turismo

Domingo, 13 de mayo de 2012

CHILE. AVENTURA POR LOS CANALES PATAGóNICOS

Los fiordos en ferry

No será un crucero desbordante de comodidades, pero el Evangelistas resulta el ferry perfecto para explorar los ignorados canales patagónicos. Una travesía que surca tesoros naturales, docenas de barcos hundidos y el lugar donde vivió el último indígena kaweskar.

¡Soy el rey del mundo! Quienquiera que suba a la cubierta del Evangelistas, con el viento austral golpeando lo poco del cuerpo que queda al descubierto, puede adueñarse con toda propiedad de la célebre frase de Jack Dawson, el aventurero personaje que Leonardo Di Caprio hizo famoso en Titanic.

Porque si bien no nos encontramos en medio de un océano infinito arriba de un transatlántico de 40 mil toneladas, ni hay tantas posibilidades de terminar como el mítico buque de Liverpool, sí se puede experimentar la misma sensación de libertad y aventura mientras la Patagonia pasa frente a nuestros ojos. La aventura que se siente al adentrarse por agrestes bosques entre montañas nevadas, aves variadas y un pueblo mítico que sale a recibirnos.

Son los canales patagónicos. Una de las áreas naturales más recónditas y pristinas de esta zona austral. Un área de la cual muy pocos han sido testigos, pero que gracias a este ferry de la empresa naviera Navimaq se puede conocer, uniendo Puerto Montt con Puerto Natales en cuatro días de navegación. Una alternativa muy particular también para llegar a las Torres del Paine, que algunos turistas –especialmente extranjeros– están sabiendo aprovechar.

Una de las razones de la poca cantidad de público que se tienta con este viaje obedece a que el Evangelistas presta un servicio dirigido al visitante que prioriza un vínculo íntimo con la naturaleza y los patrimonios del extremo sur, antes que un servicio estilo Royal Caribbean. Aquí no hay piscinas, jacuzzis ni salas de cine, pero sí videos y charlas introductorias sobre glaciología, la fauna y la flora que nos cobija, además de dominó y bingos por las noches.

La alimentación tampoco da para regodearse. Existen dos comedores. Uno es exclusivo para la máxima categoría que se puede aspirar (AAA), pero ambos funcionan sólo en horarios de comida, mediante autoservicio, un menú fijo y mesas colectivas en el caso de la segunda categoría.

Las espaciosas habitaciones de un crucero han sido reemplazadas por cabinas. Como máxima comodidad están aquellas con un camarote y baño privado interior (categoría AAA y AA). También existen cabinas con baños privados exteriores (A y BBB) y habitaciones de dos camarotes con baño compartido (BB y CC). Y si quiere ahorrar para las Torres hay literas en el mismo pasillo (C).

Queda claro. Más que un servicio de lujo, este ferry es un navío de exploración ecoturística para casi 300 pasajeros, quienes se reunirán durante 96 horas a apreciar cómo los fiordos y paisajes patagónicos más inexpugnables marcan el rumbo de esta odisea.

Desde la cubierta del ferry, los pasajeros contemplan admirados el paisaje austral.

DIA UNO Y DOS, TRANQUILO Y NERVIOSO Observar Puerto Montt desde el Evangelistas resulta perfecto para familiarizarse con el nivel al que estaremos sobre el mar. Será un ferry, pero tiene desde su cubierta principal una altura cercana a los 20 metros, lo que permite ver los botes y casas de Angelmó como verdaderas hormigas.

La capital de la Región de los Lagos nos despide de la urbanidad pasado el mediodía y el ferry se mete sin más preámbulo en el seno de Reloncaví y el golfo de Corcovado, con Chiloé protegiéndonos de la alta mar. La navegación se hace sin darse cuenta de que se está sobre el Pacífico. Esa noche, como casi todas, el sueño es calmo.

Saliendo a cubierta, junto al amanecer del segundo día surgen los fiordos, rodeados por boscosas montañas que no exceden los 800 metros. El primero es el Pulluche, el canal más tupido de toda la ruta. Al recorrerlo asoman miles de lengas, robles, raulíes y alerces, lo que hace imaginarse cómo habrían sido estos bosques nativos antes que los colonos quemaran cinco millones y medio de hectáreas hace ya casi dos siglos.

Sale al ruedo el Moraleda, el fiordo más ancho de todos, con seis kilómetros de grosor. Sus aguas dejan de ser una taza de leche: es el primer indicio de lo que se viene. Y mientras algunos prefieren los juegos de mesa, luego del almuerzo, otros salen al puente a enterarse cómo ingresamos al mar abierto, que se bordea por una enorme y temida ensenada: el golfo de Penas, parámetro ideal para saber qué tan “pacífico” anda este océano por estos días previos al verano.

Muy probable que el Evagelistas llegue al Cabo por la noche, luego de la cena de este segundo día. Un consejo: no coma nada. Seguramente las olas que se originan por estas peñas (de ahí su nombre, ya que la letra Ñ no aparecía en las antiguas cartas de navegación inglesa) sean no menores a siete u ocho metros. Un mar intratable que querrá hacerle el flaco favor de pasar la noche devolviendo lo disfrutado en el comedor. La bravura de estas aguas ha sido constatada por más de un barco que a lo largo de la historia se ha hundido entre estos ceñidos acantilados. Seguro no será la mejor noche, pero el Evangelistas cuenta con enfermería.

Proa a los canales en una navegación desde Puerto Montt a Puerto Natales.

TERCER Y CUARTO DIA El segundo amanecer era esperado con ansias pues daba por finalizado el paso por Cabo de Hornos. La calma vuelve entre los fiordos.

Es turno del canal Messier, que posee las mayores profundidades de la ruta, con 1300 metros de fondo marino. Entre estos abismos se encuentra el Capitán Leonidas, un buque de carga que encalló en un islote semisumergido llamado Bajo Cotopaxi. Hoy en el lugar existe un faro.

Tras el almuerzo la invitación es a salir nuevamente a cubierta a ver cómo el ferry atraviesa el canal más angosto de todos. Es la Angostura Inglesa, un intrincado laberinto de pequeñas islas que forman estrechos canales de menos de 400 metros. El paso por aquí es exclusivo de un sentido y muy lento, lo que se agradece para observar en paz y a pocos metros distintas aves. Saliendo de esta apacible zona se ingresa a la Región de Magallanes, que da la bienvenida con unas fumarolas que salen de un puñado de coloridas casas. No estamos tan solos.

Es la localidad de Puerto Edén. Una aldea ubicada en la isla Wellington, en el Parque Nacional Bernardo O’Higgins, donde viven 300 personas, en su mayoría pescadores junto a sus familias que hacen patria en esta apacible bahía escondida. Se desconoce el año preciso en que fue fundado este asentamiento, por la sencilla razón de que desde hace 6000 años ha sido territorio de sus “antepasados”: los nativos kaweskar. Nómades que navegaron e hicieron de estas aguas su hogar, desplazándose por siglos de un lado a otro en canoas. Una cultura que luego de la colonización comenzó a desaparecer por diversos motivos: emigraciones, mestizaje, enfermedades y asesinatos. Es así como el último kaweskar que existió, Alberto Achacaz Walakial, vivió y murió en Puerto Edén hasta 2008, dando fin a un pueblo emblemático de la Patagonia.

Hoy el Evangelistas ofrece la posibilidad de detenerse y desembarcar aquí. Dependerá de las condiciones climáticas y de la hora de arribo.

El cuarto y último día es excepcional. Quizás el más bello en cuanto a versatilidad paisajística. Los angostos canales dan paso a fiordos de dos a cinco kilómetros de ancho que permiten tener una perspectiva mayor de lo que nos rodea, lo que se combina con angostos y exclusivos pasos para barcos de no más de 175 metros de eslora. Islas por un lado y el glaciar Pío XI –el más grande de Sudamérica– por el otro; cordones montañosos que desembocan en el mar a pocos metros y, si tiene suerte, toninas y ballenas jorobadas saldrán a saludar.

El canal Sarmiento, el paso Sobenes, el canal Santa María y el paso White son los encargados de guardar estos tesoros de la Patagonia. Pasado el mediodía, Puerto Natales se descubre entre la pampa. Es el fin de la aventura. Sin grandes lujos quizás, pero no se extrañe si se ha sentido el rey del mundo.

Informe: Julián Varsavsky

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La travesía por los canales patagónicos.
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