turismo

Domingo, 5 de julio de 2009

FORMOSA > BAÑADO DE LA ESTRELLA Y EL PARQUE NACIONAL RIO PILCOMAYO

Sabanas y bañados

Un viaje por la singular naturaleza de una provincia todavía ajena al turismo masivo. Excursiones para el avistaje de fauna y flora al espectacular Bañado de la Estrella y al Parque Nacional Río Pilcomayo.

 Por Julian Varsavsky

Formosa es una de las provincias menos visitadas por los turistas en Argentina y eso de por sí ya la hace interesante. Atractivos en verdad no le faltan, y a la cabeza están el singular Parque Nacional Pilcomayo y el espectacular Bañado de la Estrella. Además es una provincia bastante singular porque allí viven tres etnias aborígenes –wichí, tobas y pilagás– que suman unas 44.000 personas. Por eso es tan común oír hablar en idiomas autóctonos por las calles de los pueblos del interior y las zonas rurales, una escena que sólo se puede repetir en algunos puntos apartados de Misiones y el Chaco.

Como el verano es muy caluroso en Formosa –en el Bañado de la Estrella la temperatura puede alcanzar los 50 grados–, la temporada ideal para visitar esa provincia es el invierno.

EL BAÑADO DE LA ESTRELLA

En el noroeste de la provincia está el Bañado de La Estrella, un humedal de 400 mil hectáreas donde se pueden observan millares de aves en una sola tarde. La base para visitarlo es la localidad de Las Lomitas, desde donde se parte en un vehículo 4x4 para internarse en el bañado por una ruta de ripio. Y en apenas diez minutos –con el humedal a cada costado de la ruta–, ya se observan centenares de aves. La más llamativa es el jabirú, una cigüeña característica del Chaco Americano que alcanza el metro con cuarenta de altura y tiene la cabeza negra con un collar rojo y el cuerpo blanco. En el bañado se la observa por centenares, muchas veces paradas sobre un champal.

El extraño “bosque” de champales del Bañado de la Estrella.

Los champales son el rasgo sobresaliente del llano paisaje de este humedal originado por los desbordes del río Pilcomayo, que avanza sobre los bosques del Chaco seco. Ahogados por el agua, los árboles mantienen en pie sus troncos de dura madera dentro del humedal con sus enramadas sin hojas recortándose en el cielo. Pero lo curioso es que muchos de esos esqueletos de árboles están invadidos por plantas trepadoras que los envuelven como cubriéndolos con una fantasmal manta verde. A esto se lo denomina champal, vocablo de la lengua pilagá que nombra a los fantasmas.

Lejos de ser tétricos, los paisajes de champales son alegres, bullangueros y llenos de vida. Gracias a los millares de pájaros de las 300 especies que habitan los bañados, cada amanecer y atardecer resuena un ensordecedor concierto de caóticos graznidos: el chillido histérico del tero, el grito vigilante del chajá –siempre en pareja–, el silbido agudo y estridente del pájaro caracolero y el “gruñido” del biguá, similar al de un chancho, entre otros “gorjeos”. También se oye el golpeteo del pico de los jabirúes.

Luego de caminar un poco al borde de la ruta y por las lenguas de tierra que ingresan en el bañado, llega el momento de navegar. Se puede elegir entre remar en piraguas –siempre que el grupo sea pequeño y tenga experiencia– o en canoas con motor fuera de borda. Al avanzar, la embarcación va rasgando una alfombra verde de repollitos de agua; más allá flotan unos extensos camalotales. Para no espantar a las aves, se apaga el motor y con el impulso de los remos la embarcación se acerca a algún champal con un nido de jabirú en lo alto, donde se puede ver a una madre alimentar a sus crías metiéndoles en el pico el pescado triturado que trae en el buche.

La presencia más intrigante en el humedal es la de los yacarés, que suelen asolearse aletargados en la costa uno al lado del otro, con sus fauces abiertas, como a la expectativa de un festín. Algunos llegan a medir hasta dos metros con cincuenta y a veces lanzan un soplido terrorífico que hiela la sangre. Otros permanecen sumergidos como asesinos al acecho y se los descubre a un metro de la lancha con sus ojos traicioneros sobresaliendo en la superficie del agua.

Al seguir viaje aparecen los carpinchos, los roedores más grandes del mundo (pesan hasta 80 kilos) que se pasan el día royendo y royendo los pastos con sus incisivos. Bajo las transparentes aguas también se ven sábalos y pirañas, y en la costa es común observar a las cigüeñas jabirú pescando a picotazos con las patas en el agua.

PARQUE NACIONAL

Desde la localidad de Laguna Blanca se visita el Parque Nacional Río Pilcomayo, que resguarda los ambientes de la llanura chaco-pampeana. No es por cierto uno de los parques más exuberantes del país, pero es dueño de una belleza ascética, casi minimalista y alberga una biodiversidad vegetal y animal que lo coloca casi al tope de otro ranking –el de la riqueza biológica–, junto con el Parque Nacional Iguazú.

Con sus temibles fauces abiertas, un yacaré amedrenta a los visitantes.

El parque está poblado por el murciélago pescador, el pez con pulmones –el Lepidosiren paradoxa–, boas curiyú de casi cuatro metros, osos hormigueros de 1,80 metro de largo, ositos lavadores o aguara popes –de la familia del mapache– y verdaderas rarezas como la ranita trepadora, el sapo buey de gran tamaño y el sapito de colores de sólo tres centímetros. También hacen sus caminitos unas ingeniosas hormigas obreras que, para evitar el ataque de la mosquita que les deposita en el cuerpo unas larvas mortales, llevan encima a otra hormiga más pequeña para espantar a la mosquita.

Los paisajes característicos de este parque a orillas del río Pilcomayo son la sabana, los palmares y las isletas de monte con árboles. Además hay esteros, lagunas y selvas de ribera. Su rasgo ecológico más importante son las grandes inundaciones que suceden a largas sequías, generando casos únicos de adaptación al medio como el caso del pez pulmonado, que posee respiración aérea y submarina.

Navegación en canoa por las aguas del bañado, con las palmeras caranday en sus orillas.

El parque tiene dos áreas de visita. Una está junto al Destacamento Estero Poí y la otra alrededor del Destacamento de Guardaparques Laguna Blanca. En el sector de Estero Poí, a nueve kilómetros del pueblo de Laguna Blanca, se recorre el sendero Secretos del Monte, una muestra del llamado monte fuerte, caracterizado por manchones de vegetación densa en medio de la sabana. En la maraña de lianas y enredaderas, sobresalen ejemplares muy altos de quebrachos colorados, urundaíes, guayacanes, algarrobos y lapachos. El suelo está cubierto por una impenetrable comunidad de bromelias espinosas llamadas caraguatá. En sus pastizales vive el aguará guazú o lobo de crin, emblema del parque. En las isletas de vegetación encuentran refugio animales como el puma, el oso melero o tamanduá, el pecarí labiado, el gato onza y el mono carayá. Las aves más visibles son el pájaro carpintero, el picaflor, la lechuza y el tucán, pero como en toda selva, llegar a ver algún animal es una lotería. Los mejores horarios para el avistaje de fauna son a la mañana temprano y al atardecer, siempre y cuando se avance en absoluto silencio.

Una familia de jabirúes en su nido sobre uno de los árboles ahogados por el agua.

A 6,5 kilómetros de la Seccional Estero Poí está el sendero Caraguatá Guatahá, el más interesante del parque por la diversidad de ambientes que resguarda. Desde un mangrullo –al que se llega atravesando un denso bosque de palmeras caranday–, se tiene una panorámica del denso palmar y la sabana tapizada por los pastizales. En este sendero se puede ver un hormiguero gigante que abre un claro circular en la vegetación. Estos hormigueros –de los que hay muchos en el parque– miden hasta 10 metros de diámetro y cuatro de profundidad. Según se ha comprobado, los habitantes de uno solo de estos hormigueros llegan a consumir 450 kilos de pasto fresco al año.

Para conocer el paisaje acuático del parque se visita la seccional Laguna Blanca. Su espejo de agua con colonias de camalotes en la orilla mide 800 hectáreas y se lo puede recorrer en unos botes a remo conducidos por pobladores locales. Desde la orilla de la Laguna Blanca se suele ver algún yacaré, aunque la vista más espectacular es desde un mangrullo. Lo ideal es visitar Laguna Blanca al atardecer, cuando agua y cielo se vuelven naranja y después violeta, y el globo incandescente del sol se hunde en la laguna.

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Un muelle entre camalotales en la Laguna Blanca del Parque Nacional Río Pilcomayo.
Imagen: Julián Varsavsky
 
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