turismo

Domingo, 17 de octubre de 2010

CIUDADES DE ADOBE. EN AFRICA Y EN AMéRICA DEL SUR

Un mundo de barro

Algunas de las sorprendentes y antiguas ciudades y villas construidas con ladrillos de adobe. El sitio arqueológico de Chan Chan en Perú, los rascacielos de barro de Shibam, en el desierto de Yemen, y las casas, iglesias y oratorios que se levantan a lo largo de unos 55 km entre los pueblos catamarqueños de Tinogasta y Fiambalá.

 Por Julián Varsavsky

La ciudad de adobe más antigua descubierta hasta ahora es Catalhoyuk, levantada unos 8000 años a.C. en la península de Anatolia. Sus casas no tenían puertas ni ventanas y se entraba a ellas por el techo. Increíblemente, centenares de esas paredes aún se mantienen en pie. Pero más curioso aún resulta pensar que numerosas culturas de los cinco continentes –que hasta hace pocos siglos no tenían contacto entre sí–, desarrollaron exactamente la misma técnica de moldear ladrillos con barro, arena y paja. El éxito del adobe a lo largo de los milenios se explica porque es muy barato, sus materiales están en todos lados al alcance de la mano, son resistentes al fuego y aíslan muy bien tanto del frío como del calor. Teniendo en cuenta esto, no debería sorprender en lo más mínimo que en pleno siglo XXI millones de personas en el mundo sigan viviendo en casas de adobe.

Caminar por las ruinas de Chan Chan es un viaje en el tiempo al antiguo Perú.

RASCACIELO EN EL DESIERTO En Yemen –el país de los Reyes Magos– se levantan en medio del desierto unos edificios centenarios de adobe que alcanzan los ocho pisos, apretujados uno junto al otro detrás de una muralla rectangular. Es Shibam, una ciudad con 500 construcciones únicas en el mundo, consideradas los primeros rascacielos de la historia.

El valle de Hadramawt, ubicado en el extremo meridional de la Península Arábiga, bordea el bíblico mar Rojo y fue por siglos el eje de la llamada Ruta del Incienso, por donde los Reyes Magos llevaban su aromático cargamento. En su centro exacto está Shibam, una de las ciudades surgidas alrededor del siglo II a.C. Pero lo singular de la antigua Shibam son sus edificios, que se construyeron con ladrillos de adobe hace por lo menos 500 años, cuando en ningún otro lugar del mundo se levantaban viviendas comunes de siete u ocho pisos, y mucho menos de adobe.

La mayoría de los edificios fueron reconstruidos sobre cimientos originales de piedra que pueden llegar a tener mil años de antigüedad. En total hay 500 de entre cinco y seis pisos, y unos pocos que llegan hasta el octavo. Además hay varias mezquitas. La gran pregunta aquí es por qué construyeron estos edificios apretujados uno contra el otro en medio del desierto, donde lo que sobra es espacio para extenderse hacia los alrededores. La explicación es que Shibam creció verticalmente –igual que las ciudades modernas–, justamente por falta de espacio, ya que fue rodeada en el siglo XVI por un gran muro rectangular de medio kilómetro cuadrado que alguna vez le sirvió de protección. Y una vez aprisionada intramuros, la ciudad debió crecer hacia arriba.

En las estrechas callecitas medievales de Shibam no hay espacio para circular con autos, así que los medios de transporte son de tracción a sangre. La suciedad y los malos olores suelen desencantar a los viajeros que se atreven a internarse en el país donde Pasolini filmó Las Mil y Una Noches sin necesidad de escenografía.

El templo más grande de Shibam es la Mezquita del Viernes, ubicada en el corazón de la ciudad y rodeada por rascacielos de adobe. Fue construida en 753, aunque la mayor parte del edificio actual data del siglo XIV. Sus ladrillos rojos horneados –típicos de las construcciones de la época de Abbasid, siglo IX– son únicos en la ciudad. La torre del minarete data del siglo XVI y quedan también restos del edificio del siglo IX.

Los edificios de Shibam suelen tener una base con gruesas paredes de hasta un metro de ancho que se angostan hasta los 30 centímetros en los pisos superiores, los cuales se van agregando como si se sumaran cuartos a una casa en la parte de atrás. La planta baja se usa a veces como almacén y el primer piso suele ser el establo de unos pocos animales. Hacia arriba comienza la demarcación física que separa los mundos de los hombres y las mujeres. El segundo piso es el espacio de estar principal para los hombres y el tercero es donde habitualmente pasan el día las mujeres de la familia (allí está la cocina). En el tercero y el cuarto piso están las habitaciones, donde suele haber un pasadizo que conecta con la casa del vecino. De esta forma las mujeres visitan a sus amigas de la casa de al lado sin necesidad de salir a la calle. El promedio de pisos en la ciudad es de cinco, pero en aquellos edificios que llegan hasta ocho los últimos también corresponden a las habitaciones. También existe un necesario y estricto código de conducta para evitar que los vecinos se espíen unos a otros desde las terrazas y ventanas.

Las torres almenadas de la ciudadela amurallada de Ait Ben Haddou, en Marruecos.

ADOBES DE CHAN CHANEl saber mitológico de la cultura chimú –siglos XII a XV– enseña que Tacaynamo llegó por mar al norte de Perú en una flota de balsas con su corte y sus guerreros. De él se sabe poco más que su nombre y que fue el fundador de Chan Chan, una prodigiosa ciudad de adobe levantada en el desierto, que llegó a ser la más grande en su estilo construida en América. La fuente de esta leyenda es una escueta Historia anónima recopilada por un cronista español. Y a partir de allí se puede inferir que hubo un par de manos originarias que moldearon el primer ladrillo, y que hubo una primera cuadrilla de hombres que levantaron la primera pared.

Desde ese momento hasta la destrucción final de Chan Chan por los incas en 1470, pasaron casi 900 años y diez soberanos chimú. Guacricaur y Ñancenpinco habrían sido hijo y nieto del venerado Tacaynamo, y detrás de ellos el linaje produjo ocho soberanos más. Diez es también el número de enormes ciudadelas amuralladas –una por soberano–, que encerraban cada una un laberinto rectangular de calles con pirámides, palacios y casas de adobe.

Chan Chan está ubicada en el Valle de Moche –a mitad de camino entre los balnearios de Huanchaco y la ciudad de Trujillo–, en el departamento de La Libertad. Es un inabarcable sitio arqueológico de 20 kilómetros cuadrados compuesto por las diez ciudadelas, numerosos canales de irrigación y algunas pirámides solitarias. Por ser de adobe, su estado de conservación es pobre aunque en el sector del Palacio Nik an –el único que se visita–, las correctas restauraciones permiten caminar por calles y barrios de casas de adobe sin techo, casi igual que en alguna de las intactas callejuelas de Pompeya.

Uno de los aspectos curiosos de Chan Chan es su precisa planificación urbana. La más grande de las ciudadelas –llamada Gran Chimú–, mide 600 metros de largo por 360 de ancho, rodeada por muros de hasta 12 metros de altura. Tenían una sola entrada, lo cual permitía un control muy estricto del ingreso, aunque no se sabe muy bien si las murallas tenían un fin defensivo, ya que en la parte superior carecen de corredores.

Las paredes de los principales palacios –solo queda eso, paredes de hasta 2 metros de alto–, están decoradas con toda clase de altorrelieves de arcilla y millares de nichos donde se cree que iban colocadas estatuas de oro y plata que se han perdido. Pero quizás el tesoro mayor de Chan Chan sea el arte de sus muros en altorrelieves moldeados con arcilla. Estos maravillosos paneles están en todos los edificios importantes con modelos de suma sencillez pero dueños de una estética única y sugerente que combina formas geométricas abstractas con motivos inspirados en la naturaleza, como filas de peces, aves, lagartos, algas, calamares y seres fantásticos surgidos de la imaginación chimú.

BARRO CATAMARQUEÑO En el desértico oeste de Catamarca sobrevive un submundo de construcciones de adobe que comenzaron a levantarse en el siglo XVII –cuando la región aún era tierra diaguita– y siguió desarrollándose durante la colonia hasta nuestros días. Es la Ruta del Adobe –que abarca unos 55 km entre los pueblos de Tinogasta y Fiambalá–, donde hay iglesias y oratorios de comienzos del siglo XVIII y están los restos de una ciudad diaguita hecha también en adobe. Pero lo más significativo es que esa “cultura del adobe” prefigurada por los diaguitas sigue vigente hasta hoy en pueblitos donde casi todas las casas son de ese material. Y no son sólo las casas viejas –de hasta 200 años– sino también a veces las nuevas, que se siguen construyendo con variantes de aquellas técnicas.

En el pueblo de Tinogasta –6 mil habitantes– el 70 por ciento de las casas es de adobe, muchas de ellas incluso con piso de tierra y techo de caña. Pero esto no es necesariamente una señal de pobreza sino una tradición práctica y económica que consiste en vivir en unas casas que mantienen el calorcito en invierno y el frescor en los calcinantes veranos de Catamarca.

Saliendo de Tinogasta por la Ruta Nacional 60, 15 km hacia el norte se llega a El Puesto, un pueblito de 500 habitantes que parece detenido en el tiempo, con casi todas sus casas de adobe. Allí está el Oratorio de los Orquera, una exquisita pieza arquitectónica de adobe resuelta con magistral sencillez en 1740.

Unos kilómetros más adelante aparece cerca de la ruta una iglesia en medio de la nada con las montañas al fondo. A simple vista resulta inexplicable que semejante iglesia, con un elegante portal neoclásico, haya surgido sin una sola casa alrededor. Pero en verdad es la iglesia del pueblo de La Falda, que fue llevado por el río en 1930. Por eso el pueblo está ahora a unos kilómetros de allí. Y como la iglesia había quedado en ruinas, fue restaurada en 2001.

Desde El Puesto, la Ruta 60 sigue con rumbo norte hacia Anillaco –no confundirlo con el célebre pueblito riojano– en paralelo a las Sierras de Fiambalá. A los 5 kilómetros un camino de tierra que sale de la ruta conduce hasta la solitaria iglesia de Anillaco –levantada en 1712–, la más antigua de las que permanecen en pie en la provincia.

La Ruta del Adobe termina en las afueras del pueblo de Fiambalá, en el Templo de San Pedro, levantado en 1770. Su exquisita factura de adobe encalado tiene influencias del estilo colonial boliviano, con un pequeño muro perimetral y un alto campanarioz

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