio. Junto con ellos fueron ofrendados sus ajuares, mantas, sandalias, comida, bebida y figuras en miniatura vestidas de la misma manera que los niños. En pequeño, llevaban símbolos de todas las regiones del Imperio Inca: lanas finas del Altiplano, metales de la Cordillera, plumas de las selvas, hojas de coca de las yungas, papas de las regiones altas, y maíz, la fibra constitutiva del hombre...

ARQUEOLOGIA DE ALTA MONTAÑA Los tres niños y los 146 objetos de su ajuar se preservan en el Museo de Arqueología de Alta Montaña, especialmente preparado para conservar las momias, estudiarlas y difundir los conocimientos que surjan de estas investigaciones. La sede elegida revela su importancia: fue instalado en un edificio histórico del siglo XIX en la plaza principal de la capital salteña y adaptado con maestría para su nueva función. En el interior, el aire se mantiene siempre filtrado y a 18 grados, con un 45 por ciento de humedad: es la única forma de preservar los cuerpos (y hay que tener en cuenta que por razones de estudio y conservación es posible que las momias no estén en exposición, o sólo lo estén en forma parcial). Al entrar al museo, vale recordar la primera recomendación: la Niña del Rayo, La Doncella y El Niño no son simples objetos expuestos en una vitrina, sino seres humanos, niños que asombran pero también emocionan, hasta un punto que hay quienes prefieren no observarlos y mantenerse alejados, sin profanar esa distancia de 500 años que los separa de los visitantes de hoy.

LA NIÑA DEL RAYO fue encontrada sentada, con las piernas flexionadas, las manos sobre los muslos y la cabeza mirando hacia el oeste-sudoeste. Tenía algo más de seis años y después de su entierro una descarga eléctrica quemó parte de su cuerpo y el ajuar que la acompañaba: platos, una vasija, una bolsa con plumas rojas, mocasines, una bolsita de piel con dos vasos. La Doncella era algo mayor: tenía 15 años y fue encontrada con las piernas flexionadas y la cabeza inclinada sobre el hombro, rodeada de estatuitas femeninas de oro, plata y concha marina vestidas con prendas en miniatura. También ella emprendió su último viaje acompañada de vasijas, platos, bolsitas de lana y vasos de madera. Finalmente, El Niño fue encontrado sentado sobre una túnica gris, mirando hacia el este y situado junto a dos estatuitas de concha marina y otros objetos semejantes a los hallados en los otros ajuares. Vestido de rojo, con mocasines de cuero y cubierto por un manto marrón y rojo, no tenía más de siete años. Los tres niños, que no tenían parentesco entre sí, fueron sacrificados en lo más alto de la montaña más alta, un lugar sagrado que conecta el mundo de los hombres con el mundo de los dioses, cerca del sol y de la luna, como mensajeros divinos que lograron a través de los siglos transmitir la milenaria sabiduría de los pueblos incaicos. Como dormidos, a pesar del tiempo pasado, gracias al trabajo de los científicos que los trajeron de regreso desde su tumba de altura, hoy siguen maravillando y recordando la íntima conexión de la tierra y el cielo que alguna vez atestiguaron, con sus propias vidas, en la inasible cima del Llullaillaco.

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Tocado ceremonial como el que vestían las miniaturas encontradas junto a la Doncella.
 
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